El mito de la Transición y sus rincones oscuros

El 23 de marzo falleció Adolfo Suárez, el primer presidente del Gobierno de la repuesta democracia representativa y pieza fundamental del mito fundacional sobre el que se asienta el régimen constitucional español: Tras una historia plagada de conflictos civiles y de sonadas golpistas contra el sistema establecido, la Transición se convirtió en el modelo exportable de que era posible pasar de una dictadura autoritaria a una monarquía constitucional sin que eso derivara en un conflicto civil. Y todo gracias al liderazgo de las dos piezas fundamentales del sistema: Adolfo Suárez como presidente del Ejecutivo y el Rey Juan Carlos.

Durante décadas, éste ha sido el relato de nuestro sistema fundacional, el origen de nuestro sistema político que debía hacernos sentir orgullosos, algo que en lo que se ha incidido durante estos días de revival de la Transición, con programas monográficos centrados en apuntalar la figura de Suárez como el hombre que hizo posible el cambio gracias a su capacidad para engañar a los suyos y para atraerse el voto de los contrarios.

Apenas hemos visto dosis de crítica para hablar de la generosidad de las fuerzas de la izquierda (sobre todo en la renuncia del marxismo leninismo como cauce de lucha y la bandera tricolor republicana como emblema de la II República) y de la ciudadanía, a la que casi se ha tratado como una masa amorfa sujeta al vaivén de los políticos.

En la hagiográfica sobre Adolfo Suárez (que ha salpicado incluso a su familia), apenas se ha hecho mención a la labor de los sindicatos de clase y en la responsabilidad que demostraron a pesar de los asesinatos de la extrema derecha (el más famoso, el de los abogados de Atocha) o al movimiento vecinal, al que la victoria del PSOE en 1982 llevó a las catacumbas por constituir un contrapeso a la oleada de optimismo ante la construcción del país que significaba que los hijos de los perdedores de la Guerra Civil arrasaran en unas elecciones.

De manera mayoritaria, hemos visto cómo los medios se han centrado en la figura de Adolfo Suárez, poniendo de relieve su magnetismo, su liderazgo y su saber hacer a pesar de sus constantes improvisaciones en un entorno de crisis económica profunda. Más de 30.000 personas pasaron por su capilla ardiente, emplazada en el Congreso de los Diputados, por las que pasaron las más altas instituciones del Estado -comenzando por el Rey- y que permitió ver cómo le rendían sus respetos ex ministros de la etapa de la UCD o el propio Artur Mas, presidente de la Generalitat, que le agradeció el reconocimiento del estatus a Cataluña como nación histórica.

La reescritura del relato de la Transición, que arrancó el 21 de marzo y que se mantuvo en la agenda mediática hasta su entierro en la catedral de Ávila, el día 25, sirvió como plataforma para demandar altura de miras a los representantes políticos, a los que se emplazó a fijarse en el liderazgo de Suárez como inspiración para proceder a los “grandes consensos” que necesita nuestro momento. Grandes consensos como, al parecer, no lo fueron:

  • La defensa de una única política económica desde la década de los años 80, bien en términos de “terceras vías”, bien en torno a las privatizaciones de servicios públicos que hoy deparan noticias como las que a diario genera la situación de la banca o de las eléctricas.
  • La manera de no cuestionar la aconfesionalidad del Estado a pesar del cambio de actitudes y de un crecimiento del secularismo mientras se sigue priorizando el catolicismo a través de la financiación directa o indirecta (vía educación concertada o cesión de derechos como el de la catedral/mézquita de Córdoba).
  • Los ejemplos de ceguera ante la crisis de representatividad ante nuestro sistema político y el alejamiento de la ciudadanía de la política institucional, sobre todo a raíz del impacto de la crisis económica y financiera en España.
  • La unanimidad en relación a la política exterior (salvo el matiz de la guerra de Irak en 2003 o la Alianza de las civilizaciones -que ahora el PP sigue financiando a pesar de su crítica feroz a su impulso-) y coincidencias en defensa.
  • La negativa de los partidos políticos a ceder parcelas de poder en aras de una mayor vinculación con la sociedad civil, lo que ha derivado en un cuestionamiento general de esta forma de hacer política que se confirma en altas tasas de abstención y de una fragmentación del voto en un país en el que lo habitual es un comportamiento electoral basada en la ejecución de mayorías que garanticen la gobernabilidad.
  • La adopción de liderazgos fuertes (a pesar de lo que parece, el de Rajoy lo es) a pesar de que sus líderes pasan por sus peores momentos. Con índices de aprobación que apenas superan los 2 puntos, se recuerda cómo Suárez dimitió con un índice de aprobación de 4.9 puntos
  • El acuerdo para modificar el art. 135 de la CE en agosto de 2011 para priorizar el pago de la deuda a cualquier otra política económica, en cumplimiento con la exigencia de Bruselas
  • El acuerdo entre las grandes fuerzas en torno  la Ley de partidos y la política antiterrorista, decisiones que explican, por sí solo, por qué Bildu es la segunda fuerza en Euskadi y Navarra.
  • El esperable acuerdo entre los grandes partidos para rechazar la consulta soberanista de Cataluña, aunque tras este punto de acuerdo se bifurcan las opiniones; el PSOE sigue apostando por reformar la CE desde una perspectiva federal y el PP insiste en, como mucho, hablar sobre financiación.

Tal y como se ha reescrito la biografía de Suárez durante la Transición, en la línea de “hizo lo que pudo en el peor momento posible; los suyos le dejaron solo; dimitió porque había perdido la confianza del Rey; mostró una gran generosidad yéndose por el bien de España, al tiempo que sugería intereses golpistas”, se podría pensar que se fue en el mejor momento y que de ahí el atontamiento histórico que hemos vivido estos días.

Ocurrió justo al contrario: en sólo tres años, la UCD de Suárez perdió 4.843.500 votos al pasar de un 34.84% de representación a un 6.77%, sobrepasado por la AP de Manuel Fraga (26.36% de los votos). No vale atribuir el mal resultado de la UCD al shock por los acontecimientos que pusieron fin a la Transición. En las elecciones de 1986, el nuevo partido de Suárez, del CDS, sólo obtuvo un 9.22% de los votos y 1.861.912 votos, es decir, casi 4.5 millones menos que en 1979.

Otra de las sombras de su liderazgo tiene que ver con su papel durante el intento de golpe de Estado de 1981. Hasta hace unos años, era casi tabú hablar de un simulacro golpista para asentar la democracia, simulacro del que participaría buena parte de la representación institucional del país en aquellos años.

Tal vez sin desearlo, Jordi Évole y Salvados abrió la caja de los truenos, que estos días refuerza alguien poco sospechoso como Pilar Urbano. La periodista, declarada miembro del Opus Dei, contó el pasado fin de semana en El Mundo su versión de la relación entre el Rey y Suárez durante las semanas previas a la dimisión del ex presidente del Gobierno y dice claramente lo que otros llevan décadas publicando: Que el Rey conocía perfectamente y alentaba el intento de golpe de Estado

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Ya sabemos lo que pasó entonces: la sociedad civil se retiró de la calle, salvo cuando fue requerida (por los sindicatos de clase en las sucesivas huelgas generales o los partidos políticos contra los asesinatos de ETA); la sociedad civil evidenció una creciente debilidad sólo mitigada por el protagonismo de los sucesivos movimientos sociales debido a la consideración de que la participación en política sólo debía correr a cargo de los partidos políticos; una rebaja en las expectativas de cambio de país a todos los niveles (con la aceptación de que insignes franquistas se tornaran demócratas de toda la vida en todas las esferas de poder), etc. Y todo ello remozado con un crecimiento económico sin precedentes que llevó a hablar de España, a mediados de los 90, como el país del “milagro económico”, también exportable a otros países que habían salido de una situación parecida a la nuestra.

Estos días, hemos visto cómo el poder político y buena parte de las terminales mediáticas han relacionado las muestra de reconocimiento a Suárez [normal y legítimo] con un apoyo explícito a la Transición, que de nuevo se sacraliza de manera que se impide su revisión y reforma. Así, volvemos al origen de la crisis política, institucional y de representatividad que vive el país y que reflejan todas las encuestas: Mientras el poder político vio y sigue viendo la Transición como un punto histórico de llegada, la mayoría de la sociedad, aunque lo reconoce, lo considera un punto de partida cuya beatificación es lo que explica la enorme distancia entre la sociedad y los cauces de representación actuales.

CODA. Con motivo de su fallecimiento, ABC recuperó una entrevista inédita de Josefina Martínez del Álamo a Suárez con estas afirmaciones [Gracias a Carmen Rodríguez]:

Los comentarios políticos suelen ser mensajes que no entiende casi nadie. De ahí que la prensa tenga cada vez menos lectores. De ahí que los políticos estén cada día más separados del pueblo… Porque han acabado todos cociéndose en la gran cloaca madrileña… Y molesta mucho que yo hable de una gran cloaca madrileña. ¡Pero es verdad! No existe la preocupación de sobrevolar por encima. Nadie intenta hacer una crítica objetiva de las actuaciones políticas, con independencia del partido que realiza la acción

La prensa persigue intereses concretos -políticos o personales del político que le informa-. Defiende las conveniencias de alguien que instrumentaliza a ese periodista. Y los periodistas se han convertido en correas de transmisión de los intereses de grupos determinados

Hubo una primera época en que el ambiente jugaba a mi favor. Y yo no opino, como muchos, que el pueblo español estaba pidiendo a gritos libertad. En absoluto, el ansia de libertad lo sentían sólo aquellas personas para las que su ausencia era como la falta de aire para respirar. Pero el pueblo español, en general, ya tenía unas cotas de libertad que consideraba más o menos aceptables… Se pusieron detrás de mí y se volcaron en el referéndum del 76, porque yo los alejaba del peligro de una confrontación a la muerte de Franco. No me apoyaban por ilusiones y anhelos de libertades, sino por miedo a esa confrontación; porque yo los apartaba de los cuernos de ese toro

Procuro hablar con las personas que tienen una opinión diferente a la mía para ahondar en sus razones… Son muchos deberes. Mi primera obligación es convencer. Tengo un partido político que apoya mi gestión. Y no puedo decir: esto se hace así porque yo lo he decidido. Vivo convenciendo

 

Acerca de llegalaultima

Politóloga y periodista en transición
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