La “neolengua” como concepto

Las palabras no son neutras y el uso de las mismas traslada relaciones de poder, simbolismos, posiciones vitales, ideología y proyectos. La lengua, por sus propias características, es una de las fórmulas de control social más eficaces que existe, sobre todo en un entorno dominado por los mass media y definido por los impactos que el ser humano recibe en su condición de emisor y receptor permanente de comunicación.

Desde la sociología se han estudiado algunos de los mecanismos del control social (Bourdieu y la literatura feminista abrieron todo un campo en relación a la invisibilidad, al esfuerzo para nominar realidades para que entren en la esfera pública, etc) pero una de las maneras más sencillas de acercarse a esta realidad es a través de la literatura. Como se imaginan los que hayan oído hablar de la neolengua, recomendamos la lectura de la novela 1984, de George Orwell.

1984 es una distopía, publicada en 1949, en el que se retratan los mecanismos de una sociedad totalitaria para controlar y doblegar al individuo y al colectivo, y nos ha dejado referencias en la cultura popular como el Gran Hermano, concepto extendido gracias al programa creado por Endemol, difundido por medio mundo (que aún se emite en España) o por la implantación de miles de cámaras de seguridad en nuestras ciudades, vinculando de manera directa vigilancia y seguridad.

Sin embargo, el apartado que nos interesa en este post es el relativo al concepto de neolengua, uno de los pilares básicos del régimen autoritario del Partido. Se trata de la lengua que usan los habitantes de ese país imaginario que retrata Orwell y que tiene como objetivo sustituir las palabras de la vieja lengua pasada que contienen principios que contradicen la visión de la realidad que la lengua del partido pretende implantar en las mentes de sus ciudadanos. Eso se hace a través de un vocabulario que nace de inventar nuevas palabras y de jugar con el significante y el significado de las palabras polisémicas.

Tal y como explica el propio Orwell en el apéndice de la novela, esta sustitución se consigue a través de un mecanismo, el doblepensar, que es la facultad de sostener dos opiniones contradictorias simultáneamente, dos creencias contrarias albergadas a la vez en la mente. En plena fase de transformación del lenguaje, se entiende que los individuos de más edad tengan esta facultad desarrollada, de manera que puede recordar que una palabra que por convención en el presente se utiliza para nominar algo en el pasado tuviera otra función. Con el paso del tiempo y las generaciones, los usos de las palabras del pasado se perderían y ya sólo habría neolengua.

“La intención de la neolengua no es solamente proveer un medio de expresión a la cosmovisión y hábitos mentales propios de los devotos, sino también imposibilitar otras formas de pensamiento”, cuenta el propio Orwell al final de esta distopía, que presentan fórmulas de control social aplicables a la actualidad, motivo por el cual el concepto de neolengua se ha hecho muy popular, especialmente en las redes sociales.

Lo cierto es que nos hemos acostumbrado al lenguaje de lo políticamente correcto, al uso de conceptos y significados vacíos de sentido, desarrollados en combinaciones infinitas, a los eufemismos en la comunicación y al empleo de archisílabos en nuestras conversaciones, a los que Aurelio Arteta lleva años dedicando especiales desde el diario El País:

A diario, recibimos el impacto de nuevas expresiones que intentan dificultar y tapar significados que están en la propia realidad.  Ahí están los daños colaterales para no hablar de víctimas civiles, de insurgentes para no referirnos a la resistencia ante invasiones con o sin mandato de la ONU, de milicianos para no mencionar las guerrillas, de “falsos positivos” para tapar que se trata de víctimas civiles ejecutadas por las fuerzas de seguridad (en Colombia), de hilillos de plastilina para no definir  un vertido de petróleo en el mar [Rajoy a propósito del Prestige], de desaceleración económica para no mencionar la palabra “crisis” [Zapatero entre 2008-2010], el eje del mal para referirse a Libia, Corea del Norte e Irán, países enfrentados a EEUU, o a dar ruedas de prensa sin preguntas como ejemplo de comunicado unilateral.

De esta manera, el receptor tiene que hacer un esfuerzo para 1) escuchar lo que desde el poder y sus terminales mediáticas se emite; 2) retener los conceptos que el poder está manejando; 3) traducir lo que significan dichos conceptos, lo cual a veces no es sencillo teniendo en cuenta la rapidez en la emisión de los mensajes y la generalización de significados en un tiempo récord; 4) situar la traducción que se realiza en el universo de significantes y significados que el receptor posee dentro de su propio sistema de valores. Y 5), según el caso, reaccionar y repreguntar, en el caso de periodistas que tiene relación directa con ese poder.

Esta complejidad quizás sea la explicación de que vivamos en la era del eufemismo, en la que las palabras ya no significan lo que pensábamos y en la que existe una banalización de los símbolos, que pierden su referencia primigenia y son reutilizados para definir otras realidades. Una de las manipulaciones más evidentes de los últimos tiempos ha sido la utilización de la fotografía emblemática de Ernesto Guevara, Che, como publicidad para vender un nuevo vehículo de Mercedes Benz, o el uso de una foto del mismo Che para vender que Steve Jobs se ha convertido en un icono como lo fue el guerrillero argentino.  Neoimagen en estado puro:

 

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Acerca de llegalaultima

Politóloga y periodista en transición
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5 respuestas a La “neolengua” como concepto

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  3. MManuel Sanz dijo:

    Una reflexión ¿Acaso la misma imagen que se tenía del Che no era ya una neoimagen?
    Suelo ver fotografías y citas del Che como paradigma de la defensa de la democracia y el respeto a las minorías, cuando el verdadero personaje histórico fue un cruel impositor de la dictadura del proletariado -fundamento de muchas de las más crueles dictaduras que aún existen- que acompañó de los más crueles discursos intolerantes que conozco -por ejemplo respecto a la homosexualidad, donde también fue verdugo- de la segunda mitad del S. XX, aderecados con el mismo cinismo que horrorizó a Orwell.

    Si somos honestos con los hechos, el Che es un signo más apropiado para vender hamburguesas que tolerancia y libertad.

    • Como siempre, no se puede analizar a los personajes históricos fuera de su contexto y desde nuestro momento, porque nos perdemos en los motivos por los que esa figura fue importante (y por qué ha trascendido hasta la actualidad).
      En su momento, el Che simbolizó una “tercera vía” en plena Guerra Fría y la referencia para los pueblos que no se amoldaban ni por asomo a los clichés difundidos desde EEUU o la URSS (aunque él estuviera más cerca de lo que propugnaba Moscú).
      En ese contexto explico y asumo la aceptación de la imagen del Che, como la de Mao en su momento o la de Fidel hasta nuestros días.
      Espero haberme explicado. Muchas gracias por tu comentario!

    • MManuel Sanz dijo:

      Si hablamos de una imagen propagandista, no de realidad, esta estará siempre sujeta al subjetivismo público en el momento en el que se emite, y si se sigue emitiendo estará en constante revisión. No se puede dar por hecho lo propio mientras se cuestiona incesantemente lo de los demás, intentando socavarlo. Si vendes que nada es sagrado, todos los iconos merecen la misma consideración.

      Hoy se vuelve a llamar al Che, por tanto se nos incita a mirar atrás. En el anterior mensaje ya contextualizaba al Che en sus hechos, y no en la propaganda en la que lo convirtieron cuando Cuba era ya una dictadura comunista, con una marcada adscripción a la Unión Soviética -recordemos la crisis de los misiles (¡!)- pero profundicemos en la imagen y realidades del Che.

      Su mérito fue que venció a un dictador de reconocida crueldad, y lo demás esperanza traicionada. La ejecución de homosexuales, preconizada y ejecutada por él, era solo un ejemplo de su realidad -una realidad de los años 60 por cierto, por mi edad bien la puedo abordar de primera mano, que ha dejado herencia en los países ex-soviéticos- en contraste con su discurso, en el que suspira por la libertad del que es diferente, siguiendo la línea ortodoxa de la propaganda leninista: luchar por una dictadura, pero comunicar democracia y libertad. Esa es la realidad.

      Otra cosa es que por los mismos principios propagandísticos nos hubieran vendido al Che entre las filas demócratas. Quienes sufrieron o lucharon contra el totalitarismo de dcha. compartieron lucha con totalitaristas de izda. -del mismo modo que en el otro lado pasó al revés, y ahora ahí se tolera mejor el neo-fascismo, tenemos el ejemplo ucranio- y esto permitió colar al sanguinario totalitario como un mártir más, alguien que por suerte murió antes y había oportunidad de dotar del falso romanticismo con el que, desde siglos, se vende miserable guerra a los jóvenes. Ese fue el icono, en una realidad que no es la presente.

      Son días de reflexión, de análisis, de repaso. Para la izquierda más cercana al Che son días de revisión, y es lo que defienden. Por tanto, justo es saber que nos vendían un Che como un Cristo de Palacagüina. En estas fechas nos preguntamos por el voto del miedo, o deberíamos hacerlo porque el público vota libremente ¿Defender imágenes irreales, de gente que habla de una cosa y dispara otra, es un miedo a afear, o a comprender y corregir?

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