¿Qué le pasa a España con América Latina?

La política exterior de España, por tradición, ha tenido dos ejes prioritarios: América Latina y el mundo árabe.  Entre las razones que lo explican está la posición de nuestro país a lo largo del siglo XIX, como potencia secundaria, desangrada aún por sus guerras coloniales, y, durante el siglo XX, por la elección de caballos perdedores. Ocurrió durante el primer tercio del siglo, en el que España se mantuvo neutral en el conflicto europeo; volvió a suceder con la II República y, tras la Segunda Guerra Mundial, debido al régimen franquista, a España no le quedó más remedio que volcarse en sus zonas de influencia tradicionales.

Durante las negociaciones para la adhesión de España a la CEE, Madrid pudo esgrimir su papel de puente con Iberoamérica, un mercado en pleno proceso de liberalización, fagocitada por las dictaduras militares que dominaron los distintos países a lo largo de la década de los años ’70 y ’80. La iniciativa de celebrar cumbres iberoamericanas anuales confirmó el papel que España quería desempeñar durante los gobiernos de Felipe González  -no olvidemos que también Barcelona fue sede de la Cumbre de Barcelona, que debería haber servido para unir las orillas de los tres continentes y que situaba a España como actor fundamental del proceso de paz en Oriente Medio-.

Durante la primera legislatura de José María Aznar, la situación comenzó a virar, algo que se potenció, sobre todo, a partir de su victoria en 2000. Esos años coincidieron con el ascenso al poder de líderes que plantearon una revisión de las relaciones bilaterales con la Madre Patria, en las que subyacía un sesgo neocolonialista que se nota, por ejemplo, en la forma en la que las empresas de titularidad españolas se asentaron en países de Centroamérica e Iberoamérica.

Aznar seleccionó a sus aliados, como el presidente de Colombia, Álvaro Uribe, modelo entonces de lo que Europa y EEUU querían para la zona y hoy en el punto de mira por su papel en la guerra sucia y sus conexiones con el narcotráfico y los paramilitares colombianos. Hugo Chávez emergió como su líder contrapuesto, motivo que llevó a tensar las relaciones entre España y ciertos países de América Latina, inicialmente los insertados en el ALBA pero también en Mercosur. El papel que el embajador español en Venezuela jugó en el golpe de Estado de 2002 contra Chávez terminó de hacer saltar por los aires unas relaciones que parecían interesar sólo desde el punto de vista empresarial.

Durante los gobiernos de Rodríguez Zapatero se retomaron las conversaciones aunque no se logró recuperar la relación privilegiada de España con América Latina como bloque. De fondo subyace cierta sensación de que los sucesivos gobiernos españoles no han tenido claro el papel de España, habida cuenta de que cada vez ocupamos un lugar más secundario en las relaciones internacionales, bien como país europeo, bien como país europeo que ha renunciado a su relación privilegiada con una buena parte del continente americano.

Con la victoria del PP, en 2011, comenzaron de nuevo las tensiones, auspiciadas por procesos de nacionalización en Argentina y Bolivia, con la presencia de un dirigente de Nuevas Generaciones del PP en Cuba, en labores de apoyo a la oposición no aclaradas y, tras las elecciones presidenciales de Venezuela,  con un nuevo conflicto diplomático. Caracas llamó a consultas a su embajador en Madrid en protesta por la reacción del ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel García Margallo, que, al ser preguntado por la estrecha diferencia de votos entre Nicolás Maduro y Henrique Capriles, asumió las tesis de éste último para pedir un recuento de votos que pusiera fin a la situación de interinidad que vive el país.  Esta fue la secuencia:

  • Valoración de García Margallo: “Hemos tomado nota de que va a haber un recuento oficial. Lo que deseamos que sea de la forma más rápida posible para que se cierre el periodo de interinidad” (15/04/13)
  • Caracas llama a consultas a su embajador en Madrid (15/04/13)
  • Valoración de Nicolás Maduro, proclamado presidente de Venezuela: “Cuidado España, que Venezuela es libre y el Gobierno de España se mete con el digno gobierno de Venezuela. Cuidado que sabremos defendernos. Respeten para que los respeten. Qué es eso de que va a salir un funcionario a declarar sobre Venezuela. Ustedes, que tienen el 25% de paro, que están quitando las casas a los trabajadores, que están sometiendo al país a un paquete neoliberal, que lleva al hambre y a la destrucción al pueblo español… no se metan con nosotros. Cuidado con Venezuela que derrotamos al Rey hace tiempo / Si no rectifican tomaremos medidas en orden políticos, diplomáticos, económicas para quien se meta con Venezuela” (15/04/13)
  • Valoración de García Margallo, tras reconocer a Maduro como presidente de Venezuela: “No, no voy a pedir disculpas. Lo que me ha sorprendido es la reacción, porque mis declaraciones de ayer eran declaraciones muy medidas // Y no hay nada que rectificar. Simplemente aclarar porque yo entiendo que la reacción venezolana se debe a una mala interpretación” (16/04/13)

Más allá de consideraciones, como la ausencia de respuesta oficial ante la situación de Venezuela tras los comicios, con ataques a medios prochavistas por parte de simpatizantes de Capriles que, según medios independientes -ninguno español-, se habrían saldado con la muerte de siete personas, todas simpatizantes de Maduro, la torpeza del departamento que dirige García Margallo es evidente:

  • Primero, por la debilidad que proyecta ante una amenaza como la que pronunció Maduro a propósito de las medidas económicas. La respuesta de Madrid, matizando de forma inmediata la primera valoración del resultado de las urnas, apunta a una dependencia entre el Estado y las empresas de titularidad española pero que son de gestión privada. Si, además, sumamos la petición que el Rey Juan Carlos hizo a los mandatarios iberoamericanos en la última reunión, celebrada en Cádiz, para que colaboraran con España y Portugal para que estos países salieran cuanto antes de la crisis, confirmamos que hay un cambio en las relaciones de poder y que éstas parecen no recaer precisamente en Madrid o Lisboa.
  • Segundo, reitera en el aparente desconocimiento hacia lo que ocurre en Venezuela -y en otros países-, lo que lleva a reaccionar tarde y mal. Recordemos que la gran mayoría de países de América Latina ha reconocido y felicitado la victoria de Maduro. Sólo EEUU y la UE siguen pidiendo informes antes de reconocer la victoria de Maduro. España, de forma voluntaria, se incluye en este trío renunciando, de nuevo, a jugar un papel central en las relaciones entre los bloques.
  • Tercero: El Gobierno del PP vuelve a implicarse en favor de un candidato y contra otro, repitiendo errores como los del golpe de Estado y los comicios presidenciales celebrados desde entonces. En una situación tan polarizada como la venezolana, los llamamientos deberían ser exactamente los contrarios, al margen de los deseos y afinidades ideológicas.  El Gobierno de España se embarca en el proyecto de Capriles, que, a día de hoy, se basa en cuestionar el resultado de las urnas y acusar a Maduro de ser un presidente ilegítimo, optando por la renuncia a construir una alternativa de gobernabilidad con vistas a convocar un referéndum revocatorio a la mitad del mandato de Maduro, dentro de tres años.

España debería comenzar a asumir su papel en el mundo, papel que empeora con meteduras de pata en el campo diplomático como las que hemos visto estos días. Si Madrid quiere retomar unas relaciones privilegiadas con América Latina, sobre todo porque parece que en la UE no tenemos nada que hacer, debería aprender a jugar con el estatus de árbitro.

En el caso de Venezuela, en lugar de cuestionar el resultado de las urnas -del que, hasta el momento, sólo muestran dudas Capriles, EEUU, la UE y los invitados internacionales a los comicios vinculados al PP- , debería haber contactado con el líder de la oposición venezolana y contarle qué ocurrió en España en 1993, cuando, tras la derrota electoral del PP, algunos plantearon impugnar el resultado porque no coincidía con los sondeos internos que Génova manejaba. Ya sabemos lo que pasó: finalmente se aceptó el resultado y en 1996 Aznar se convirtió en presidente del Gobierno.

Será difícil, pero las autoridades deberían entender, de una vez, que ni por trayectoria ni por interés nos conviene imitar qué entiende EEUU por política exterior en lo que denomina patio trasero y que, en la práctica, se traduce en la injerencia directa en los asuntos internos de los países de su zona de influencia.

Acerca de llegalaultima

Politóloga y periodista en transición
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