Felipe VI accede al trono en un Madrid indiferente

Este jueves, el país confirmó que vive una triple esquizofrenia entre la España oficial, la España crítica y la España indiferente, en este caso en torno a la Jefatura del Estado. De nuevo, como viene siendo habitual desde que se rompió el monopolio informativo de los medios de comunicación de referencia, el tipo y enfoque recibido variaba sustancialmente en función de la fuente requerida. Así, contrastó la imagen de Madrid que escenificaron los medios de comunicación generalistas con la propia realidad que podía comprobar cualquier viandante que caminara por el centro una capital tomada por la policía.

La España oficial se declara felipista

Hablamos del país del establishment o de la casta, esa referencia que tan buenos resultados electorales y políticos está suscitando en los simpatizantes de Podemos y que hace mención a todo el sistema surgido en la Transición y sacralizado hasta que la crisis financiera y económica se llevó por delante el mito fundacional de nuestro sistema democrático.

Esa España es la que montó y protagonizó los fastos para inaugurar el reinado de Felipe VI desde este jueves, unas celebraciones glosadas al minuto por los medios de comuniacion masivos que se entregaron, durante todo el día, a seguir y repetir hasta el  detalle más nimio protagonizado por los protagonistas del pasado (don Juan Carlos y doña Sofía), los de hoy (Felipe VI y la reina Letizia) y el futuro (la princesa Leonor y la infanta Sofía), una vez acortado el alcance de la Familia Real por obra y gracia del caso Noos.

A ese país se dirigió Felipe VI en su primer discurso como monarca, una alocución muy institucional que confirmó una manera de entender la Jefatura del Estado sustancialmente distinta a la de su predecesor:

Durante su intervención, compuesta por 3000 palabras, el Rey reivindicó la nación española como parte de la Historia, el consenso constitucional de 1978 y recordó las funciones que le encomienda la CE (representar la unidad del Estado, realizar labores de mediación y acatar las leyes para contribuir a la estabilidad del sistema político y ser cauce de cohesión entre los españoles). Mencionó el principio de separación de poderes, argumento que se podía interpretar en clave familiar (sobre la posible imputación de su hermana) y sobre los límites de su cargo (tal vez ante las expectativas creadas) con un matiz que veremos cómo se ejecuta en los próximos meses: “Las exigencias de la Corona no se agotan en el cumplimiento de sus funciones constitucionales”.

El Rey destacó también el papel de la monarquía parlamentaria con la sociedad a la que sirve, como intérprete de aspiraciones de los ciudadanos, y para tal cometido señaló que la institución debe ser cercana, “saber ganarse su aprecio y confianza” y velar por la honestidad institución  “íntegra, honesta y transparente”: “Hoy, más que nunca, los ciudadanos demandan con toda razón que los principios morales y éticos inspiren -y la ejemplaridad presida- nuestra vida pública. Y el Rey, a la cabeza del Estado, tiene que ser no sólo un referente sino también un servidor de esa justa y legítima exigencia de los ciudadanos”, dijo.

Habló de una “monarquía (constitucional) renovada para un tiempo nuevo” y realizó guiños a las víctimas del terrorismo (con aplauso de los asistentes en el Congreso), a las víctimas de la crisis económica (que no suscitó reacción), a los jóvenes (con un futuro limitado a la consecución de empleo), de las mujeres y al medio ambiente. También habló del servicio de la monarquía parlamentaria  la pluralidad lingüística (a la que hizo un guiño al acabar el discurso con “muchas gracias” en las lenguas cooficiales del Estado) y fijó las prioridades de la política exterior española: La UE (sin críticas), al mundo árabe y América Latina, referentes anquilosados en la tradición española a pesar del giro geoestratégico a Asia y el Pacífico.

Ésta fue la nube de palabras de su discurso (recopilada por El País), aunque el elemento a destacar fue el aplauso unánime de los 700 invitados que asistieron a la proclamación en el Congreso, a excepción de dos personas: Artur Mas e Iñigo Urkullu, que permanecieron impasibles tanto dentro como fuera (en el caso del presidente de la Generalitat) del hemiciclo.

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Este reflejo de país presidió el marco institucional de la toma de posesión del cargo con el de una sociedad civil controlada, tanto en la recepción ofrecida a 3000 invitados (muchos de ellos integrantes directos de ese establishment al que hacíamos referencia la comienzo) como en el recibimiento de la calle.

Según datos de Kantar Media citados por Europa Press, más de 5,5 millones de espectadores siguieron la ceremonia de proclamación por las 25 cadenas nacionales y autonómicas que ofrecieron este acto, alcanzando un 84.3% de ‘share’. Dicho de otra manera: 41.5 millones de personas (según el censo a 31 de diciembre de 2013) ignoraron la cita informativa.

La España crítica

Viene representada por los colectivos republicanos a favor de la consulta sobre el modelo de Estado y/o críticos con el hecho de que las Administraciones públicas hayan decidido tirar la casa por la ventana para celebrar un acontecimiento en un país asolado por la crisis económica, en el que, hace unos días, uno de los temas estrella era la apertura de los colegios en verano para garantizar la alimentación de niños procedentes de familias con problemas económicos.

Esa España ha visto cómo se le ha prohibido manifestar su disconformidad a la forma de Estado votada por el 90% del Congreso (ausente a la desafección creciente de buena parte de la ciudadanía con las instituciones, y también con la Corona), un error de cálculo que, seguramente, ha insuflado aún más ánimo a los partidarios de esta postura.

Durante la mañana, la policía detuvo a tres personas acusadas de resistencia a la autoridad. Su problema fue negarse a guardar banderas y objetos republicanos, a pesar de que, según la misma policía, no estaba prohibido portarlos [vídeo realizado por Héctor Juanatey y difundido por La Marea:

Por la tarde, esa España, que también paga con sus impuestos los fastos y todo lo que los ha envuelto, se concentró finalmente en la Puerta del Sol. Finalmente, la policía dividió la concentración en dos grupos y acabó cargando. Hubo nueve detenidos, entre ellos el profesor de la facultad de Ciencias Políticas y ex secretario general de AP Jorge Verstrynge [vídeo grabado @juanramajete], con imágenes de policías usando los puños contra los concentrados.

Las redes sociales, además de los medios digitales alternativos, constituyeron las principales plataformas para conocer este tipo de noticias. También para buscar información alternativa a la edulcorada imagen que han ofrecido machaconamente los medios audiovisuales, tendencia que continuó durante esta mañana.

La España indiferente

Ése es el país que decidió disfrutar del día festivo en la Comunidad de Madrid y que, en cualquier caso, ni llenó las calles de Madrid para dar la bienvenida al nuevo Rey ni siguió los actos de proclamación a través de la televisión. Ésta es la España que, hasta no hace muchos años, se definía como juancarlista, inmersa en la hagiografía en vida a la figura de don Juan Carlos por su papel durante la Transición y el 23F.

Esa parte de la sociedad, con toda probabilidad la más mayoritaria, se rige por principios puramente utilitaristas y, al menos este jueves, decidió no acompañar los actos de proclamación en las calles. No es cosa nuestra. He aquí una selección de imágenes durante el recorrido de los nuevos reyes por las calles más céntricas de Madrid, en las que la nota general fue la ausencia de aglomeraciones salvo en la Plaza de Oriente en los momentos previos al saludo de la Familia Real en el balcón del Palacio Real y en lugares concretos del recorrido.

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En nuestro caso, nos acercamos a Gran Vía con Plaza de España a las 11.55 horas y pudimos acceder a la primera fila apenas 10 minutos antes de que el coche de los nuevos Reyes llegara a este punto del recorrido. Horas antes, eldiario.com grabó este vídeo, poco después de las 10 de la mañana, en el que se aprecia cómo la Gran Vía estaba literalmente tomada por la policía, con ausencia de ciudadanos:

Ésta es la España a la que el nuevo Rey se dirigió cuando hablaba de los efectos de la crisis económica y, sobre todo, cuando insistió en la necesidad de recuperar la confianza en las instituciones mediante acuerdos entre las fuerzas políticas y sociales, sugiriendo que la CE no es la obra cerrada que desde el PP se asegura en público. También a este núcleo se dirigió al final de su intervención, cuando habló de tener confianza en el país y en sus ciudadanos: “Tenemos un gran País; Somos una gran Nación, creamos y confiemos en ella”.

Consideraciones

  • Felipe VI no se salió del guión litúrgico del acceso a la Jefatura del Estado de un monarca constitucional europeo: llamó a la unidad de los españoles ante la empresa que comenzó este jueves; soslayó todas las polémicas políticas, con referencias que hubo que leer entrelíneas y que dan para interpretaciones de todo tipo; e hizo un intento de aproximación con el estado anímico del pueblo soberano.
  • Existe cierto consenso en que esa aproximación resultó fría y muy superficial (lo que motivó, quizás, que apena fuera interrumpido por los aplausos de los asistentes). Nosotros destacamos, sobre todo, la plasmación de las prioridades, con la referencia a las víctimas del terrorismo (que recibió el aplauso del Congreso y que será la primera cita oficial en la agenda del rey) y la mención superficial a los daños de las políticas económicas aplicadas en la UE y en España en el conjunto de la ciudadanía.
  • El Jefe del Estado abrió la espita a la posibilidad de reforma de la Constitución, a la que se refirió como una obra inacabada, para lo que pidió el acuerdo de todos para abordar los problemas de interés general. Así, se proyectó un paso por delante de la posición defendida por el Gobierno de Mariano Rajoy, una suerte de mano extendida para desbloquear asuntos espinosos (el más, el debate territorial).
  • En cuando al debate soberanista, prefirió hablar de tender puentes y de diálogo desde el entendimiento, una declaración que va un paso por delante de la posición aparentemente monolítica del Gobierno de Mariano Rajoy pero claramente insuficiente ante las aspiraciones del pueblo catalán. Quizás una concreción de la reforma de la CE en los próximos meses permita desbloquear una situación que, a día de hoy, parece difícil de solventar.
  • Hubo gestos dirigidos a insuflar los aires de renovación que pretendió transmitir en su intervención, con menciones a su faceta más familiar y, sobre todo, con gestos hacia la España diversa (como la mención al plurilingüismo) o el hecho de que jurara el cargo sobre la Constitución, una liturgia que hará muy difícil que los próximos altos cargos del Ejecutivo utilicen biblias y crucifijos como garantes de su juramento.
  • Habló de virtud pública y de ejemplaridad de los poderes públicos, comenzando por la Corona, aunque se cuidó mucho de mencionar la palabra corrupción. En su lugar, prefirió proyectar palabras como honestidad y transparencia, obviando la obligación de rendir cuentas, el sagrado contrato entre representantes y representados o una crítica a la mentira en el debate político
  • Felipe de Borbón, desde este jueves, el Rey Felipe VI, ha vuelto a vivir, por segunda vez en su vida, una dicotomía entre la España oficial y la España real. La primera se ha volcó desde primera hora del jueves en mostrar que el país había dejado de ser juancarlista para convertirse en felipista, un sector amplificado hasta la extenuación por los medios de comunicación, centrados, sobre todo, en las anécdotas que humanizan a la Familia Real, aun a riesgo de eliminar todo el aura que justifica su especial posición.

Así amanece este viernes las principales portadas de la prensa editada en Madrid y Cataluña, completamentes entregados al nuevo tiempo abierto por Felipe VI. Incluimos también diarios de referencia de Euskadi y de Galicia:

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CODA. Invitamos a comparar el discurso de proclamación de Felipe VI con el de su antecesor en la Jefatura del Estado, en 1975, en un momento en el que todo estaba por hacer y en el que las prioridades eran otras. Se apreciarán diferencias en el planteamiento (el de Juan Carlos apenas contenía 1500 palabras), en las formas, en la escenografía y, por supuesto, en el fondo:

Destacamos los fragmentos más significativos, bien por el eje de continuidad establecido entre ambos (sobre todo en materia exterior), bien por el llamamiento a participar en una empresa común llena de dificultades (montar un régimen democrático en 1975 y solventar la crisis que azota a las instituciones y al país en estos momentos) o bien por las diferencias recogidas, sobre todo, en materia territorial y económica.

En la esfera económica, ambos compartieron una palabra, “dignidad” aunque su manera de afrontar cómo conseguir esos niveles de bienestar para el conjunto de la ciudadanía son bien distintos. Felipe VI se limitó a mencionar el paro juvenil y una etérea situación como consecuencia de la crisis mientras que Juan Carlos I introdujo la cuña del avance en la igualdad, palabra desechada en nuestros días tras décadas de neoliberalismo y neoconservadurismo.

Pido a Dios su ayuda para acertar siempre en las difíciles decisiones que, sin duda, el destino alzará ante nosotros. Con su gracia y con el ejemplo de tantos predecesores que unificaron, pacificaron y engrandecieron a todos los pueblos de España, deseo ser capaz de actuar como moderador, como guardián del sistema constitucional y como promotor de la justicia. Que nadie tema que su causa sea olvidada; que nadie espere una ventaja o un privilegio. Juntos podremos hacerlo todo si a todos damos su justa oportunidad. Guardaré y haré guardar las leyes, teniendo por norte la justicia y sabiendo que el servicio del pueblo es el fin que justifica toda mi función

Al servicio de esa gran comunidad que es España, debemos de estar: la Corona, los ejércitos de la nación, los organismos del Estado, el mundo del trabajo, los empresarios, los profesionales, las instituciones privadas y todos los ciudadanos, constituyendo su conjunto un firme entramado de deberes y derechos. Sólo así podremos sentirnos fuertes y libres al mismo tiempo.

La Corona entiende, también, como deber fundamental el reconocimiento de los derechos sociales y económicos, cuyo fin es asegurar a todos los españoles las condiciones de carácter material que les permitan el efectivo ejercicio de todas sus libertades .Por lo tanto, hoy, queremos proclamar, que no queremos ni un español sin trabajo, ni un trabajo que no permita a quien lo ejerce mantener con dignidad su vida personal y familiar, con acceso a los bienes de la cultura y de la economía para él y para sus hijos.

España es el núcleo originario de una gran familia de pueblos hermanos. Cuanto suponga potenciar la comunidad de intereses, el intercambio de ideales y la cooperación mutua es un interés común que debe ser estimulado.

 

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Acerca de llegalaultima

Politóloga y periodista en activo
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