La SER se apunta a la campaña para la abdicación del Rey

Ayer se conoció que Carlos García Revenga, secretario de las infantas Cristina y Elena desde hace 20 años, fue imputado por el ‘caso Noos’. El juez Castro le citó a declarar el próximo 23 de febrero para responder sobre el “cargo y funciones que desempeñó en el Instituto Nóos o cualquiera de las entidades mercantiles que conformaban el entramado”. La imputación llega días después de que se hicieran públicos unos correos electrónicos en los que Iñaki Urdangarin indicaba a García Revenga dónde debía ingresar los ingresos correspondientes a los honorarios procedentes de Zarzuela de su esposa.

La reacción de la Casa Real, que advirtió de que no se pronunciarían sobre la citación de García Revenga hasta tener acceso a la providencia dictada por el titular del Juzgado de Instrucción número 3 de Palma, muestra su escasa cintura para hacer frente a un caso que el Jefe del Estado conocía, al menos, desde 2008, cuando pidió a su yerno que abandonara su trabajo al frente del Instituto Noos, tras buscarle un retiro dorado en Washington, en la nómina de Telefónica.

Se confirma, así, que la institución sigue en su particular annus horribilis, que arrancó en 2009, con la separación de la infanta Elena y de Jaime de Marichalar, con hitos como los vividos en la imputación de Urdangarin, el conocimiento del viaje del Rey a Botsuana, mientras la economía española estaba en el punto de mira a los especuladores internacionales, y la publicación, en la prensa internacional, del patrimonio personal de Juan Carlos I, fortuna conseguida desde su acceso a la Jefatura del Estado, propiciada por el dictador Francisco Franco y refrendado por la ciudadanía española por la puerta de atrás, con la aprobación de la Constitución española de 1978.

Quizás el origen de su nombramiento explique la debilidad de una legitimidad que nace de su condición de aristócrata y permita entender por qué la arquitectura institucional surgida de la Transición se ha construido para proteger su figura, cimentada en el carisma personal ganado durante la noche del 23F de 1981, con su intervención ante el intento de golpe de Estado. Su comparecencia pública motivó que una buena parte de la ciudadanía se definiera, hasta no hace mucho, como juancarlista y no como monárquica, como indican los sondeos hasta otoño de 2011, cuando, de acuerdo con el barómetro del CIS, la monarquía suspendió en el nivel de aprobación ciudadana.

El peso del Rey, en las relaciones exteriores de España, sobre todo cuando a los sucesivos gobiernos les interesó mantener los tradicionales vínculos diplomáticos con América Latina y el mundo árabe, le situó como elemento central del sistema político, y desde entonces se resaltó su papel de moderador, basada en la supuesta neutralidad de la institución y como puente de entendimiento en la lucha partidaria diaria y ante las tensiones territoriales.

A cambio, se defendió una posición basada en la falta de transparencia e información sobre su actividad pública y privada (sobre todo en actos en los que esas fronteras se difuminan), con hipótesis de neutralidad que han saltado por los aires en los últimos años, cuando el Rey defendió públicamente a Rodríguez Zapatero como presidente del Gobierno y con declaraciones respaldando las reformas económicas impulsadas por el Ejecutivo de Rajoy, reformas que se traducen en recortes del Estado de bienestar.

Parece evidente, a estas alturas, que la crisis económica se ha traducido en una crisis política, social e institucional, con una ciudadanía que se cuestiona,de manera cada vez más abierta, la utilidad de una institución que, hasta nuevo aviso, ha trabajado para defender a presuntos corruptos, priorizando el vínculo familiar sobre los intereses de la Jefatura del Estado, al tiempo que ha puesto en evidencia prácticas conocidas pero no difundidas a nivel mediático.

Con este escenario, el Príncipe de Asturias, heredero al trono, cumple 45 años, pocos días después de conocerse que la reina de Holanda, de 75 años, ha decidido abdicar en su primogénito, por entender que es más capaz para hacer frente a los retos del futuro. Sorprendentemente, la noticia del cumpleaños del heredero al trono, en un entorno de medios caracterizados por una actitud servil ante la institución, se obvia en las portadas de la prensa de información general, sepultada por la imputación de García Revenga, situación a la que los periódicos dedican editoriales:

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No es ninguna novedad que, desde hace meses, existe una campaña que busca que Juan Carlos I abdique en su hijo, una vez activado el trabajo de relaciones públicas, centrado en: por un lado, resaltar la enorme formación del príncipe -no en vano, lleva 45 años dedicado a cultivar su futuro-; por otro lado, incidir en su conexión con la realidad social gracias a su boda con  la periodista Letizia Ortiz, quien le estaría dirigiendo para suplir su falta de carisma con un mejor conocimiento de las labores de comunicación, para conectar con las nuevas generaciones.

Esta campaña, iniciada en los rincones de la Villa y la Corte, fue explicitada por José Antonio Zarzalejos, ex director del medio monárquico por excelencia, ABC, y seguida por periódicos como El Mundo, uno de los diarios que más eco han hecho de la deriva judicial del llamado ‘caso Urdangarín’.

Ante el reparto de cartas, la actual dirección de ABC, La Razón y El País optaron, hace meses, por respaldar la institución y el legado del Rey, con editoriales como los que publicaron tras el accidente de Don Juan Carlos en Botsuana o el que lleva hoy mismo, a favor de la “institucionalización y la transparencia económica de la Casa del Rey”, que pasaría por “una tajante separación entre las funciones públicas de las personas de la misma y cualesquiera otras actividades o negocios privados habrían evitado la confusión que ahora rodea al secretario de las Infantas” [ver editorial completo de El País en el siguiente enlace: http://cort.as/3JHb]

De ahí que sorprenda el reparto de papeles que parece haberse producido en los medios del Grupo Prisa, como pone en evidencia la apertura, esta mañana, de Hoy por Hoy, programa estrella de la Cadena SER (4.5 millones de oyentes en 2012: ver datos en el siguiente enlace: http://cort.as/2Rto), 3.2 millones de oyentes según el último Estudio General de Medios:

Pepa Bueno: El príncipe de Asturias cumple 45 años. Quienes le conocen dicen que es prudente, reflexivo, que conoce bien la actualidad y que le gusta más escuchar que hablar, un hombre en plena madurez que tiene sobre sus hombros la difícil tarea de recomponer el prestigio de una institución, que paradójicamente no sabe cómo y de qué manera acabará heredando. Las encuestas dicen que ahora goza de más popularidad que su padre, y ya tiene mérito, porque él no ha podido brillar en momentos dramáticos y excepcionales, como sí hizo Don Juan Carlos, es decir, que esos índices de aceptación los ha ganado desde la sobriedad y la seriedad que se intuye en el segundo plano.

El rey, la familia real, la monarquía española, se enfrentan probablemente a su momento más delicado desde 1978; el inmenso capital acumulado por el Rey Juan Carlos en los años de la Transición, el respeto de ciudadanos y el celo de la clase política por preservar la estabilidad de una joven democracia sirvieron para obviar algunos excesos que se perdonaron con facilidad y fueron retrasando además la necesidad de regular legalmente y de dotar de profesionalidad y transparencia democrática a la Casa Real y su entorno.

Pero ahora estamos en el año 2013, en medio de una crisis que ha sacudido con crudeza a millones de ciudadanos y que ha sacudido también nuestras creencias y nuestra confianza en las instituciones. En este tiempo, la familia real ha sumado miembros, para los que no había estatuto, rodeados de un personal que no ha sabido advertir de los peligros o que no ha sido escuchado. Al frente de esto, un cabeza de familia pero también un jefe de Estado convencido de que se había ganado el derecho al descanso y bajó la guardia. Estalló el caso Urdangarin y se empezó a reaccionar, tarde y con una estrategia errática. No se ha cortado con el duque de Palma; se le ha calificado de poco ejemplar, se le ha retirado de la página web de la Casa Real, se le ha hecho el vacío, se le ha vuelto a incorporar a la estampa familiar, respuestas ante cada nuevo golpe de titular que no han abordado el fondo de la cuestión. Y en medio, la cacería de elefantes, fue un síntoma de desconexión con la realidad y el reflejo final de lo que había sido una época. Asistimos a la escena insólita del rey pidiendo perdón.

Juan Carlos I ha sido fundamental para este país, por su prestigio internacional, por su capacidad para moderar, tender puentes y cohesionar una España con muchas fuerzas centrifugas. Con sólo 37 años,  construyó, con la colaboración de todos los españoles, monárquicos y republicanos,  la monarquía parlamentaria más exitosa del siglo XX. Pero tanto el rey como su hijo necesitan ahora recuperar para la jefatura del Estado, que representa el uno y a la que aspira el otro, la conexión con la ciudadanía y necesitan también una arquitectura jurídica más solida, que defina reglas de juego y modele la institución en el siglo XXI”

El fondo de este discurso, en la agenda mediática desde la abdicación de la reina Beatriz de Holanda, fue explicitado, poco después, por Iñaki Gabilondo, que habló directamente de la necesidad de que el Rey sacrifique su reinado en beneficio de la monarquía, gesto para el que el periodista pidió premura:

Iñaki Gabilondo: Con la imputación de García Revenga y el incendio acercándose muy peligrosamente a la infanta Cristina,  el reinado de Don Juan Carlos se tambalea. No sabe cómo puede recuperarse. El tiempo no va a jugar a su favor; la secuencia judicial que se avecina en torno a Urdangarin va a ir agravando más y más las cosas y en la calle ya está en acción la despiadada picadora de carne de una opinión pública que está harta. Entiendo que el momento es muy malo; es tan malo que resulta casi instintivo descartar cualquier mudanza. Sin embargo, me temo que el rey está condenado a elegir entre su reinado y la monarquía. Desde mi punto de vista, su reinado ya no tiene porvenir; la monarquía sí puede tenerlo si no tarda en abrir un nuevo capítulo. Si don Juan Carlos es prudente ha de hacerse a un lado, como hizo su padre, don Juan, con el mismo dolor seguramente, y por las mismas razones, para dar a la institución una oportunidad de futuro que él ya no está en condiciones de garantizar. El gran afecto que aún le profesa la gran mayoría de los ciudadanos no debe engañarle porque ese afecto puede ser un gran activo para facilitar el relevo y para rodearlo de respeto pero no es suficiente para continuar. A partir de ahora, desde, mi punto de vista, el reinado de don Juan Carlos ya no tiene otra cosa mejor que hacer que planificar cuidadosamente su salida, sin demorarse mucho

El Grupo Prisa, pieza central del entramado institucional y mediático del país que salió de la Transición, opta así por un reparto de papeles entre sus altavoces para respaldar el legado de Juan Carlos I y, sobre todo, para iniciar el tránsito hacia el futuro de la monarquía. En cualquier caso, llama la atención que, a pesar de asumir el desgaste de la institución, en ningún momento se plantee la consulta a la ciudadanía para que, sin la presión militar de un golpe de Estado, decida qué forma de Estado prefiere.

 

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Acerca de llegalaultima

Politóloga y periodista en transición
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