Crisis como oportunidades de liderazgo

Es un hecho bastante reconocido que las crisis políticas permiten forjar grandes liderazgos. La leyenda de Winston Churchill arengando a los británicos mientras Londres era bombardeado por la aviación alemana durante la Segunda Guerra Mundial impregna las posibilidades de cualquier dirigente político con aspiraciones a liderar un país, el mundo libre (JFK en plena crisis de los misiles, George Bush tras la caída del Muro de Berlín o George W. Bush tras el 11-S) o garantizar la supervivencia capitalismo (Barak Obama y miembros destacados del G20 tras la caída de Lehman Brothers). En 2009, Hillary Clinton lo plasmó ante el Parlamento Europeo: “o dejes pasar la oportunidad de una buena crisis”.

En España, Adolfo Suárez entendió la defunción del régimen franquista en su base y lideró a una generación dispuesta a realizar la transición hacia un sistema democrático. Felipe González encabezó un país que se asentaba en la democracia parlamentaria y que preparaba su entrada en la escena mundial, sentando las bases del ‘milagro español’ que luego comandaría José María Aznar. José Luis Rodríguez Zapatero emergió como el alterego a las derivas autoritarias del presidente del Gobierno ‘popular’ durante su segundan legislatura, y su actitud ante la guerra de Irak o ante los atentados del 11M confirmó que, en las formas, era completamente diferente al entonces inquilino de la Moncloa.

Todos ellos quedaron en buena medida sepultados por  sus propias figuras, por sus virtudes y defectos, y sólo el tiempo situó a Suárez y a Felipe González como hombres de Estado, a Aznar como el hombre preocupado por España que, sin embargo, apenas destaca los rasgos positivos del país, y a Rodríguez Zapatero, seguramente el presidente del Gobierno que más se creyó que su cargo era temporal y que por encima de las personas figuran las instituciones.

Mariano Rajoy emergió como una rara avis en este panorama. Por un lado, su designación por parte de Aznar, privó a su liderazgo de rasgos como el mérito y el esfuerzo para ganar el cargo, refrendado en el Congreso de Valencia, tras perder unas elecciones que el PP creyó ganadas. Desde entonces, se ha cuestionado tanto su legitimidad como su capacidad para liderar al principal partido de centroderecha español, dudas que se amplificaron en 2008, tras perder de nuevo contra el superficial Rodríguez Zapatero.

Por otro, no se puede obviar la personalidad que proyecta el propio Rajoy: tranquilo, sin nada que le quite el sueño (como él mismo aseguró a propósito de la crisis), un hombre de provincias que conoce el sentido común y que resulta previsible, imagen que su equipo de campaña reforzó durante la precampaña de las generales de 2011. Esta imagen contrastaba con el Rajoy de la legislatura 2004-2008 y sembraba dudas sobre la verdadera personalidad del presidente del PP, dudas muy claras si se contraponía a Rodríguez Zapatero pero menos evidentes si su contrincante era Alfredo Pérez Rubalcaba.

La crisis económica sirvió de oportunidad para retomar un liderazgo cuestionado por los suyos y por buena parte de la sociedad, que optó por votar PP olvidándose de que era Mariano Rajoy el cabeza de lista de esa opción. Tras ganar las elecciones de 2011, tuvo la oportunidad de ser el Churchill español y de liderar la salida de la crisis. En lugar de eso, a partir del fiasco de las elecciones andaluzas, se puso en evidencia la capacidad de improvisación y su alergia a liderar al país mientras se abocaba al hundimiento y al rescate, con la extensión del eufemismo y la mentira como arma principal de la comunicación política del Gobierno, empeñada en esconder al presidente siempre que fuera posible.

Ya conocemos los resultados. A partir de enero de 2013, el liderazgo de Rajoy ha quedado seriamente tocado por el ‘caso Bárcenas’, el ex tesorero del PP que, consciente o no, ha unido su vida a la del presidente del Gobierno, alimentado por su tendencia a no dar la cara y evitar afrontar las crisis políticas y/o de comunicación de frente.

En mitad de su descrédito como líder del PP y como presidente del Gobierno, con la guinda del pleno extraordinario que se celebrará la próxima semana en el Congreso de los Diputados, a petición propia después de que el PSOE amagara con presentar una moción de censura, aparece una oportunidad para reafirmar su liderazgo: el accidente ferroviario de Santiago de Compostela, con 80 fallecidos y un centenar de heridos.

La reacción del Palacio de Moncloa inicial fue filtrar a las agencias y a los medios que Mariano Rajoy seguía con atención con lo que ocurría en Galicia, con tuits en la cuenta del presidente del Gobierno en la que mostraba su desolación. Sin embargo, un error de su equipo de Comunicación, al emitir un comunicado en el que mezcló el pésame por las víctimas de Santiago con las víctimas del terremoto de China, abrió la veda para que, de nuevo, el descrédito de su imagen subiera enteros.

No nos cansaremos de decirlo: la sociedad no es lo que se proyecta en Twitter y en Facebook pero sí sirve de termómetro para pulsar lo que una parte de la población piensa sobre el presidente del Ejecutivo. A través de ambas herramientas de comunicación se extendió la idea de falta de empatía al usar una plantilla y no un comunicado de pésame propio. Se habló de incapacidad de mostrar cercanía con las víctimas y se amplió la brecha entre la política institucional y la de la sociedad civil que, desde las primeras horas, colaboró para liberar los cuerpos de los amasijos de los trenes, para atenderlos y, cuando se reclamó, para donar sangre. Además, funcionarios despedidos tras los recortes emprendidos por la Administración central y gallega, acudieron como voluntarios a los hospitales para atender a los heridos o con bomberos que suspendían huelgas laborales propias.

Mariano Rajoy acudió el jueves por la mañana a Santiago de Compostela y, de nuevo, se optó en primer lugar por retratarle en actos ‘controlados’ con autoridades, personal laboral, fuerzas de seguridad, es decir, lo más alejado de la población normal y corriente para ahorrarle, quizás, un disgusto en forma de gritos de dimisión o silbidos de protesta como los que, por ejemplo, recibió el ministro de Educación en Mérida. Luego visitó a los familiares de las víctimas en los centros hospitalarios y decretó tres días de luto oficial.

Imaginemos por un momento lo que hubiera ocurrido si Rajoy hubiera tomado un avión anoche para trasladarse a Galicia y hubiera liderado las labores de emergencia, tanto en el sitio del accidente como en el traslado de los heridos a los hospitales cercanos. Imaginemos qué impacto hubiera tenido ver al presidente del Gobierno al lado de las víctimas físicamente, aprovechando sus orígenes gallegos, mostrando empatía con ellas.

La realidad es otra. Así, resulta muy difícil pensar en una recuperación de la imagen del presidente del Gobierno, sobre todo si tiene expectativas de volver a presentarse a las elecciones para ser reelegido. Al lado tiene, además, a un líder que sí entendió desde el inicio las implicaciones del accidente, por lo que se puso al frente del dispositivo, convirtiéndose en la voz oficial del siniestro. Hablamos de Alberto Núñez Feijoó, presidente de la Xunta, un candidato presidenciable desde anoche, que multiplicó sus comparecencias ante los medios de comunicación, en los que mantuvo la prudencia sin necesidad de mentir en el número de víctimas. A primera hora de esta mañana convocó a su equipo de gobierno y comunicó que Galicia inicia hoy siete días de luto oficial.

No es la primera vez que Núñez Feijoo emerge como líder político y se aparta, de paso, de la escuela de Rajoy de dejar que las crisis amainen. Lo demostró tras publicarse las fotografías con el narco Marcial Dorado y es uno de los pocos dirigentes en el PP capaz, de vez en cuando, de mostrar públicamente su disconformidad ante ideas como el ‘déficit a la carta’ o ante la gestión del ‘caso Bárcenas’, aun siendo consciente de que las ramificaciones del caso tienen su origen en el PP gallego.

Ha nacido un líder.

Acerca de llegalaultima

Politóloga y periodista en transición
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