¿Qué proyecto europeo?

Desde 1957 (1951 si incluimos el tratado de la CECA como germen fundacional) la UE se ha construido sobre los cimientos de la cesión de soberanía de acuerdo a áreas concéntricas que se fueron ampliando; la idea final, de acuerdo a los intereses de los europeístas, era acabar con la unión política que supondría que Europa hablara con una sola voz en el mundo. Con tal fin se creó la CEE, que era “una comunidad económica (pero también) una comunidad europea de valores. Los valores europeos fueron el vínculo, el denominador común, que unificó a los estados europeos bajo un mismo techo. El objetivo era una diversidad con valores europeos” [Petros Márkaris, La espada de Damocles]

Eran los tiempos en los que la decadencia europea, arrasada por dos guerras mundiales y objeto de disputa entre las dos superpotencias que protagonizarían la nueva era, servía como centro de la partida de ajedrez que jugaron EEUU y la URSS hasta 1989, y esa dosis de realidad sirvió para idear la forma en la que Europa siguiera contando en mundo bipolar, entonces, y multipolar en el futuro. Los papeles repartidos en el FMI o en el Consejo de Seguridad de la ONU marcaron la senda hacia esta consideración de Europa como un apéndice más o menos independiente de EEUU.

La caída del muro de Berlín y la transformación del Nuevo Orden Mundial, con predominio de EEUU, hacia la multilateralidad, basado en el reparto de las cartas, dio la opción de mostrar la firmeza del proyecto europeo, sobre todo de cara a la ampliación hacia las mismas puertas de Moscú. La guerra de la antigua Yugoslavia certificó las dudas sobre el hecho de que la UE seguía funcionando, en materia de alianzas y política exterior, de acuerdo a los intereses de los vetustos Estados nación.

La siguiente prueba fue la posición ante la guerra de Irak, con un bloque europeo dividido entre el corazón del continente (con Alemania y Francia como portavoces de una opinión que se entendía mayoritaria,incluso en los países belicistas) y la posición del Reino Unido, alineado con su socio tradicional, EEUU, que arrastró al socio habitual británico, Portugal y, para sorpresa de propios y extraños, al Gobierno de José María Aznar. El documento firmado por los antiguos países situados en la órbita soviética, recién entrados en la UE y en la OTAN, confirmó que en Europa había varios corazones y que la unión política, que se debería plasmar en una política exterior común y en una Europa a una sola voz, tardaría en llegar.

Antes de que estallara la crisis económica financiera, parecía que, aunque el proyecto de una federación europea todavía estaba por construir, sí había una UE que hablaba con una sola voz en la esfera económica; para ello contaba con una moneda única en torno a la unidad monetaria, una divisa respetada, que comenzó a disputar la hegemonía del dólar en cuanto a la moneda deseable en los intercambios comerciales.  Poco después se demostraría que la unión económica y monetaria era sólo un gigante con los pies de barro, que la introducción del euro sirvió para identificar a Europa con la moneda, sin tener en cuenta los valores comunes sobre los que se edifició la UE, tal y como señala Márkaris, que aparecen ahora como un “lastre”.

La UEM tardó en construirse medio siglo y en sólo tres años amenaza con saltar por los aires. La gestión de la crisis financiera -de las sub-prime primero, financiera después y de deuda pública en los últimos tiempos- amenaza el proyecto europeo como nada lo hizo antes. Si la apertura hacia el Este significó, en la práctica, la concepción de una Europa a varias velocidades, la gestión comunitaria de la crisis de la deuda, sobre todo en los países periféricos, retoma la idea de una Europa formada por varios círculos concéntricos: en el corazón del sistema estarían los países que hoy no se ven afectados negativamente por la crisis, con Alemania como puntal; en un segundo círculo, los países PIIGS; y en un tercer círculo los Estados que no sienten interés por participar en la unión monetaria (como Reino Unido) o aquellos que no cumplen los requisitos para entrar en el euro (especialmente los países de la ampliación al este).

Sin embargo, este modelo tiene un coste, y el más claro es la rebaja del sentimiento europeísta, sobre todo en los países que han comprobado que la UEM funciona como bloque razonablemente bien en términos de bonanza pero que, en situación de crisis económica grave, se fragmenta en una suerte de reinos de taifas, en los que los Estados mejor situados fijan las normas.

De acuerdo a esta tesis, parece evidente que el proyecto europeo presenta grietas, con dos posiciones, que también se puede analizar en términos de ciudadanía:

  • Por un lado, hallamos a los países rigurosos con los criterios de contención del déficit y del gasto público, en plena deriva de reconsideración de Europa como nicho de paz, prosperidad, basado en la solidaridad intergeneracional, y en la idea de un Estado de bienestar capaz de cubrir las necesidades fundamentales del individuo
  • Por otro, la de los países damnificados por la crisis de la deuda que, además, muestran un divorcio creciente entre sus dirigentes (proclives a cumplir con los requisitos que marque la Eurozona, cueste lo que cueste) y la ciudadanía, que recibe un master acelerado de lo que significa generalizar ajustes sociales en un escenario de caída total de la economía.

Durante el verano, el Parlamento Europeo tuvo que cerrar parte de su sede en Bruselas por la aparición de grietas en las vigas del techo de la cúpula. Es imposible hallar una metáfora mejor del estado de los cimientos del proyecto europeo, con “gobiernos que se dejan llevar por sus artimañas, con el electorado en mente” (Márkaris), que se traduce en lentitud en la adopción de decisiones y en la impresión de que el edificio comunitario se mueve a paso de tortuga para impulsar políticas cuadriculadas que pretenden aplicarse como un modelo matemático, sin tener en cuenta las estructuras de cada Estado miembro.

Los fallos en la construcción de la UE son tan evidentes que ya han comenzado a llegar los despachos oficiales propuestas para frenar la oleada de críticas y la difusión de dosis de antieuropeismo en una parte de la ciudadanía. En este sentido, el primer ministro italiano, Mario Monti, propuso a Herman Van Rompuy la celebración de una cumbre extraordinaria de jefes de Estado y de Gobierno, en Roma, con un tema en la agenda: reforzar el sentimiento de pertenencia a Europa y contrarrestar el avance de los populismos, a los que acusa de intentar desintegrar a la UE.

Las alarmas han comenzado a sonar, aunque eso no implica que se modifiquen pautas de comportamiento. Hace unos días, el encuentro de jefes de Estado y de Gobierno de Los 27 para negociar los próximos presupuestos generales para el periodo 2014-2020 se cerró sin acuerdo y con las posiciones cada vez más encontradas. En términos de operatividad, fue una nueva muestra de la construcción del proyecto europeo en círculos concéntricos, de tipo geopolítico, a diferencia de la suma voluntaria que se había dado hasta no hace demasiados años.

En la actualidad, ya no resulta extraño asumir la hipótesis de un avance político en distintas fases, con distintos actores que se rigen por criterios de interés nacional, afirmación que ha contaminado también la propia construcción de una moneda única a varias velocidades. El núcleo del sistema estaría formado por los países que se encuentran en el corazón geopolítico europeo, al que se adhiere la periferia, con un conglomerado de Estados que asume el euro como moneda única y otros que, en función de criterios de oportunidad, no estiman necesario sumarse a ella.

Otro capítulo en el libro del proyecto europeo lo vivimos a propósito del rescate griego. Desde la semana pasada, se vienen celebrando reuniones del Eurogrupo y el FMI para desbloquear el tercer tramo de ayuda al país heleno, en las que se volvieron a representar las distintas opciones que sobrevuelan los despachos oficiales de los actores implicados:

  • Encontramos la posición del FMI, partidario de aplicar una quita a la deuda pública griega, ante la imposibilidad de que pueda pagarla en el plazo previsto en el memorándum de entendimiento.
  • Se cita a Alemania, contrario a este supuesto debido a que el próximo año Angel Merkel se juega la reelección en las legislativas, que encuentra apoyo en países cercanos, geográfica e ideológicamente, a Berlín, con la austeridad como única salida económica.
  • Un tercer grupo lo formarían los Estados rescatados -Portugal e Irlanda-, la de los países pseudorrescatados – España-, los que llaman a las puertas -Italia- y los que comienzan a tener problemas en términos de financiación de deuda pública -Francia y Bélgica-, que son los que alertan de que hace falta enviar un mensaje de apoyo a lo conseguido en la UE para disipar dudas, sobre todo fuera de las fronteras europeas.

Finalmente, el acuerdo llegó en la madrugada del martes, cuando se aprobó desbloquear 44.000 millones de euros dirigidos a evitar la bancarrota del país y su consecuente salida del euro. Se negoció que el pago se realice en distintas fases: Atenas recibirá en diciembre 34.500 millones de euros y el resto a comienzos de 2013, con condicionantes que se traducen en que el Gobierno de Samarás realice más reformas, con el objetivo de reducir la deuda un 20% de su PIB, esto es, 40.000 millones de euros, a cambio de la obtención de más tiempo para cumplir con sus objetivos.

En cualquier caso, el FMI no volverá a conceder créditos al país heleno, que se comprometió a rebajar su deuda al 124% del PIB en 2020 y a menos del 110% en 2022, objetivos que, desde distintos foros, se califican de imposible cumplimiento con el escenario actual (con una caída del 7,2% del PIB para este año y previsión de otra caída del 4,5% en 2012). Por este motivo, ya hay quien apunta que Berlín aceptará finalmente una quita de la deuda griega en 2014, cuando hayan pasado las elecciones legislativas.

Resulta evidente que el proyecto europeo camina a trompicones, debido a una cierta recentralización nacional que deriva en el área económica, la única que había funcionado con solvencia desde la fundación de la CEE; esta constatación convive en el tiempo con un malestar ciudadano en aumento, materializado en movilizaciones contra gobiernos elegidos democráticamente en las urnas -o votados en un Parlamento salido de las urnas, como en el caso italiano- que aplican políticas dictadas desde Bruselas y Frankfurt, con el consiguiente déficit democrático que rezuman.

En los últimos días se han registrado manifestaciones multitudinarias en Roma -en protesta contra los recortes del Gobierno de Monti-, en Dublín -uno de los países que Alemania solía poner como ejemplo de seriedad en la aplicación de unos recortes que han conseguido ahogar la economía irlandesa, socializando el sufrimiento en su población- y en Lisboa, donde ayer hubo concentraciones en torno al Parlamento coincidiendo con la votación que aprobó los presupuestos para 2013, que incluye las mayores subidas de impuestos en la historia del país para cumplir con el objetivo de déficit pactados con Bruselas. Anoche se pudo ver, en Madrid, la manifestación con la que el sector sanitario puso fin a la huelga convocada contra los planes privatizadores del Gobierno regional, punto y seguido a las movilizaciones contra buena parte del paquete de medidas aprobadas por el Ejecutivo de Rajoy.

Son señales que indican que una parte de la ciudadanía ha asumido el abandono del mito de la Europa de los pueblos, sacrificado en aras de la Europa de la banca y de las grandes corporaciones, dos de los sectores que vienen marcando las políticas económicas ejecutadas por los gobiernos de la UE, al margen de la adscripción ideológica. Ante esta situación sólo queda la recuperación de la política como eje central del funcionamiento de nuestras sociedades, aunque nadie parezca dispuesto a asumir el reto.

Acerca de llegalaultima

Politóloga y periodista en transición
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Una respuesta a ¿Qué proyecto europeo?

  1. Desde luego, el proyecto de europeo tiene más bien poco. Países ricos a ver qué más le sacan a los pobres y éstos a ver cómo hacen para volver a vivir bien del dinero público

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