Ricardo Ortega, presente

Hoy se cumplen diez años de la muerte de Ricardo Ortega en Puerto Príncipe (Haití). Lo recordamos bien porque ocurrió un domingo por la noche, en el último fin de semana de la campaña de las elecciones generales de 2004 que se celebrarían con el país en situación de shock. Cuatro días después de la muerte de Ricardo Ortega, se produjo en Madrid el mayor atentado sufrido por un país si exceptuamos el 11-S.

Sus compañeros le rinden homenaje  y también rememoran las causas de su muerte: “Había acudido allí para auxiliar a un colega norteamericano herido durante una manifestación contra el derrocado presidente, Jean Bertrand Aristide. Testigos presenciales aseguran que fueron los soldados norteamericanos, a quienes habían pedido ayuda para evacuar al herido, quienes dispararon contra ellos”:

Ricardo Ortega, durante muchos años corresponsal de Antena 3 en Moscú, puso sobre el mapa la guerra de Chechenia o la desaparición de la URSS en un tiempo en el que era muy difícil -y costoso- contrastar la información que vertían los medios de comunicación, que entonces sí que tenían garantizado el monopolio de decidir qué era o no noticia. Probablemente fuera uno de los profesionales que, con su conocimiento de la realidad que contaba, nos sirve de referencia para señalar el bajísimo nivel que, en general y salvo excepciones muy localizadas, demuestran los actuales periodistas que se encargan de la información internacional en los grandes medios, saturados de declaraciones oficiales y de relatos centrados en lo políticamente correcto.

Tras la muerte de Ricardo Ortega, Rafael Poch, veterano corresponsal de La Vanguardia, escribió:

“Gracias a los periodistas muertos, el público puede irse enterando de lo que es en realidad esta profesión. Un mundo de censura, autocensura, clientelismo y precariedad laboral”.

Seguramente, nadie imaginó que estas prácticas que ya se vislumbraban en 2004 fueran una realidad en aumento hoy con medios que sólo publican informaciones incómodas al poder (político y económico) cuando ya no se pueden ocultar o que, en tiempos de realidad simultánea, la información ya no sirve. De ahí que paguen  50 euros por crónica y fotografía en Siria o que tiren de periodistas freelance que, ante la precariedad existente, se limitan a desplazarse a los focos informativos calientes para vender su trabajo a los medios generalistas.

Soñemos un poco e imaginemos cómo contaría Ricardo Ortega la crisis ucraniana y comparémoslo con la cobertura generalizada que los grandes medios están proyectando.

CODA. No estaba previsto pero viene a colación un post necesario, firmado por Francesc Ràfols, a propósito de la cobertura legal de los ‘colaboradores’ freelance que el secuestro de Ricard Garcia Vilanova, en Siria, ha puesto en el foco.

Acerca de llegalaultima

Politóloga y periodista en transición
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