Caso práctico sobre la mayoría silenciosa

Autor: Olmo Calvo

Esta fotografía fue tomada la noche del 14 de noviembre, tras la multitudinaria manifestación que se celebró en el centro de Madrid como colofón a la huelga general, la segunda convocada en un año contra el Gobierno de Rajoy, que el próximo día 20 cumple un año desde su elección.

La fotografía es la representación perfecta del país que se presenta al mundo, un país que, en la vertiente más política, se presenta dividido entre una parte de ciudadadanía movilizada y otra parte que no lo ha hecho, bien porque entiende que no hay motivo para hacerlo, bien porque entiende que el coste de la movilización es mayor que el que se obtiene ante la parálisis. La indiferencia de uno de los clientes, que consume dentro del bar mientras se percibe la quema de mobiliario urbano en las calles del centro de Madrid, explica perfectamente por qué hemos llegado a la situación actual y por qué el choque de realidad está siendo tan fuerte para buena parte de la ciudadanía, despojada de su condición de clase media a pasos agigantados.

La división de la sociedad entre buenos y malos no es nueva. No hace falta remontarnos a la Guerra Civil para hablar de las dos Españas (o las tres si seguimos a Paul Preston). En su segunda legislatura, José María Aznar clamó contra “los que ladran su rencor por las esquinas”, es decir, aquella ciudadanía que entendía que había motivos para movilizarse contra una reforma laboral plasmada en lo que se conoció como el “decretazo”, contra la gestión política del Prestige, contra la decisión del Ejecutivo -apoyado por los diputados del PP en el Congreso- de secundar la guerra de Irak a pesar de que, según los sondeos, el 90% de la ciudadanía estaba en contra, o, tras el 11-M, por la evidente manipulación del atentado por parte de un Gobierno que estaba pensando en que cuatro días después se celebraban elecciones generales.

Esta misma lógica es la que, parece, mueve las declaraciones de buena parte del Gobierno y de sus terminales mediáticas. El 26 de septiembre, Mariano Rajoy, desde Nueva York, valoró de esta forma la situación que se vivió la noche del 25 de septiembre, en Madrid, a propósito de la convocatoria para rodear el Congreso.

“Permítame hacer un reconocimiento a la mayoría de españoles que no se manifiesta, que no sale en las portadas de la prensa, y que no abre los telediarios. No se les ve. Pero están ahí. Son la inmensa mayoría de los 47 millones de personas que viven en España”.

La noche acabó con cargas policiales en la estación a Atocha, filmada por cámaras freelance, y se rebotaron a través de Youtube. El Ministerio del Interior, que en todo momentó definió la actuación policial de “proporcionada” abrió una investigación interna de la que aún no se conocen los resultados. El presidente del Gobierno no rectificó su invitación a que la ciudadanía forme parte de la mayoría silenciosa, esa que sólo se pronuncia cuando es convocada a acudir a las urnas o a secundar la causa política que el PP considere oportuna, sea ésta la excarcelación de De Juana Chaos, la Ley del matrimonio gay, la asignatura Educación para la ciudadanía, la venta de Navarra a los terroristas (sic), o la negativa a devolver los papeles de la Generalitat a Cataluña en cumplimiento de la Ley de Memoria histórica.

Esos días, desde los medios más críticos con Rajoy, se puso en duda las raíces democráticas de un presidente del Gobierno, más preocupado por el impacto exterior que pueda suponer el libre ejercicio de derechos democráticos -los de la libertad de opinión, expresión y manifestación forman parte de la llamada primera generación de derechos políticos-, sobre todo si se tiene en cuenta ratios tan llamativas como la tasa de desempleo (más del 25%, según la última EPA), las dudas sobre la solvencia de buena parte del sistema financiero español (que motivó el rescate a la banca solicitado el pasado mes de junio), una caída del PIB que no hace sino avanzar, la exposición de la banca a la burbuja inmobiliaria, con derivadas tan tremendas como las que vivimos estas últimas semanas a propósito de los desahucios provocados por la concesión de hipotecas basura, o la evidencia de que España ha renunciado a su papel de socio privilegiado de América Latina, en gran medida gracias al trabajo de las empresas españolas asentadas en estos países, con contrados basados en privatizaciones que beneficiaron a grupos afines al gobierno de turno y no a las respectivas ciudadanías.

Como en Italia, donde se colocó un tecnócrata tras la dimisión de Silvio Berlusconi, o en Grecia, donde se eligió un técnico que convocó elecciones, que tuvieron que repetirse un mes después en mitad de presiones por parte de la UE para evitar la elección de Syriza, parece que el Gobierno tiene asimilada la idea de que ejercer derechos democráticos es un problema. En Italia, España, Portugal y Grecia prima la visión estrecha de la democracia como procedimiento (en tanto que celebración de elecciones) y la partitocracia clásica como la única forma de participación política, que se entiende como peligrosa cuando la ciudadanía comienza a organizarse al margen de las estructuras tradicionales.

En el post sobre las manifestaciones celebradas el 14N en España pusimos el acento en la consideración excepcional de los medios conservadores,  sobre todo si se compara con el de los países cercanos, que llevaron en portada, sin excepción, las manifestaciones -y los incidentes- registrados en sus respectivos países durante la huelga general europea [Ver post: http://cort.as/2uLT].

En España no fue así. Las terminales mediáticas afines al Gobierno parecen haberse contagiado de las bondades de la mayoría silenciosa, de manera que los mismos medios que en su día jalearon las manifestaciones contra el Ejecutivo de Rodríguez Zapatero, arremeten contra las organizaciones que hasta el momento han representado a la gran mayoría de trabajadores, puesto que la gran mayoría de asalariados tienen regulada su relación con la empresa para la que trabajan a través de convenios laborales que, aunque sorprenda, negocian las organizaciones sindicales contra las que parte de ellos arremeten.

Estos medios adoptaron varias estrategias:

  • Los días previos al 14N, adoptaron un discurso antisindical que ponía el acento en los rasgos personales de los principales responsables de UGT y CCOO (con portadas en las que pretendían denunciar que contraten viajes en crucero en su vida privada, que lleven relojes que estos medios no consideran dignos de un representante de los trabajadores o que tomen cañas después de la manifestación del 1º de Mayo)
  • Luego tacharon de radical y antisistema toda organización social que consideraron que iba contra el PP o el sistema parecido (recordemos las portadas dedicadas al 15M en todas sus acciones
  • Apropiarse de causas de movimientos sociales (como la de los desahucios) cuando el PP la comenzó a asumir como propia.

De un tiempo a esta parte, han optado por silenciar la realidad que no les agrada. Ocurrió con la muerte de Santiago Carrillo, la proclamación de Palestina como Estado observador en la Asamblea General de la ONU y con las multitudinarias manifestaciones que el 14N se celebraron en un centenar de ciudades españolas. En todas hubo un común denominador: hubo mucha gente, y esa sensación fue la misma en ciudades como Santander, A Coruña o Valladolid, todas en la que cuesta conseguir movilizar a la ciudadanía.

Esta realidad no existió para ABC y La Razón, y sólo fue mencionada en un sumario por parte de El Mundo, periódico que un día se presentó con el compromiso de contar la realidad y que hoy parece seguir la senda de los demás medios conservadores:

Sin embargo, la sorpresa llegó cuando los mismos medios que ignoraron las manifestaciones ligieron para sus portadas los disturbios registrados en Barcelona, lanzando de paso dos mensajes: sólo hubo incidentes en la Ciudad Condal (no se menciona los altercados de Madrid por ningún lado, a pesar de que hubo más detenidos y heridos) y, de nuevo les permitía entrar en la campaña electoral de las autonómicas catalanas contra el Govern (de CiU) a propósito de la quema de vehículos de la policía nacional estacionados ante la Jefatura superior de policía:

La línea editorial de estos medios, desde hace meses, hace pensar en la realidad paralela que interpretan para sus lectores únicos y también en la posibilidad de que los tres periódicos fusionen sus cabeceras, dado el nivel de coincidencia de los últimos tiempos, que seguramente es del agrado del Gobierno.

Acerca de llegalaultima

Politóloga y periodista en transición
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