Sobre “Otro gobierno”. Crítica al libro de César Calderón

Partimos de una obviedad: desde los tiempos de la Ilustración, el universo político se ha dividido en derecha e izquierda ideológica, dos grandes familias que han incluido en sus filas todo una amalgama de ideas, maneras de entender el mundo, movimientos, valores y principios. Estos dos grandes grupos, distantes entre sí, confluyeron, en cierta manera, con el advenimiento del Estado del bienestar, un proyecto que se puso en marcha en Europa después de la II Guerra Mundial impulsado por las formaciones socialdemócratas y por las organizaciones democristianas que prefirieron el mal menor para frenar las derivas que la amenaza soviética pudiera conllevar.

Desde la revolución conservadora (en lo ideológico) y la llegada del neoliberalismo como doctrina política, las diferencias entre estos dos bloques ideológicos se han vuelto cada vez más difusas, centrándose en gran medida en el mundo de los valores (con su plasmación en leyes sociales) por un motivo claro: la izquierda renunció a que la política gobernara la economía, que a partir de los años 80 del siglo pasado comenzó a volar en una estratosfera propia.

César Calderón, en Otro gobierno (Argón Editores, 2012), ofrece un manual de actuación a esta izquierda socialdemócrata europea, que se ha vuelto conservadora en la defensa del Estado de bienestar y que ha dejado todo el hueco posible para que la derecha campe a sus anchas. El mundo parece de derechas, y el resultado ya lo vemos: “ha logrado permeabilizar su idea del mundo, su discurso y hasta su lenguaje, haciendo que todo el arco ideológico juegue con sus reglas”, algo que se ha puesto dolorosamente de manifiesto en la crisis financiera desde 208.

El autor cita a Tony Blair como uno de los referentes de esta izquierda conservadora, y pasa por encima de Felipe González, verdadero artífice de esa “tercera vía” que luego popularizó el primer ministro británico y el presidente de EEUU Bill Clinton.

El libro es un manual que propone una manera de ejercer el poder de manera abierta, transparente, mediante una profundización de los canales de participación que aproveche las capacidades que otorga Internet como herramienta de comunicación. Desde este punto de vista, realiza un buen análisis del sistema que ha llegado hasta nuevos días, controlado por unos partidos políticos que actúan como organizaciones conservadoras, fuertemente jerarquizadas, acostumbradas a la comunicación unidireccional y al empleo de los medios de comunicación como intermediarios entre ellos y la propia sociedad,  de la que obtenían un feedback muy tenue -cuando se obtiene-. A pesar de los cambios sociales, Calderón recuerda que en ellos “nada ha cambiado (:) Ni las formas de participación política, ni los liderazgos, ni los procesos de toma de decisiones, ni los mensajes, ni los discursos, ni el acercamiento al ciudadano por parte de gobiernos, partidos o candidatos”.

Este funcionamiento explicaría la lejanía de los movimientos sociales, que se están convirtiendo en los cauces de la participación política por parte de los ciudadanos más críticos con el sistema político. Sus filas vienen nutridas por jóvenes que no se sienten representados por las estructuras tradicionales y por ciudadanos que en algún momento de su vida practicaron, tal vez, una participación activa y que se fueron retirando de la misma al conocer el funcionamiento interno de los partidos y/o la evidencia de que, sobre todo en la izquierda, los grandes valores se dejaron a un lado al llegar al poder, por su tendencia a conservar lo conseguido o bien por las presiones de instituciones supranacionales que gozan de una legitimidad que no ha pasado por las urnas.

Escribe Calderón, con el recuerdo del 15M en la retina: “Estamos ante un serio toque de atención a los poderes politicos por parte de unos ciudadano que no tienen nada que ver con los intermediarios sociales tradicionales y que no se sienten representados por ellos, unos ciudadanos que han lanzado un grito en el que decían con rotundidad que hace falta transparencia, rendicion de cuentas y participación”.

Asumimos como cierta esta apreciación, a pocos días de que el Consejo de Ministros haya aprobado una Ley de Transparencia que tiene todos los visos de quedarse corta. Vivimos momentos convulsos en los que la participación se está efectuando por cauces no institucionales, como muestran la organización y ejecución de protestas ciudadanas contra los recortes del Gobierno. En cuanto a la rendición de cuentas, quizás habría que pasar de la accountability (la rendición de cuentas del gobernarte por la gestión pública) a un modelo que permita que esta rendición no se limite al castigo o refrendo de las urnas cuando llega el momento del voto; el modelo venezolano tiene en sus leyes la convocatoria de un referéndum revocatorio, que pasa por ser una manera efectiva de que los gobiernos no se desvíen del contrato que asumen con la ciudadanía durante la campaña electoral.

El autor aborda el concepto de sociedad civil como forma de canalizar la participación social en la era pre-Internet y entiende que la sociedad civil, entendida de esta forma, está perdiendo toda su importancia cediendo el protagonismo en beneficio de una situación en la que el ciudadano anónimo puede ponerse en contacto con sus gobernantes y viceversa.

La descripción de esta arcadia acaba con cualquier atisbo del individuo como ser social, y creemos que está alejado de la realidad. Es indudable que ha habido una modificación en la manera en la que la sociedad civil se relaciona con el poder, y forma parte de la quiebra que relata en cuanto al elemento central de las organizaciones clásicas que detentaban la legitimidad del poder (partidos políticos, administraciones, gobiernos, centrales sindicales de clase, etc), pero ésta ya era una realidad antes de que se universalizara el uso de Internet.

Los grupos que han sabido amoldarse al advenimiento de la posmodernidad -aunque la crisis haya puesto en cuestión también este punto, ya que en Europa volvemos a hablar desde hace unos años de asuntos que enlazan con la modernidad en su estado básico- encuentran en Internet un poderoso altavoz para sus reivindicaciones, como ponen de manifiesto campañas más o menos organizadas en función de causas, como la campaña Stop Kony o el revuelo organizado en Twitter que llevó recientemente al PP a modificar su estrategia en torno a la frase que la diputada Andrea Fabra soltó en el Congreso en pleno debate sobre los recortes. La diferencia estriba en pensar si la sociedad civil es capaz de organizarse para mantener activas las redes en campañas largas -y el 15M podría ser un ejemplo- o bien si hay que empezar a hablar de sociedad civil centrándonos en las explosiones de participación. Nuestra opinión es que conviven y convivirán ambas formas.

Durante buena parte del libro se da vueltas, sin mencionarlo, a la calidad del activismo en Internet, algo que tiene más importancia de lo que parece. Según Calderón, hay 30 millones de internautas en España (29 millones aportan otras fuentes), un número que nos parece exagerado, sobre todo porque, si es así, no se entiende la brecha digital que aparece en todos los estudios como elemento que explica los cambios sociales, parciales o totales, que ha vivido la sociedad española en los últimos 20 años.

También cuenta que 15 millones de personas usan redes sociales, cifra que, de nuevo, nos parecen infladas en términos objetivos, y mucho más si entramos a valorarlo en términos cualitativos. Según algunos estudios (uno de los más recientes: http://cort.as/1y7U), en España hay 2,8 millones de personas con una cuenta de Twitter; si tenemos en cuenta la pérdida de valor de Facebook como red social preferida no sólo nos cuestionamos esta cifra sino que nos planteamos si, en este asunto, no es más interesante tener en cuenta para qué se usa internet.

De esta forma, comprobaremos, que las personas politizadas de antemano entenderán el uso de las redes en ese sentido, ampliando prácticas ya adquiridas de antemano en cuanto al contacto con grupos de intereses, y que este grupo contrastará vívamente con quienes usan Internet como mero cauce de entretenimiento o como herramienta útil para contratar bienes y servicios, prácticas que serán interesantes para medir cambios de comportamiento sociológicos pero no tanto, quizás, para abordar los cambios en relación a la participación política o el cambio de paradigma politológico.

Y aquí entramos en lo que entendemos como principal fallo del libro: se centra en exceso en los ciudadanos que amplían su condición en tanto usarios de Internet, que aparece como la galaxia en la que uno puede desarrollar y mejorar, de manera que Internet deja de ser una herramienta para constituirse en el factor que determina al resto.

Además, en algunos momentos, parece que el autor parte del supuesto de que todos los seres humanos presentan una pulsión similar y que, por lo tanto, gran parte de ellos, al compartir esos valores, terminará derivando hacia prácticas que asume una opción ideológica y que, por lo tanto, terminarán simpatizando con una izquierda que se vuelva a plantear cómo hacer efectivos los principios de igualdad y fraternidad, así como una reconsideración de las relaciones humanas y de poder en términos de colaboración y horizontalidad.

Los hechos vienen a confirmar que puede que haya sectores amplios de la sociedad partidarios de esta manera de entender el mundo y la política, pero también hay otros que, aun compartiendo ideas como la de la política 2.0, la transparencia o los partidos semiabiertos -o incluso totalmente abiertos-, en la práctica política se sienten cómodos aplicando valores conservadores que impliquen jeraraquía, desigualdad en tanto que denota que no existe uniformidad, y una manera de entender la democracia como procedimiento y no tanto como una “gimnasia, algo que ha de aprenderse y ejercitarse desde la autonomía del individuo”, con un princpio de colaboración que se asume y practica de manera puntual.

Las ideas que Calderón plantean enlazan con las teorías de democracia participativa y deliberativa, quizás compatibles con la socialdemocracia (está por ver), aunque la pelota está en el tejado de ésta última, a la que le queda un largo trecho si quiere volver a conectar con la sociedad -puesto que, a diferencia de la derecha ideológica, su fuerza matriz estuvo y debería estar en ese vínculo fraternal con la sociedad-.

Otro gobierno es una buena alternativa para conocer caminos por los que debería transitar una izquierda que quiera salir de las catacumbas, aunque eso, a nuestro juicio, pasa por una tarea previa que pasa por retomar planteamientos económicos desde la política, y no al revés.

En nuestro caso, es la guinda del pastel que en los últimos días comenzó con la lectura de El juego del cambio. La trastienda de las elecciones estadounidenses, de John Heilemann y Mark Halperin, y que siguió con La estrategia de Sherezade, de Christian Salmon. El primero se centra en el funcionamiento de los partidos políticos en EEUU y el uso que Barak Obama le dio a Internet, por primera vez en una campaña electoral; el segundo resulta muy interesante en relación al ejercicio de liderazgos en el mundo del storytelling y del homo politicus, una suerte de príncipe caracterizado como “individuo moldeable a placer, capaz de estilizarse, de cambiar de look continuamente, de identificarse como un ser en movimiento perpetuo”.

Esta es la constatación de que hay mucha gente repensando el mismo asunto desde distintas perspectivas, lo que, quizás, ayude a encontrar pronto la receta que nos permita salir del atolladero en el que nos encontramos desde los 80, con el pensamiento único cuestionado por la realidad mismo pero no desde el mundo de las ideas.

Acerca de llegalaultima

Politóloga y periodista en transición
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3 respuestas a Sobre “Otro gobierno”. Crítica al libro de César Calderón

  1. Muy interesante el análisis, te agradezco la lectura crítica del libro.

    Parece que hay un punto que nos separa, tu defiendes que la “sociedad civil” sigue siendo un instrumento político eficaz en la articulación popular, mientras que yo defiendo que basicamente no existe, que dejó de existir en los años 80, que no ha vuelto a dar señales de vida en ningún país occidental y que ha sido superado por un nuevo ciudadano que no fia su actuación social a ningún intermediario, sino que quiere ejercerla personalmente, cuando quiere, como quiere y con quien quiere.

    Nos leemos !

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