Efectos colaterales del crash de 2008 (I)

Si alguien pensó que la crisis económica, iniciada en EEUU en el verano de 2007, aunque con el impacto directo de 2008, iba a ser como otras crisis anteriores del capitalismo, que se solucionaban pisando el acelerador del consumo o echando el freno para enfriar la máquina, se equivocaba.

En la antesala de las elecciones presidenciales que llevarían a Barak Obama a la Casa Blanca ya se habló de la posibilidad de estar ante una crisis sistémica, una de esas crisis que, según los gurús del neoliberalismo, era imposible que se produjeran pues se había encontrado la poción mágica que permitía acortar la duración de las crisis propias del capitalismo y que hacía casi descartable la posibilidad de un crash como el del ’29 o el del ’73, que es la última referencia de crisis total en el corazón del capitalismo y origen de muchos de los problemas que se presentan hoy con total crudeza.

Durante el verano de 2007 empezaron los síntomas de que el corazón del capitalismo financiero estaba a punto de vivir algo parecido a lo ocurrido con la crisis de las puntocom o con el caso Enron. Sin embargo, en el verano de 2008, con la campaña de las presidenciales de EEUU a toda máquina, el mundo dirigió sus ojos a Wall Street, ante la posibilidad de estar ante una crisis de las de antes, sobre las que pontificó Karl Marx en el siglo XIX y que se fueron repitiendo a lo largo del siglo XX hasta 1973.

Fue tal la evidencia, que los líderes mundiales pronto decidieron mancomunadamente que había que atajar el problema desde la raíz, ante el riesgo de una implosión del capitalismo financiero y, como efecto, el capitalismo productivo. Desde aquel mes de septiembre de 2008, los neoliberales se recluyeron en sus universidades y think tanks a masticar por qué todos sus preceptos se habían venido abajo, mientras se procedía a la nacionalización de bancos y a la inyección de capital público. A partir de 2010, los Estados miembros del G20 decidieron que ya se había hecho todo lo posible de manera colectiva y que había llegado el momento de que cada bloque regional económico adoptara sus propias decisiones ante la confluencia de una crisis que venía explicada por los efectos de la globalización, de la desregulación y la expansión del crédito, según George Soros.

En EEUU se optó por una suerte de neokeysianismo -con muchos matices- mientras que en Europa se siguió la senda del neoliberalismo económico, con la sacralización del objetivo del déficit como idea base que se complementa con los errores de la construcción de una moneda única en un conglomerado de Estados-nación que tienen cedida parte de su soberanía económica a ese ente llamado UE pero que mantiene la política fiscal y bancaria como entramados puramente nacionales. Ante la evidencia, los países que mejor han podido afrontar la crisis financiera han sido los que han liderado las reuniones para imponer una salida de la crisis que, en la práctica, se resume en exigencias de políticas de ajuste para cumplir con el objetivo del déficit fijado.

En la práctica, se han impuesto políticas de austeridad para conseguir ese objetivo , y sus efectos los sufrimos en nuestras propias carnes, como los griegos, irlandeses y portugueses, efectos colaterales de una política económica adoptada en el seno de la UE, que es distinta a la adoptada por EEUU  y que no se parece en nada a la que están ejecutando en estos momentos el resto de socios del G20, que por el momento se salvan de los efectos de la crisis financiera y de deuda que ha llegado a paralizar la actividad económica de la UE (ayer se supo que el Reino Unido, país que forma parte de la UE pero no de la Eurozona, encadena su tercer trimestre en recesión tras una caída del 0,7% en el segundo trimestre de este año).

La crisis económica, en Europa, ha tenido un efecto inesperado: un cuestionamiento de la política a todos los niveles, que se fundamenta por una crítica a los partidos que forman los gobiernos que han tenido que hacer frente a la crisis. La mayoría de países ha aprovechado sus citas electorales para castigar a su Poder Ejecutivo de manera que han ido cayendo líderes y gobiernos de todos los colores posibles. En algunos países se ha abierto la espita para la aparición de opciones políticas alternativas, que en algunos casos representan la antipolítica. Hemos visto el ascenso de opciones ultraderechistas (incluso convirtiéndose en socios de gobierno, como en Países Bajos), populistas, antieuropeístas y alternativas de izquierda (como Syriza en Grecia)

En España, inicialmente no se prestó especial atención a este fenómeno, que hoy es el que sirve de catalizador de una protesta que agudiza la separación entre la ciudadanía y las organizaciones sociales que servían como cauces de participación política hasta no hace muchos años (sindicatos y partidos políticos, principalmente). De manera paralela a un aumento de la conflictividad social, resultado de la socialización del sufrimiento que suponen las políticas puestas en marcha por el Gobierno de Rajoy, se registra un incremento de la participación en movimientos sociales y de autoorganización que, en general, manejan dos discursos: la politización apartidista de la ciudadanía y la separación de la política profesional, que se entiende como ejercida por una suerte de casta política que, se entiende, no representa la voluntad popular.

En algunos casos, esta crítica a la política, que roza la antipolítica, se torna en una realidad difícil de gestionar, sobre todo porque en la crítica general subyace una vuelta a algo ya vivido: nuestro 1898, cuando pensadores, escritores e intelectuales pensaron en una España hundida tras la pérdida de Cuba y Filipinas y la constatación de que España dejaba atrás su pasado colonial, mientras las potencias europeas tomaban posiciones en el dominio de Africa y Asia. Hoy, vivimos una situación parecida, que galopa sobre la idea de que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, que hemos pasado de estar en la Champions League económica (Zapatero) al club de los PIIGS y, en una actitud muy cristiana, toca enmendar nuestros pecados a través del sufrimiento colectivo.

En sólo cuatro años, España ha pasado de ser la cuarta economía de la zona euro, la octava-novena del mundo, según los ratios consultados- , a ser un país que camina peligrosamente por el precipio de la intervención, esas situaciones que sólo le pasaban a países como México o Argentina (país convenientemente mencionado por Esperanza Aguirre, presidenta de la CAM, que justificó hace unos días los recortes para evitar que en España exista un corralito o que se den situaciones de inflación al 20-40%). En el espejo, la imagen de un país que llegó a mirar de frente a economías como la italiana, a la que superó en PIB en 2008, y que amenazaba con extender su milagro económico para tratar de tú a tú con Alemania (Zapatero, de nuevo).

El giro del presidente del Gobierno del PSOE de mayo de 2010 tuvo un efecto inmediato en la consideración de la política y de los políticos. Desde febrero de 2010, los partidos políticos y la clase política en general aparecieron en los sondeos del CIS como tercer asunto de preocupación de los españoles, después del paro y de los asuntos de índole económica. Desde entonces, este resultado se ha ido repitiendo barómetro tras barómetro (hasta un 25% de los encuestados considera que éste es el tercer problema del país en el barómetro del pasado mes de junio), y esta circunstancia ha cristalizado en un germen de cuestionamiento del sistema, cuyas costuras comienzan a ensancharse debido a los síntomas de agotamiento, propios o provocados.

Acerca de llegalaultima

Politóloga y periodista en transición
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