Rajoy, cómodo en el papel de antilíder

Luis Arroyo, en El poder político en escena, cita los rasgos que, según Karl Rove, asesor de George Bush, deben tener los candidatos políticos para convencer: solvencia, confianza y empatía. Estas tres dimensiones surgen de responder afirmativamente a tres cuestiones: ¿es un líder fuerte, puedo fiarme de él y se preocupa de la gente como yo?

Mariano Rajoy llegó a La Moncloa tras construir una imagen de hombre de la calle, de provincias, normal, depositario del “sentido común” general que le permitía hacer afirmaciones aparentemente demoledoras y que había llegado a la política casi por casualiad, a pesar de que lleva desempeñando cargos públicos durante los últimos 30 años. En los ambientes más informados, se difundían anécdotas de un liderazgo construido a base de estar cerca del poder, sin molestar, sin tomar iniciativas pero con una paciencia infinita para conseguir sus objetivos a base del cansacio ajeno. Como José María Aznar o Artur Mas, consiguió ganar las elecciones a la tercera, aunque, a diferencia de los líderes mencionados, Rajoy siempre dio la impresión de que prefería pasar la tarde viendo un partido de fútbol o una competición ciclista y no colgado al teléfono para resolver los problemas del país.

Ayer dio su primera rueda de prensa en solitario desde el pasado mes de agosto y, quizás contagiado por las estrategias de comunicación de la Administración Obama, prefirió enfrentarse a la prensa en el Salón de Tapices, con la misma escenografía que empleó el pasado mes de junio para anunciar que España pediría el rescate financiero a la UE antes de interrumpir la ronda de preguntas porque tenía previsto acudir al partido de inauguración de España en la Eurocopa de fútbol [Ver post en el siguiente enlace: http://cort.as/31G_]

Entonces le llovieron críticas dentro y fuera de España por restar importancia a un problema que el presidente del Gobierno daba por resuelto y por preferir acudir a Polonia en lugar de ponerse al frente del ataque exterior contra la economía española más fuerte hasta el momento. Quizás por este motivo, en esta ocasión se mostró prudente en sus afirmaciones, incluso excediéndose en el tono depresivo que, parece, acompaña los designios del país. Optó por la renuncia a liderar el país, mediante la apelación constante al “nosotros”, como comunidad nacional, y al uso reiterado de la declaración de intenciones en lugar de la acción, añadiendo así más razones a por qué aparece como uno de los líderes peor valorados en las encuestas.

Señala Arroyo que “cuando existe un enemigo externo visible al que combatir, los ciudadanos conceden un crédito especial a sus líderes, reflejan en ellos sus deseos de victoria y, en consecuencia son más generosos a la hora de aprobar su gestión” [op. cit. p. 206]. Lo que vimos ayer explica por qué esta máxima no se cumple cuando nos referimos a Mariano Rajoy y, en buena medida, a la mayoría de líderes políticos españoles.

Puesta en escena

Rajoy es un hombre alto. De ahí que, en general, prefiera comparecer ante los medios -y, a través de ellos, a la ciudadanía- de pie, con el único apoyo del atril en el que apoya los folios que lee. No parece dejar nada a la improvisación, algo que se hace evidente cuando realiza discursos o intervenciones en el Congreso de los Diputados. En este caso, se optó por una declaración institucional y por una ronda de preguntas posterior, una mezcla en los modos algo extraña y que comienza a ser una costumbre en el presidente del Gobierno.

Su vestimenta no dejó espacio a la imaginación: como es habitual, vestía traje gris marengo, con una corbata de color gris claro, muy sobria, sobre camisa blanca. El pelo, perfectamente tintado -a pesar de que insiste en que el color de su pelo es natural, como natural debe ser que aparezcan y desaparezcan las canas-, con las gafas que lleva en los últimos tiempos. En esta ocasión se cuidó el maquillaje -de manera que no parecía demacrado-, con un buen control de los brillos. A diferencia de alguna de sus últimas intervenciones -como la declaración en el Congreso de los Diputados el día que se conmemoró el refrendo de la Constitución española-, su aspecto ofrecía pulcritud.

En cuanto a las formas, es habitual que Rajoy evite mirar a las cámaras. A diferencia de otros mandatarios -desde Hollande a Obama-, el presidente del Gobierno español no se caracteriza por tener una gran oratoria, de manera que constantemente lee los papeles en los que figura el discurso que quiere transmitir. Eso provoca que apenas mire a las cámaras, por lo que termina ignorando el objetivo último de una comparecencia de este tipo: dirigirse a la ciudadanía para transmitir un mensaje (especialmente de confianza).

Esta situación podría ahorrarse instalando un autocue -aparato que acompaña a Obama en todas sus comparecencias públicas- y nos extraña que ni siquiera se haya intentado pulir este aspecto, que va en contra de la imagen de cualquier político y que se hace aun más evidente en un político que carezca de carisma, como ocurre en este caso.

Contenido del discurso

  • A pesar de lo prometido durante el Debate de investidura, y acorde a la estrategia del PP durante este último año, Rajoy apeló a la herencia recibida para justificar las decisiones gubernamentales: “Las cosas han sido más difíciles de lo que esperábamos. Nunca imaginamos que encontraríamos semejante deterioro en las cuentas públicas, con una desviación en el cumplimiento del objetivo del déficit del 50%. La necesidad de corregir esa desviación extra unida a la recesión en la que había entrado la economía a partir de la segunda mitad de 2011 nos obligaron a realizar ajustes en los ingresos y también en los gastos para compensar ese desequilibrio adicional de 30.000 millones de euros”
  • Admitió que ha puesto en marcha medidas que gozan de escasa simpatía ciudadana: “Lo hemos hecho con medidas dolorosas pero hemos intentado ser equitativos”, para lo que citó el incremento IRPF de los que más ganan, reducción en el impuesto de sociedades, el aumento de impuestos especiales y la reducción del gasto de ministerios en un 25%. Hemos sentado las bases para que no se vuelva a producir con la aprobación de la Ley de estabilidad presupuestaria y estabilidad financiera  (consecuencia de la reforma de la CE)
  • “Junto a esas medidas de emergencia, iniciamos la más ambiciosa e intensa agenda de reformas que se haya emprendido en España en los últimos años”; citó la reforma del sector financiero y la reforma laboral, que sientan, en su opinión, “las bases para un crecimiento estable y sostenible de nuestra economía en el futuro”.
  • Habló de las reformas emprendidas en sanidad y educación para “mantener los pilares fundamentes del Estado de Bienestar”: “somos conscientes de que le hemos pedido un esfuerzo muy grande a los españoles pero era absolutamente imprescindible si queríamos continuar con un sistema público, universal y de calidad en el ámbito sanitario y educativo”.
  • Rajoy volvió a defender la austeridad y las reformas como los “ingredientes de una política cuyo único objetivo es que pueda crecer para crear empleo cuanto antes”.
  • Como la realidad es tozuda, volvió a asumir que se equivocó en sus pronósticos de que una victoria del PP llevaría aparejada confianza y el inicio del fin de la crisis, se refirió de manera sucinta al coste en su gestión y volvió a apelar a lo inevitable: “Sabemos que esas políticas no producen efectos instantáneos; sabemos que mucha gente está impaciente, son ya cinco  años de la más larga e intensa crisis económica que haya padecido nuestro país en las últimas décadas. Sabemos que mucha gente se está dejando llevar por el escepticismo, cuando no por la desesperanza. Sabemos que mucha gente se siente decepcionada por la falta de resultados. Comprendemos la impaciencia y el escepticismo y hasta la decepción pero estamos haciendo lo que es necesario e inevitable hacer. Si no lo hubiéramos hecho, tengan la seguridad de que España y los españoles estaríamos en una situación muchísimo peor”.
  • En septiembre, Rajoy apeló a la “mayoría silenciosa” para criticar convocatorias como la de Rodea el Congreso. Ayer, volvió a referirse a la ciudadanía que no sale a la calle a manifestarse contra las medidas del Gobierno: “Tengo que hacer un elogio de la sociedad española, de la forma en la que mayoritariamente se enfrenta y acepta los sacrificios, de la moderación que muestra la inmensa mayoría, de su voluntad de mantener el espíritu de cohesión y solidaridad en las dificultades”. Dentro de ese reconocimiento, hizo una mención especial a funcionarios públicos y pensionistas.
  • Ante el contexto de crisis actual, aseguró que sus políticas están dando frutos en la reducción del déficit, en la mejora de la balanza de la cuenta corriente, en la menor destrucción de empleo privado y en la recuperación de la confianza. En positivo, citó: las  empresas punteras, el desendeudamiento financiero de empresas y familias, más competitividad y estamos exportando más y diversificando fortalezas exportadores. “Ahora necesitamos más que nunca creer en nosotros mismos y transmitir esa confianza en los demás”.
  • El mismo dirigente que responsabilizó a Zapatero de ser el responsable de la crisis, intentó enmarcar ayer su acción de gobierno en el contexto internacional: “Es preciso integrar la realidad convulsa que nos ha venido de fuera (crisis financiera y monetaria en el área euro)”. No obstante, apuntó cambios en la UE: “aunque el ritmo de evolución no sea particularmente ágil, lo cierto es que nuestras posiciones en cuanto a gobernanza, unión bancaria y convergencia fiscal se está imponiendo en la Unión (…) Europa ha avanzado desde un discurso en el que solo se hablaba de medidas de recortes a otro en el que se habla de una mayor integración”.
  • Durante el mes de junio, aseguró que la crisis bancaria estaba resuelta con la petición del rescate a la UE. Los meses posteriores se confirmó lo que supone que el país esté intervenido de facto por la Troika (aunque el FMI disimule) en términos macroeconómicos. Por este motivo, quizás, Rajoy dibujó un panorama negro para el futuro: “No hay que engañarse ni intentar engañar a los españoles. Tenemos por delante un año muy duro, especialmente en su primera mitad, y tenemos que perseverar en las reformas que hemos emprendido. La economía española seguirá en recesión algún tiempo, aunque esperamos que empiece a mejorar en la segunda mitad de 2013 / No estamos donde quisiéramos estar, pero gracias a la corrección del rumbo, a los sacrificios realizados, no nos vemos obligados a enfrentarnos a otros mayores”.
  • Ante la evidencia de la palabra incumplida, Rajoy dejó abierta la puerta a futuros cambios en función de las circunstancias: “Creo en España y en su futuro y que mi conducta se va a acomodar a lo que sirva mejor a los intereses generales”. Quizás por este motivo, también, apeló a la comprensión y la solidaridad de los españoles: “Asumo que a los españoles lo que les importa son los resultados, el bienestar, las señales de que vamos por el buen camino. Por eso no voy a pedir paciencia, porque ya los españoles han tenido mucha. Tampoco confianza ciega, porque creo que los políticos nos debemos al escrutinio diario de lo que hacemos. Pido, eso sí, comprensión y solidaridad, Comprensión con la necesidad de aplicar unas medidas que a nadie gustan pero son imprescindibles si queremos superar esta situación; solidaridad para a entender que todos tenemos que aportar algo del sacrificio común para remontar nuestras problemas”.
  • Referencia indirecta a Cataluña: “Tenemos que evitar todo lo que nos distrae de los grandes objetivos de la salida de la crisis y la creación de empleo (…). Toda nuestra energía debería centrarse en aquello que nos une, que nos hace más fuertes y que nos permite sortear juntos las dificultades. Como presidente constitucional de este gran país que es el nuestro debo dejar claro que conozco las responsabilidades que he asumido, las lealtades a que me debo y el papel que me incumbe en la defensa de nuestra CE. Y no me desviaré de ninguna de ellas, mantengo tendida la mano al consenso y a las reformas acordadas, siempre en el marco que delimita la CE”.

 Lo que el balance de Rajoy esconde

  • El presidente del Gobierno renunció a liderar el país. Durante toda su intervención, habló de “nosotros”, en plural mayestático, desdibujando su figura en un compendio de personas que toman decisiones que afectan a la mayoría, que permanece silenciosa, a la que apela para demandar comprensión.
  • Mencionó expresamente a pensionistas y funcionarios públicos como dos colectivos en los que el PP tiene una importante remesa de votos y que hoy tienen motivos para estar descontentos con su labor de Gobierno. Por otra parte, ignoró a los seis millones de parados (sólo tuvo una referencia lateral a los jóvenes, imaginamos que ante la evidencia del paro juvenil y por el hecho de que están abandonando el país que les niega oportunidades de todo tipo: profesionales, laborales y, gracias al Gobierno, educativas). Tampoco se refirió a los miles de ciudadanos que, legítimamente, salen a la calle para denunciar incumplimientos de su programa electoral o pérdida de derechos con la excusa de la crisis.
  • Rajoy tampoco se refirió a los partidos políticos y a los agentes sociales, en una nueva muestra de renuncia a comandar un pacto de Estado contra la crisis. La mayoría absoluta parlamentaria de la que goza y la ausencia de citas electorales le permite una actitud que, al parecer, sólo se ve alterada por el desafío soberanista catalán, al que dirigió su mensaje sobre la “lealtad recíproca” y el respeto a las leyes y la Constitución. En el turno de preguntas, aceptó recibir a Artur Mas en La Moncloa cuando el presidente de la Generalitat lo estime oportuno.
  • El presidente del Gobierno defendió la agenda reformista de su gobierno, atribuyéndose el mérito de la aprobación de la Ley de Estabilidad presupuestaria, resultado de la reforma constitucional pactada con el PSOE en agosto de 2011. También se refirió a la defensa que España ha hecho de la necesidad de acompañar las medidas de austeridad con otras de crecimiento y de mayor integración bancaria, sin reconocer que éstos fueron los argumentos que usó, por ejemplo, Rubalcaba, en la campaña electoral de las últimas generales y que Rajoy menospreció entonces.
  • En cuanto a la reforma laboral, es un sarcasmo que Rajoy defienda la importancia de una norma que ha provocado el despido de 800.000 personas y que ha supuesto un recorte de derechos para todos los asalariados del país. El despido nunca fue un problema en España, como pone de manifiesto la tasa permanente de desempleo (8% en el momento de mayor bonanza económica).
  • Rajoy trató de poner en positivo algunas de las medidas adoptadas. Por supuesto, no hizo mención alguna a la subida generalizada del IVA (a todos por igual, al margen de su renta); el aumento de tasas en universidades y burocracia (sin tener en cuenta la renta); el tasazo (que tampoco tiene en cuenta las diferencias en cuanto a los ingresos); la amnistía fiscal (para premiar a los defraudadores con el argumento de que las arcas públicas capten más dinero); los repagos instaurados; y que el recorte en el gasto de los ministerios se ha traducido, en la práctica, en recortes de gasto social (en Sanidad y Educación), parálisis de la inversión pública (en departamentos como Fomento, medida por la que el Estado renuncia a intervenir en la economía); ayuda a empresas privadas de peaje (a las que se rescata por la mala situación e su economía); o el rescate a los bancos, que ni siquiera fue argumento referido
  • El hecho de que valore como hechos positivos la reducción del déficit (sin contar con los efectos que está causando), la mejora de la balanza de la cuenta corriente,  la menor destrucción de empleo privado y la recuperación de la confianza basta por sí solo para determinar el fracaso económico del Ejecutivo en estos primeros años. En el turno de preguntas, aseguró que, si no se hubieran adoptado estas medidas, el déficit hubiera llegado al 11%. Cuestión de fe.
  • Hizo mención a la sanidad y educación públicas como pilares del Estado de bienestar, y defendió las reformas como garantía de futuro un sistema público, universal y de calidad. O bien Rajoy no sabe lo que está poniendo en marcha o bien miente: la sanidad ya no es universal (quedan excluidos inmigrantes “sin papeles” y españoles que no hayan cotizado a la Seguridad social, condenados a acudir a urgencias en el caso de enfermedad) y tampoco es de recibo que se venda la tesis de que se garantizará la calidad y su servicio público cuando se está dejando mano libre a la privatización de la gestión -por lo que en unos años podríamos tener la misma lógica que se aplica a la salvación de autopistas de peaje: no es rentable, por lo que se aumenta el precio y/o se devuelve la gestión al Estado, como ocurrió en Reino Unido-.
  • En el caso de la educación, sería interesante comprobar qué entiende Rajoy por calidad cuando las clases vuelven a estar abarrotados de alumnos por falta de profesores o cuando los estudiantes se quedan sin poder cubrir asignaturas cuando el profesor titular está de baja por los recortes en la plantilla de interinos y profesores sustitutos. Dejamos a un margen, por supuesto, las tesis recentralizadoras y españolizantes impulsadas por el Ministerio de Educación, así como la ideología que transita en la eliminación de la asignatura Educación para la Ciudadanía y la vuelta de la religión computable a las aulas. Si el PSOE no se atrevió nunca, no se puede demandar a Rajoy que promueva la desaparición de la educación concertada, aunque el fondo del debate siga estando presente.
  • El presidente dijo no pedir fe ciega ni paciencia, al tiempo que señaló que la acción de su gobierno está sometida al escrutinio público. Si relacionamos este hecho con los “brotes verdes” que quiere ver para la segunda mitad de 2013 se confirma que es precisamente lo que demanda el presidente de Gobierno: fe en el que sus reformas darán resultado a medio y largo plazo y confianza en que sabe lo que hace, a pesar de que nos hemos hartado de contemplar improvisaciones, rectificaciones y disparidad de argumentos. La última muestra de este tipo ha llegado esta mañana, con el BOE: hoy salió la norma que regulará el trabajo de los trabajadores públicos del Estado, con el calendario de vacaciones, horario, duración de la jornada, etc; y se constata que, a partir del 1 de enero, todos los funcionarios trabajarán por la tarde y que tienen restricciones en cuanto al reparto de su periodo de vacaciones. Lo mismo que apareció publicado hoy es la aplicación que el Ministerio de Hacienda rechazó hace una semana.

El balance de gobierno de este año se puede traducir, por lo tanto, en los siguientes aspectos: Rajoy no quiere ser el líder que el país necesita; asume como rasgo de su personalidad que no tiene capacidad de decisión, puesto que todo le viene impuesto desde fuera (de ahí su mención a la inevitabilidad de su agenda), por lo que asume el papel de gobierno tecnócrata, aunque sea con el respaldo de las urnas; confirma que la comunicación no es lo suyo; certifica que España afrontará en 2013 su sexto año de crisis, con un entorno de recesión económica y una cifra de parados que, simplemente, parece no ser motivo de preocupación para este Ejecutivo; dibuja un panorama de país depresivo que sólo invita a pedir unidad para ganar en confianza y en la creencia de que España saldrá de ésta.

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Acerca de llegalaultima

Politóloga y periodista en transición
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