Derecha ideológica: familias bien avenidas

Hablamos de derecha e izquierda desde 1788, cuando el rey Luis XVI reúne a los Estados genarales: 1200 miembros repartidos entre clero (300) y nobleza (300) -que se sentaban a la derecha del rey- y los comunes (600), que ocuparon la parte izquierda. Cuando en 1789 los Estados Generales logran el reconocimiento de Asamblea General, se mantiene esta división tomando la tribuna del orador como referente: los más radicales, a la izquierda, y los demás, a la derecha. Esta nomenclatura se difunde debido a la expansión de la Revolución Francesa por Europa, América Latina y EEUU, y forma parte del acervo empleado para definir posiciones ideológicas.

A partir de la irrupción de los partidos socialdemócratas a finales del siglo XIX y, sobre todo, a partir del primer tercio del siglo XX, serán sus miembros los que se sienten a la izquierda del orador y los que representen la izquierda ideológica frente a los partidarios de la derecha, en el origen conservadores, catolicistas, contrarrevolucionarios y, a partir de los años 70 del siglo pasado, también neoliberales y neoconservadores.

Aunque lo que se conoce como derecha ideológica aparezca con frecuencia como un bloque monolítico, no lo es. Desde hace años se ha extendido el uso de conceptos para definir tendencias en las que los propios líderes políticos se insertan según su conveniencia, y eso no es casualidad. Esperanza Aguirre, Alberto Ruiz Gallardón, José María Lassalle, Esteban González Pons y Jaime Mayor Oreja militan en un mismo partido político, pero es fácil vislumbrar diferencias importantes entre ellos.

Eso se debe a que, en España, dentro del PP, se aglutinan diferentes familias que van desde un centro político liberal lockeano hasta una extrema derecha de corte franquista; conviven posiciones herederas del catolicismo conservador y de la teoría del péndulo de Donoso Cortés (ver su Discurso sobre Europa, Ensayo sobre el Catolicismo, El liberalismo y el Socialismo), con unas dosis de excepcionalismo estadounidense, pasando por defensores de la teoría del fin de las ideologías de Daniel Bell [en 1965, tuvimos a nuestro exponente patrio: Gonzalo Fernández de la Mora y El crepúsculo de las ideologías].

De esta forma, Esperanza Aguirre se define como “liberal”, cuando lo cierto es que su actuación al frente de la Comunidad de Madrid está mucho más cerca del neoliberalismo o del “capitalismo de Estado”, selectivamente intervencionista, de lo que ella misma quiere reconocer y, en lo político, su referente es el conservadurismo y no tanto el liberalismo político.

Lo mismo puede decirse de José Ignacio Wert, flamante ministro de Educación que, antes de la huelga general de todo el sector educativo del país aseguró: “Las familias que no tienen dinero para estudiar es porque no quieren derivar otros recursos”  [http://cort.as/20qL]; esta afirmación coincide en el tiempo con una tasa de paro del 24%, con millones de hogares con todos los miembros en situación de desempleo y cuando Unicef ha hecho público que 2,2 millones de niños españoles viven por debajo del umbral de la pobreza. Debajo de sus iniciativas, se pueden vislumbrar las aristas de un pensamiento neoliberal en el sentido de reducir la intervención del Estado al mínimo, de manera que sea el individuo/familia el que financie sus necesidades; al mismo tiempo,  defiende posturas que conectan con el universo conservador en materia social.

Wert, que antes de ser ministro participó en el think tank FAES, que nutre de ideas al PP, inició su gestión al frente del Ministerio con la rúbrica de un libro en el que definió el movimiento 15M como una “mezcla de socialismo utópico y un punto soviético”, en el que señaló que uno de los problemas sociales era que la incorporación masiva de las mujeres al mercado laboral había descuidado la atención de sus hijos y que ha protagonizado otra crítica por el giro ideológico que ha implantado en la reforma de la asignatura Educación para la Ciudadanía, de cuyo temario desaparecen cuestiones como el conflicto social, la homofobia o el feminismo, es decir, todo el argumentario que implosionó en los años 60, que entró en la agenda de los gobiernos en los años 80 y que, desde entonces, forma parte de las obsesiones de la derecha conservadora occidental.

La crisis de la izquierda rellena páginas de revistas especializadas, libros y diarios generalistas, pero lo cierto es que la derecha se encuentra en una confusión de términos, con la diferencia de que ha sabido aprovechar esa situación en su beneficio: aparece como un totum revolutum, presentándose como lo mismo cuando no es así. Esta serie que iniciamos hoy intentará aclarar conceptos para saber de qué estamos hablando cuando nos referimos a liberales, neoliberales, conservadores o neoconservadores, que son las familias ideológicas en los que, en general, suelen insertarse los pensadores de la derecha -y los dirigentes que ejecutan sus ideas-.

Estas ideas, que en su versión más simplificada defiende el Tea Party estadounidense, ha obligado a otras opciones ideológicas a posicionarse en asuntos que ni les beneficia ni, hasta hace poco, les interesaba. Y eso se ha conseguido a partir de la tendencia a infravalorar su capacidad de influencia, lo que llevó implícita la renuncia a responder para neutralizar ideológicamente su discurso.

La prueba de que están muy armados políticamente es que, pese al revuelo, nadie ha pedido la dimisión de Wert por lo que dijo sobre los recursos que la familia prefiere malgastar en unas partidas para no pagar la educación de sus hijos, por su malgusto pero también por la mentira que supone en su propio origen: la enseñanza pública se financia a través de impuestos, que se reparten en función de la renta, en términos de proporcionalidad y equidad. Si faltan recursos, lo razonable pasaría por replantear una reforma fiscal, sobre todo porque está suficientemente demostrado que una sociedad con sus miembros formados es mas próspera que una que renuncia a este objetivo.

Además de intentar aportar un poco de transparencia en el uso de los términos, asumimos un reto mayor: debemos saber de qué se está hablando para contrarrestar el pensamiento que estas corrientes comenzaron a desplegar masivamente desde los años 70 y que hoy impregna áreas que hasta el momento pensábamos intocables. La ciudadanía, poco a poco, empieza a desentenderse de la herencia progresista e Ilustrada, que hasta no hace muchos años presentaba valores positivos y deseables, y se hace porque han sido capaces de crear un sustrato de principios e ideas coherentes, que impregnaron primero la cultura de EEUU y, a partir de la difusión de esa cultura, al resto del mundo [Susan George: El pensamiento secuestrado. 2007].  Esto es lo que intentaremos aclarar en los post siguientes.

Acerca de llegalaultima

Politóloga y periodista en transición
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