Brasil: Acaba la Copa pero sigue #OGiganteAcordou

Conscientes de que el fútbol ha puesto Brasil, y sus problemas, en el centro de la agenda mundial, los manifestantes aglutinados en el Movimento Passe Livre han aprovechado la oportunidad de la que hablan los teóricos de los movimientos sociales para exhibir músculo.

Si en otros países ha ayudado -y ayuda- la reacción desde el poder, en Brasil precisamente las expectativas han terminado por dar alas a una protesta que se generalizó tras la respuesta policial tras las primeras marchas de Sâo Paulo y que, según el diario O Estado de São Paulo, ha registrado 353 manifestaciones en todo el país, 22 diarias.

Hace una semana, hablábamos de los intentos de la presidenta del país, Dilma Rousseff, por liderar la respuesta desde las instituciones a una protesta que va directamente a la base de las promesas incumplidas del Partido de los Trabajadores, que lidera, y que amenaza con hacer volar por los aires el legado que comenzó a construir Lula da Silva y que hoy es ampliamente cuestionado por la calle.

No obstante, tras las primeras reacciones, la duda se ha instalado en torno a la Asamblea constituyente y el plebiscito sobre la reforma del sistema político. Sea como fuere, la presidenta brasileña declinó presidir la final de la Copa Confederaciones, y eso a pesar de que el país anfitrión era uno de los equipos en liza. Recordemos que la visibilidad mundial de la protesta se alcanzó en la inauguración de la competición por la propia Rousseff, abucheada y silbada por buena parte de los asistentes, una muestra del descontento del país con sus mandatarios que, durante tres semanas, ha exhibido una enorme fortaleza en las calles.

Antes de que arrancara el encuentro, miles de personas se concentraron en torno al estadio Maracaná, sede de la final del torneo, para  protestar contra el “proceso de privatización y elitización de Maracaná”, contra el derribo de infraestructuras ya existentes para dejar espacio a las obras del Mundial de 2014 y la villa olímpica de los Juegos de Río 2016.

Según un sondeo de Datafolha difundido por el diario O Estado de Sâo Paulo, la popularidad de la presidenta del país habría caído del 57% al 30% desde comienzos del mes de junio, mientras que el porcentaje de brasileños que califican su gobierno de malo subió del 9 al 25%  mientras que la valoración de las expectativas sobre sobre su gestión económica se desplomó casi 20 puntos: del 49% al 27%.

La Copa Confederación acabó esta madrugada, pero quedan por delante tres citas internacionales, y unas elecciones generales, que pueden servir como escaparate para las reivindicaciones sociales y políticas que demandan más justicia social, un aumento del gasto social, menos corrupción y, en general, una vuelta de tuerca a las herramientas de participación democrática para ganar en horizontalidad, con formas de democracia directa:

  • Entre el  22 al 29 de julio Río de Janeiro será la sede de la Jornada Mundial de la Juventud, evento internacional, organizado por la Iglesia católica, que reúne jóvenes católicos de todo el mundo en una ciudad cada dos años. La anterior jornada se celebró en Madrid.
  • En 2014, el país acoge el Mundial de fútbol, cita deportiva para la que la Copa Confederación ha servido de antesala. A finales de año, además, se celebran las elecciones presidenciales, en las que Rousseff opta a la reelección como líder del PT.
  • En 2016, Río de Janeiro celebra los Juegos Olímpicos, cita que los países organizadores suelen aprovechar para ofrecer sus mejores galas al mundo, en un intento de recibir impulso internacional, aunque ese impulso termine siendo, a corto plazo, una rémora como le ocurrió a Grecia tras organizar los Juegos de Atenas 2000.

Si tenemos en cuenta que Brasil es ya la potencia regional latinoamericana, ya nos podemos hacer una idea de los intentos de las instituciones de apaciguar cualquier atisbo de evento alternativo que pudiera dañar la imagen que se pretende proyectar y que convivirá con una tensión de la vida política entre el PT, que tratará en 2014 se sumar 12 años de gobierno ininterrumpido al frente de Brasil, y de la oposición, que no ha intentado disimular el intento de usar las manifestaciones para desgastar políticamente el liderazgo de Rousseff.

Con estas cartas, a los manifestantes sólo les queda actuar con inteligencia y diseñar, en la medida de lo posible, una estrategia que se prolongue, al menos, hasta 2016, para lo que haría falta fijar objetivos claros sobre los que poder negociar y un trabajo de movilización para mantener la tensión en la calle, tareas que no son sencillas, como bien puede atestiguar el 15M español. Por el momento, tienen a su favor una parte de la simpatía de la ciudadanía [según Manuel Castells, el 75% de la ciudadanía apoya la protesta] y el temor de un Gobierno que teme perder a su base social por la izquierda.

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Acerca de llegalaultima

Politóloga y periodista en transición
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