La crisis de la democracia (I)

Crónica de la concentración 29-S

El diario El País se caracterizó, durante la semana pasada, por ser uno de los medios del establishment que más atención dedicó a la convocatoria 25-S: Rodea el Congreso. A través del streaming de su página web se pudo seguir en directo la convocatoria del martes pasado, del miércoles (en respuesta a las cargas policiales registradas en la plaza de Neptuno, Puerta del Sol y Atocha) y del sábado, concentración convocada en la plaza de Neptuno para mostrar la ocupación simbólica de uno de los lugares desde los que la ciudadanía que respondió al llamamiento de la Coordinadora 25-S iba a acercarse a la Cámara Baja, espacio físico en el que reside la soberanía nacional resultante de las urnas

Los cánticos habituales – No nos representan”, “PP, PSOE, la misma mierda es” y “Lo llaman democracia, y no lo es”- volvieron a confirmar el malestar de una parte de la ciudadanía, que decidió abandonar su condición de “mayoría silenciosa” que tanto le gusta al presidente del Gobierno para reclamar en la calle una manera distinta de entender la política y, sobre todo, la democracia representativa. En esta ocasión, se reclamó la dimisión del Gobierno y del Jefe del Estado, la disolución de las cámaras y la apertura de un proceso constituyente tras una convocatoria electoral.

El País se presentó como uno de los medios que apostaron por estar pegados a la actualidad y, de paso, se convirtió en la ventana en la que muchos integrantes de esa mayoría silenciosa siguieron lo que ocurría en Madrid, para disgusto de Jaime Mayor Oreja, que consideró que retransmitir en directo las cargas policiales en TVE (y medios digitales, suponemos) incitaba a manifestarse, o Carlos Floriano, que aseguró que los manifestantes que desde el 25-S protestaron ante el Congreso pisoteaban los derechos de los vecinos, quienes “(sufrieron) muchas molestias de manera reiterada”.

La posición de El País contrastó abiertamente con la de otros medios, como ABC o El Mundo (que siguieron en directo la convocatoria del 25-S pero que minimizaron el impacto de las siguientes) o de La Razón, uno de los diarios que, desde la semana pasada, se empeñó en criminalizar a los convocantes -tendencia que llega hasta la portada de hoy, un fotomontaje con un martillo que, según la policía, se usó en las manifestaciones “pacíficas” contra los agentes antidisturbios-. La criminalización de la protesta, y de los manifestantes, llegó hasta el esperpento el lunes pasaco, con las noticias como las que siguen: “Tabacalera, madriguera antisistema” [ABC: http://cort.as/2YYf] y “29-S: el macrobotellón” [La Razón: http://cort.as/2Yoz ]

Un retrato inicial, por lo tanto, hizo pensar en que, entre los medios que se imprimen en Madrid, dos (caracterizados por su conservadurismo) se enfrentaron directamente a la algarada de la alegre muchachada mientras que el diario de referencia del centro-izquierda desde la Transición, El País, elegía un papel más sensible hacia las reivindicaciones de la Coordinadora 25-S, continuista del discurso que cristalizó en la Puerta del Sol en mayo de 2011 y que la mayoría de los partidos, en su día, asumió como una reivindicación realista.

Nada más lejos de la realidad. El domingo y el lunes se pudieron leer, en su edición impresa (y digital), cuatro alegatos respecto al malestar ciudadano sobre la actuación de los representantes políticos, trabajo que, de acuerdo con el CIS, se considera el tercer problema del país, después del desempleo o de los asuntos de tipo económico. Así, hubo reflexiones sobre los objetivos de las protestas, contra los que se calificó como defensores de la “antipolítica” y  contra los partidarios de ganar en la calle lo que no se reflejó en las urnas. Se pudo leer a propósito del movimiento populista que, al parecer, se está registrando en distintos países de Europa al calor de la crisis, que engarza con el precedente de los fascismos y totalitarismos del periodo de Entreguerras en Europa (que derivó en la Segunda Guerra Mundial) y que cuestiona la democracia representativa para demandar un sistema político que pasa por cuestiona la “civilización democrática” y subvertir el orden constitucional para proponer una alternativa de corte “mesiánico”. Este discurso se intentó equilibrar con otro que cargaba las tintas contra los representantes políticos, la “clase dirigente”, un concepto que, seguramente, haga las delicias de teóricos postmarxistas, al entender una clase social nueva, bastante menos numerosa que cualquiera de las demas: la de los representantes políticos).

El motivo de este mensaje esquizofrénico puede tener una explicación puramente empresarial: cada vez hay menos lectores dispuestos a comprar el periódico impreso y, entre los compradores de El País, hay un importante grupo de sectores tradicionales, ubicados en el centroizquierda y que no comparten lo que está ocurriendo con las movilizaciones al margen de los partidos. Sin embargo, la web se dirige a otro tipo de público, quizás más crítico con el sistema que nació de la Transición y que no ve con malos ojos que sectores de la sociedad se manifiesten -aunque ellos no lo hagan-. Esta división en targets justificaría por qué esta mezcla de discursos a favor y en contra del sistema que se ha p0dido seguir en el periódico durante la última semana.

A continuación, extraemos los párrafos más jugosos de los cuatro textos, centrados en la crítica a quienes critican la deriva del sistema:

→ Elvira Lindo: “No los confundan”, El País, 30-09-12: http://cort.as/2YHb

“Pero, ante todo, dan ganas de gritar, de pedir que no confundan a esa clase dirigente que en un porcentaje elevadísimo ha prevaricado, participado en corruptelas, favorecido a los suyos o esquilmado el país, con esta otra que cada vez con sueldos más bajos se desvela por sacar las vidas de los nuestros a flote. No es demagogia, es la pura verdad. No confundan a estos con aquellos: son del mismo país, pero unos no se merecen a los otros como compatriotas. Mientras la clase política no reacciona y sigue sujeta a su sistema de privilegios, hay quien mantiene, a cambio de muy poco, su vocación, porque vocación tiene que ser hacer el trabajo con tanto amor propio. Hay que negarse a ser estigmatizado por lo que hizo o hace una parte de la población; que el problema de España es su clase dirigente tiene que ser un clamor para que no confundan a unos con los otros. De vez en cuando surge la voz de algún experto que advierte del peligro de demonizar a los políticos, no vaya a ser que acabemos alentando el resurgir de un salvapatrias. ¿Qué hacer entonces, quedarse callados y en casa para que a la alcaldesa Ana Botella no se le descabalgue el presupuesto con las manifestaciones?”

Se suma así a las tesis de los que ponen el acento en que la crisis política e institucional que vive el país se debe a unos representantes políticos que no han sido capaces de conectar con la ciudadanía a la que dicen representar, una “clase política” que habría renunciado, incluso, a la diferencia.

Cuando se incluye en el mismo saco a todos los políticos y todas las actuaciones políticas se abre paso a iniciativas como las de María Dolores de Cospedal en las Cortes de Castilla-La Mancha: puesto que todos los políticos son iguales, y todos tienen dobles y triples sueldos, mejor acabar con la profesionalización de la política, que pasa, sobre todo, por el cobro de un sueldo a cambio de ser representante político. Acaba así con 200 años de luchas para que los diputados de extracción obrera tuvieran las mismas oportunidades que los rentistas que se dedicaban a la política como actividad de ocio, retomando un concepto de la política como hobby a realizar en el tiempo libre.

→ José María Lassalle, “Antipolítica y multitud”: El País 01-10-12: http://cort.as/2YRf.

“El malestar colectivo que se llevó por delante las democracias liberales en el periodo de entreguerras vuelve a escena. Es cierto que no adopta las maneras totalitarias ni exhibe el matonismo pistolero y la marcialidad de aquellos años, pero no cabe duda de que actualiza en clave postmoderna la lógica y los mitos que movilizaron a las masas con el fin de derribar la arquitectura institucional sobre la que se sustenta nuestra civilización democrática.

Más de 30 años después de recuperarlas, las instituciones democráticas se ven discutidas por una tempestad antipolítica que ensalza las multitudes y reclama el derecho a que sean éstas quienes decidan por dónde debe orientarse el interés general, ya sea del conjunto o de partes significativas de la sociedad española. Lo grave de la situación estriba en que este cuestionamiento de la política representativa y de su institucionalidad se basa en una doble manipulación. Por un lado, se utilizan los buenos sentimientos de mucha gente desasistida de esperanza que se manifiesta haciendo realidad aquello que Georges Bataille decía de que la “impotencia grita en mí” y, por otro, se tergiversan los defectos que objetivamente pesan sobre nuestras instituciones para transformarlos en sistémicos y deslegitimar así la raíz misma de su vigencia moral. De este modo, se desgarran las costuras de nuestra democracia invocando la promesa de una pesadilla venidera que tiene sus profetas y que levanta banderas de redención colectiva que pretenden, por la vía de los hechos, subvertir el marco constitucional a través del desarrollo de un relato mesiánico que erige a la multitud

Esta alianza entre antipolítica y culto a la multitud tiene en estos momentos una extraordinaria fuerza desestabilizadora. En primer lugar, proyecta hacia el exterior una imagen deformada de nuestro país que debilita nuestra credibilidad y solvencia. Y en segundo lugar, mina los cimientos de legitimidad de nuestra democracia debido a la simplicidad emocional de su planteamiento y a que insufla una noción romántica de identidad

Así las cosas, no es extraño que la inquietud abrume a muchos que no entienden por qué, cuando la crisis nos golpea más intensamente, algunos han decidido picar las espuelas schmittianas de la antipolítica para gritar que es necesario que “la vida real haga saltar con su energía la cáscara de una mecánica anquilosada por la pura repetición”.

Hemos llegado hasta aquí después de un caldo de cultivo que ha ido dando carta de naturaleza a una antipolítica que paso a paso ha rebajado hasta el nivel de la caricatura a nuestra legalidad democrática, a sus instituciones y, sobre todo, a sus representantes”

El actual secretario de Estado de Cultura, que pasa por ser uno de los miembros más solventes del sector liberal del PP, elaboró un texto plagado de citas de pensadores europeos del siglo XX, con una intención: llevar al lector a pensar que en la actualidad se están produciendo tics parecidos a los que facilitaron el ascenso de los fascismos en Europa.

Así, realizó una traslación entre las masas de las que hablaba Ortega y Gasset o Elías Canetti, asumiendo ciertos rasgos de “postmodernidad” pero pasando por encima de cualquier reivindicación de los colectivos que, desde mayo de 2011, se concentran, sobre todo en Madrid, para poner de manifiesto que hay sectores amplios de la sociedad, sobre todo entre los más jóvenes, que no engarzan con conceptos como el “patriotismo constitucional” de Habermas o el del nacionalismo teóricamente posmoderno.

Amplios sectores de la sociedad, además de criticar esta manera de entender la democracia representativa, reclama una profundización de la democracia en la línea de aumentar la deliberación y la participación. El texto de Lassalle confirma no sólo su desapego a lo que está pasando en las grandes ciudades -incidiendo, de paso,  en la idea del alejamiento entre la política institucional y la ciudadanía-, sino un desconocimiento de las propuestas que se están planteando, en otros foros, a propósito de cómo mejorar la democracia antes de que sea demasiado tarde

→ Monica Zgustova, El País 01-10-12: “El peligro populista en Europa”: http://cort.as/2YTd 

Sin llegar a criticar abiertamente la legitimidad de la democracia, esos partidos se caracterizan por su rechazo del sistema sociopolítico establecido y abogan por un mercado ultraliberal, acompañado de una drástica reducción del papel del Estado. Son partidos derechistas en su oposición a la igualdad individual y social, en su rechazo de la integración de grupos marginales y en su apelación a la xenofobia, al racismo y, a veces, de modo más velado, hasta al antisemitismo (este es el caso del actual gobierno húngaro liderado por Viktor Orban). El populismo de esos partidos utiliza para sus fines los sentimientos mayoritarios en los ciudadanos e instrumentaliza la ansiedad y el desencanto socialmente extendidos.

Hasta hace poco, esos partidos ultraderechistas y populistas se concentraban en demonizar al inmigrante (así lo hizo el holandés Geert Wilders y el austríaco Jörg Haider, que emitían mensajes antiislámicos y xenófobos). Hoy, con la crisis económica extendida por toda Europa, esos partidos se multiplican (como se ha visto en Grecia, económicamente la más afectada), vilipendian el euro y los esfuerzos europeos por integrarse e incitan a la salida de la moneda común y de la UE

La autora prefirió centrarse en los populismos que, a su juicio, se están dando en Europa, emitiendo una crítica hacia el argumentario que manejan pero obviando lo más importante: por qué surgen, si es un fenómeno nuevo y en qué contextos están proliferando.

Cuando la base electoral del partido de Marine Le Pen se llena de antiguos votantes comunistas, el sistema está lanzando señales, no precisamente novedosas, sobre los huecos que las antiguas formaciones han dejado, por renuncia propia o inducida. Y cuando se da cuenta de este fenómeno como si fuera algo generalizado y en auge, hay que comenzar a preguntar por el sentido de este discurso, que conecta, también, con la propuesta de otras formas de entender la soberanía, lo público y la política, con un mejor encaje entre los grandes problemas y lo que afecta más directamente a la ciudadanía.

→ Soledad Gallego-Díaz, El País 30-09-12: La insufrible atonía de la vida parlamentaria” http://cort.as/2YJd

Lo increíble de lo que está sucediendo es la absoluta falta de explicaciones sobre las decisiones concretas que toma el Gobierno y la incapacidad de la oposición para asegurar ese control y de provocar un debate esclarecedor sobre asuntos que son básicos para el prestigio de la vida institucional. Es eso lo que resulta insufrible. Lo lógico sería que el enfado de los ciudadanos se tradujera más en una manifestación antigubernamental que antiparlamentaria. Es casi una patología política que el Gobierno de Mariano Rajoy esté quedando al margen de esas protestas, mientras que los diputados son objeto de toda clase de críticas.

Pese a todo, el enemigo en la puerta no son los miles de manifestantes que quieren rodear el Congreso de los Diputados para expresar su frustración y enfado con sus representantes políticos. El enemigo es la pérdida de respeto y de confianza en las instituciones y muy específicamente en el Parlamento, y es ahí donde la oposición debería ser mucho más activa y mucho más dura de lo que ha demostrado hasta ahora. Aunque solo fuera porque es el Gobierno el que está saliendo beneficiado de esta formidable atonía institucional.

El cuarto texto incidía en algo en lo que lleva razón (por qué los manifestantes protestan contra sus respectivos parlamentos, triturando gobiernos según se convocan elecciones, y no contra las instituciones que adoptan las decisiones que más afectan a la población de manera directa). Olvida así que la cesión de soberanía económica se ha realizado a instituciones que, en la práctica, no rinden cuentas directas respecto a los Gobiernos, que, por el momento (y salvo las propuestas tecnócratas) deben someterse al escrutinio del electorado de manera periódica.

Ayer, El País publicó un quinto texto sobre la convocatoria del 25-S y, sobre todo, ante la deriva judicial que se ha vivido respecto a los 34 detenidos tras las cargas policiales de la primera tarde-noche de concentración y que es la guinda perfecta a este doble discurso que se ha podido leer en el diario en los últimos días: 

→ Editorial: “Lectura retorcida”, El País, 03-10-12: http://cort.as/2Z5S

La justicia no está para exacerbar los conflictos, sino para encauzarlos de acuerdo con la interpretación más razonable de la ley. Y en este caso los exacerba si mantiene que los incidentes del 25-S constituyen delitos contra las instituciones del Estado, en lugar o además de los típicos de orden público. Sorprende, además, que sea la tesis que se apresuraron a divulgar altos responsables de Interior antes incluso de que los detenidos pasasen a disposición judicial. Como es una exageración deducir de pancartas a favor de la dimisión del Gobierno, de un proceso constituyente o incluso de la disolución de las Cortes, un intento de ruptura con el régimen vigente, en lugar de exigencias políticas amparadas por la libertad de expresión. Esta última valoración penal es, como mínimo, prematura.

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En todos los textos referidos se pasa por encima del origen del malestar social respecto a la política, y es la renuncia de la misma. Quizás hasta esta crisis la ciudadanía no ha sido consciente de las consecuencias de la renuncia de la política a gobernar la economía, como tampoco supo de los efectos perversos de la globalización y de la construcción de entidades supranacionales que alejan la toma de decisiones del ámbito territorial estatal tradicional (léase OMC, FMI, Banco Mundial, BCE o CE).

En la práctica, esta forma de ejercer el poder se traduce en un funcionamiento que toma el Estado-nación como punto de partida, sobre todo en relación a los procedimientos electorales (cuerpo electoral, leyes que rigen, etc), en el que se votan programas que se presentan en parlamentos nacionales pero que se convierten en ceniza cuando la autoridad supranacional, de acuerdo a una legitimidad democrática que, en el mejor de los casos, sólo emana de la consulta parcial en las urnas, lo decide. Esa legitimidad se rige de acuerdo a unos intereses que ya no son los propios de la estructura estatal, que aparece sólo como el actor represor -al ejercer la violencia legítima-, como recaudador fiscal  (por ahora, en escenarios como la UE) y que, hasta el momento, es el principal referente de construcción de identidad colectiva a nivel político y cultural.  

Este doble componente, que pasa por la renuncia de la política a gobernar las finanzas, origen mismo de las crisis más profundas del capitalismo desde el siglo XIX, y un funcionamiento con estructuras de pensamiento Estado-nación en un ámbito global, es parte de lo que subyace en el fondo de muchas de las protestas que se están registrando en distintas capitales de Europa en los últimos meses.

Criminalizar la protesta, como se ha realizado desde el Gobierno y el partido que lo sostiene, es una opción legítima; desconocer el origen de la misma es un error que tendrá un coste de cara al mantenimiento, actual o reformado, del engranaje que conforman las estructuras de poder.

Acerca de llegalaultima

Politóloga y periodista en transición
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