La zorra y el cuidado del gallinero

Una de las lecciones que la crisis económica nos ha enseñado ha sido el predominio apabullante de la economía sobre la política y, dentro de la economía, el abandono de la industria en tanto que actividad para producir algo, con el beneficio económico como una consecuencia, por el negocio, cuya única preocupación es hacer dinero [John Lanchester: ¡Huy!]. Para conseguirlo de manera rápida se inventaron “productos financieros basados en mezclas de préstamos, que después, en vez de reflejarlos en la contabilidad, ‘distribuían’ o vendían a otro, extendiendo ingeniosamente el riesgo y eludiendo la regla de Basilea” fijada en 1988 según la cual los bancos debían tener suficiente capital para igualar un mínimo del 8% de los activos con riesgo [Susan George: Sus crisis, nuestras soluciones]

Los expertos citan, sobre todo, la derogación de la Ley Glass-Steagall de 1999, por la que se mantenían separados los bancos de inversión de los bancos comerciales, como el pistoletazo de salida de una situación que estalló en verano de 2008 con la caída de Lehman Brothers.  La liberalización del sector financiero, con su acelerón en el cambio del milenio pese a que mantengan los defensores a ultranza de la doctrina del “mercado proveerá”, vino acompañada de la profundización en el giro entre el sector productivo al financiero, aprovechando las ventajas competitivas que aportaba la última fase de globalización económica y que permitía a los países del corazón del sistema capitalista abandonar la producción material para dedicarse a los servicios financieros.

A partir de ahí, todo el campo estuvo abierto, de manera que, a la luz de los efectos causados y del coste de la crisis para la ciudadanía, tenemos claro que “los banqueros actuaron codiciosamente porque tenían incentivos y oportunidades para hacerlo” [Joseph Stiglitz: Caída libre]. Evitar que se vuelva a repetir debería ser el trabajo de los gobiernos e instituciones financieras del mundo, aunque no parece que estén interesados en poner esos frenos, que pasan por una regulación y control más exigente de todo que implica ese ámbito.

Hoy, cuando la Bolsa española se mantiene por debajo de los 7000 puntos,  con algunos de sus valores estrella, como Bankia, llegando a caer un 28%, recordamos aquellos tiempos en los que el Ibex 35 llegó a duplicar este valor. Y, como la española, todas las plantas bursátiles del mundo desarrollado, cabalgando en una orgía de inversiones que, de un día para otro (literal) se transformaron en humo.

El giro del sector productivo al financiero y de la banca comercial a la banca de casino no habría sido posible sin la connivencia de entidades bancarias, agencias de calificación (con intereses propios puesto que recibían dinero por sus calificaciones de los mismos que originaban los títulos), auditorías, políticos y poderes públicos. Entre todos orquestaron lo que muchos autores califican abiertamente de estafa del capitalismo financiero, cuya razón de ser pasaba por que los bancos hicieran que “sus productos parecieran mejores de lo que eran en realidad y montando un sistema de inversiones de dos pisos: uno para los banqueros y los enterados que conocían los números reales y otro para el inversor no especializado”. El modelo implantado sigue la estela de Goldman Sachs, el “calamar vampiro” [Matt Taibbi: Cleptopía] para el que trabajó el ministro español de Economía, Luis de Guindos, y la prueba fueron las calificaciones con triple A de productos hasta la noche anterior de quebrar: Enron, Lehman Brothers, etc.

Hace sólo unos días, aunque parecieran meses, que el Gobierno español anunció la segunda reforma financiera de la era de Mariano Rajoy, al calor de la nacionalización de Bankia. Como ya hemos señalado en otros post, se asume, de esta manera, que no se sabe lo que está pasando en los balances de los bancos y que hay una contaminación excesiva de los bancos españoles con los activos inmobiliarios. Por ello se obliga a las entidades bancarias a desviar esos activos a “bancos malos” y se hace un alegato por la transparencia anunciando que dos empresas independientes del Banco de España -órgano regulador y de vigilancia- se harán cargo de estudiar los balances de la banca española en un intento de dar confianza al exterior, a esos mercados que tienen fijos los dientes en la deuda española. Implícitamente, se reconoce que el Banco de España había ejecutado mal su trabajo y que se prefiere optar por auditorías teóricamente independientes para acometer este trabajo. Si de lo que se trata es de dar confianza, habremos de convenir que no parece la mejor manera de conseguirlo.

Hoy nos hemos despertado con los nombres de las dos empresas que se encargarán de realizar esta evaluación. Se trata de BlackRock y Oliver Wyman, y ambas tienen poco de independientes. Ambas son estadounidenses, aunque tienen delegaciones en todo el mundo; nacieron en los años 80, en plena ola de lo que hoy conocemos como capitalismo financiero; y ambas tienen cadáveres en sus armarios, como no podía ser menos en los tiempos de turbulencias y de conexiones que nos han tocado vivir.

  • [http://www.blackrock.es/index.htm] es una de las empresas líderes a nivel mundial en gestión de activos, gestión del riesgo y asesoramiento a inversores según http://www.fundspeople.com/accounts/sign_in (de pago); se le calculan unos activos que se aproximan a los 3 billones de euros y, según cuenta el corresponsal de El Mundo en EEUU, se ha hecho famoso su programa informático ‘Aladdin’ (‘Aladino’), especializado en ‘peinar’ los activos de entidades financieras para determinar su solvencia. Pablo Pardo [http://cort.as/2_F2] cuenta que la compañía, fundada en 1988 y que tiene sede en 19 países, posee una división que opera en el mercado, aunque la empresa sostiene que sus dos ramas —análisis y operaciones— trabajan de forma separada. Entre sus hitos se encuentra la gestión de los activos tóxicos de Bear Stearns, comprado al borde de la quiebra el marzo de 2009 con una inyección de ayudas de la Reserva Federal por JP Morgan; colaboró con Irlanda en la creación en 2009 de su “banco malo”, lo que no evitó el rescate del país; existen dudas sobre su actividad, ya que inició su carrera vendiendo los mismos productos que causó la crisis de las hipotecas basura en EEUU; y algunas fuentes indican que es accionista de Moody’s (una de las tres agencias de calificación de referencia), la misma que lleva mesas rebajando la calificación de la banca española, así que el conflicto de intereses está servido.
  • [http://cort.as/2_EU] tiene un perfil de consultora. Se fundó en 1984, tiene 40 oficinas repartidas por el mundo y, según su web, tiene experiencia en consultoría en áreas como los servicios financieros, el automóvil, la energía, la salud o la industria. Entre sus hitos: aconsejó en 2005 a Citigroup que reforzara su presencia en el mercado de la deuda, que le llevó, tres años después a ser nacionalizado por EEUU para evitar la bancarrota; además, elaboró un informe muy crítico contra la dación en pago por encargo de la patronal de la banca en el que vinculaba la dación a que los bancos tuvieran que hacerse cargo de 400.000 viviendas adicionales.

Las dos empresas tienen como función evaluar de manera “independiente” a la banca española a lo largo de tres meses, y aún no se ha filtrado cuándo cobrarán por el trabajo.  El gobierno de los técnicos, aparentemente neutros e independientes, ataca de nuevo, y ya veremos a qué coste. De momento, la reputación del Banco de España está en entredicho, y se vuelve a confiar en las empresas auditoras, las mismas que, en el mejor de los casos, no vieron venir la crisis de ninguna de las maneras. Ni siquiera se enteraron de lo que estaba ocurriendo en los balances de las empresas que les contrataban, cayendo, de nuevo, en un conflicto de intereses que, al parecer, sólo los malpensados vemos.

Mientras los ciudadanos aprendemos a pasos forzados cómo funciona el mundo de las finanzas, parece que los lazos entre el poder económico y el de los gobiernos sigue empeñado en que parezca que todo ha cambiado para que, en el fondo, todo permanezca como estaba antes de 2008.

Acerca de llegalaultima

Politóloga y periodista en transición
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