La comunicación del PP en el último tramo de Legislatura

Lo sospechábamos, pero ya es una realidad. El PP ha decidido jugar la carta de Podemos para obtener rendimientos políticos del temor de su electorado al ascenso de una formación de reciente creación, con un ideario alternativo a los relatos que a diario nos ofrecen los medios de comunicación y que ha entrado como una bala en el discurso social.

La semana pasada, los ‘populares’ reunieron a los suyos en los cursos de verano de El Escorial y se escucharon referencias a Podemos por parte de la secrestaria general del PP, María Dolores de Cospedal, de vicesecretario de Comunicación, Carlos Floriano, de los ministros de Hacienda y de Empleo, Cristóbal Montoro y Fátima Báñez respectivamente, y de la vicepresidenta primera del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, que criticó la postura de quienes dicen a la ciudadanía sólo lo que quiere ir, al tiempo que lanzó un aviso a navegantes ante la posibilidad de que el PSOE trate de recuperar espacio electoral escorándose a la izquierda.

Lo curioso es que estas menciones se produjeron en un contexto en el que, en teoría, se iba a hablar de regeneración democrática, ese conejo de la chistera que los ‘populares’ se han sacado para afrontar lo que queda de la legislatura, en la que se someterá al veredicto de las urnas a nivel local, autonómico y en todo el país. Así, desde El Escorial se escucharon:

  • Críticas a Podemos, una formación de reciente creación que tiene como mérito haber conseguido 1.2 millones de votos en las europeas y aparecer en las encuestas como un elemento desestabilizador en las próximas elecciones municipales y autonómicas
  • Proclamas a favor de la propuesta de que gobiernen las alcaldías los números 1 de las formaciones más votadas y una escasa reflexión sobre por qué los dos partidos centrales del sistema perdieron más de 5 millones de votos en las últimas elecciones europeas.
  • Y llamamientos a que el PSOE siga en la senda de ser un partido de gobierno, con sentido de estado, lo que pasa, por lo tanto, por asumir que no habrá grandes diferencias en materia económica y política, con algunos matices en el aspecto social y cultural. Es decir, se reclama que los socialistas cumplan con el statu quo saliente de la Transición política, sin ser consciente de que ese entramado ha saltado por los aires.

Antes del 25 de mayo, el PP se fijó el horizonte de los seis millones de votos. Se quedó en los cuatro, con el único consuelo de que su electorado había decidido, con total probabilidad, quedarse en casa. A juzgar por lo que ha hecho el PP desde entonces, parece que el análisis de los resultados es: Nuestro electorado no se cree que la recuperación económica está aquí, por lo que hace falta potenciar esa idea a través de los medios (con relatos exhaustivos de informes positivos del FMI, por ejemplo, en cuanto a la mejora de las previsiones económicas) y dar a los nuestros algún hueso de nuestro ideario (por lo que se anuncia una reforma fiscal que, en la práctica, según los expertos, no supone más que retoques de los grandes impuestos, junto con ideas como el aumento de la tributación por la venta de viviendas).

La estrategia de comunicación económica se completa con una oda a la regeneración política, con un intento de hacer pivotar la idea sobre el miedo a Podemos y no sobre las raíces del cuestionamiento del sistema político que cristalizó en el 15 de mayo de 2011 y que, para desgracia de las estructuras políticas tradicionales, parece haber calado en el conjunto de la sociedad.

Así, el PP dispara contra la formación de Pablo Iglesias, sin tener en cuenta que el retroceso de ese disparo tiene un efecto directo en el PSOE, el otro socio del bipartidismo que pasa por sus horas más bajas desde la instauración de la democracia y que se encuentra con dos problemas: por un lado, el abrazo del oso del PP, y , por otro, el avance de formaciones que están, literalmente, comiendo en su espectro electoral. Ya pasó en 2011 con UPyd, Equo e IU (en Cataluña también con C’s y ERC) y ahora se encuentra con que Podemos puede rematar la faena, sobre todo si en las elecciones locales cristaliza la idea de frentes amplios y/o ciudadanos y logran puestos simbólicos (como Madrid o Barcelona).

Solíamos decir que, en cuanto al sistema de partidos, España no es Grecia pero podríamos estar ante el inicio de un avance similar al de Syriza en Grecia, avance que podría llevarse por delante a un PSOE incapaz de asumir el fin del régimen que salió de la Transición y superar sus contradicciones.

Una legislatura atípica

En una legislatura normal, las estrategias de acción política y la manera de comunicarlas estaban claras: un primer tramo de puesta en marcha del programa electoral con el que el partido en cuestión llegó al Gobierno (que solía ser de dos años) y, a mitad de mandato, se producía un giro. Dicho cambio podía sustentarse en dos ideas: bien un viaje al centro (sobre todo si las medidas aplicadas tenían un fuerte componente ideológico, como fue el matrimonio gay o la vuelta de las tropas de Irak), bien con el inicio de un relato de las promesas que no se habían podido cumplir, estableciendo un nuevo compromiso con el electorado si éste le daba la confianza en la siguiente cita electoral.

Estos giros estratégicos, además, se solían testar en las elecciones convocadas antes de las generales, bien en clave europea (que solía ser un voto de castigo al partido en el Gobierno) o bien en las autonómicas y municipales, que solían adelantar a nivel territorial el resultado de las generales, sobre todo ante lo que pudiera ocurrir en CCAA como Cataluña o en el resultado de las elecciones en CCAA muy marcadas territorialmente, como Galicia o Andalucía.

Las bases de la estrategia política en el Gobierno saltó por los aires, por primera vez, con el giro que el PSOE emprendió en mayo de 2010, un cambio que tuvo una consecuencia más directa y que entonces no se previó: los socialistas rompieron la conexión con su base electoral y, a partir de ese momento, perdió toda credibilidad entre sus votantes (no sólo entre la ciudadanía).

Desde entonces, todas las citas electorales han sido un reflejo de esa ruptura del acuerdo por parte de los votantes, sólo mitigado por las elecciones andaluzas y asturianas de marzo de 2012. Los últimos comicios europeos han supuesto la constatación de que el PSOE, sobre todo, presenta un problema de credibilidad que se plasma en la inclusión de sus miembros en la consideración de casta o en la afirmación de que, en lo esencial, sus políticas no se diferencian de las del PP.

Al PP le ha ocurrido algo parecido. Jugó la carta de la crisis económica para saltarse su programa electoral de 2011, enmendado de principio a fin durante estos casi tres años de legislatura. El relato, puesto en marcha por personas muy técnicas y más insertas en la acción de tecnócratas que de políticos profesionales, pivotó en la idea de una crisis a la española en mitad de “problemas” en el resto de la UE. Se asumió la idea de que la crisis económica en España era muy profunda, en buena medida gracias a la ineptitud de los gobiernos socialistas, pero que la acción del Gobierno, capaz de ir en contra de su ideario político, salvaría al país del desastre con el esfuerzo de todos. Ese desastre se llamó ‘rescate bancario’ y, aunque es un hecho que, desde entonces, España es un protectorado de la Troika, lo cierto es que Moncloa logró difundir la idea de que el país gozaba de cierta autonomía económica y fiscal, jugando con la idea de que los sacrificios económicos impuestos desde diciembre de 2011 se debían a órdenes procedente de un ente externo (la UE) que el PP no tenía más remedio que ejecutar.

La muestra de que este relato funcionaba son los sondeos sobre intención de voto, que situaron al PP entre el 30-35% durante el primer año a pesar de decretazos, recortes del gasto público, empeoramiento de los servicios sociales y, digamos, una actitud de gobierno más propia de los gobiernos tecnócratas de países como Grecia e Italia que se países que mantenían su soberanía política.

Entonces llegó el ‘caso Bárcenas’ y comenzaron los verdaderos problemas del PP, ya que ese caso, unido al caso Gürtel, caso Matas o a la corrupción en la Comunidad Valenciana, minó la credibilidad que para una parte de la sociedad tenía un partido que, con José María Aznar al frente, hizo de la lucha contra la corrupción uno de sus fundamentos. Se esperaban los recortes sociales pero no la sospecha de que buena parte de la cúpula del PP podría haber estado manejando dinero negro durante años.

La corrupción, y sobre todo la manera en la que Génova le hizo frente cuando estallaron los casos, es un error incluso asumido en público por María Dolores de Cospedal, que ya admite el daño que estos casos han hecho a las siglas. Y es que, a pesar de los esfuerzos de Génova, lo cierto es que una gran mayoría de ciudadanos hoy piensa que el PP ha tenido una caja b, que ha financiado ilegalmente campañas electorales y a su cúpula de dinero procedente de empresarios a los que habría devuelto el favor en forma de contratos públicos.

Por eso, tras las europeas, el PP se ha lanzado al discurso de la regeneración democrática, con llamamientos a la estabilidad del sistema, aunque eso pase por medidas tan cuestionables como impulsar por ley gobiernos de mayorías absolutas en consistorios donde las urnas marcan otra dirección.

En esta línea, junto a la propaganda sobre la recuperación económica, sobre la que Génova insistirá a pesar de que incluso el FMI habla de una tasa de paro del 20% en 2019, veremos gestos en la línea de llevar cierta virtud al espacio público. Este viernes, el Consejo de Ministros rechazó indultar a Jaume Matas y Angel Carromero, además de otras medidas de gracia polémicas (como la de José Ortega Cano o Baltasar Garzón) y, en los próximos meses, es más que probable que veamos cómo muchos de los imputados y en el punto de mira por corrupción desaparezcan de las primeras líneas (ya está ocurriendo en la Comunidad Valenciana). El objetivo, proyectar una imagen de limpieza en el partido que sustenta el Gobierno, aunque sin haber realizado la conveniente asunción de responsabilidades en términos de ejemplaridad. ¿Será suficiente?

A menudo se suele decir que en España no se castiga con fuerza la corrupción, afirmación que es cierta en parte: el PSOE-A, por un lado, y el PP valenciano y madrileño, por otro, pueden hablar directamente de lo que ha supuesto la corrupción en los resultados electorales obtenidos en las autonómicas de 2012 y en las europeas de este año. A pesar de que no hay un efecto directo, como en otros países, sí que se sustancian votos de castigo, sobre todo en contextos de crisis económica y de contestación social.

Podemos, motivos para estar encantado

La formación que lidera Pablo Iglesias tiene motivos para alegrarse. Como señaló Milagros Pérez Oliva en una magnífica intervención en la tertulia de Hora 25 en Cadena SER, Podemos ha asumido todo el marco que se puso en marcha durante el 15M, marco que ha actuado como si fuera ácido sobre las expectativas del PSOE. En unos meses, Podemos ha conseguido un cambio en el relato que engloba la idea de casta, es decir, el gobierno de unos pocos sobre la mayoría que además lo hacen en función de sus intereses y no de acuerdo al bien común. Es decir, que además de violar sus programas electorales respectivos, PP y PSOE sólo buscan perpetuarse en el poder como sea.

La mala noticia para Ferraz es que este discurso ha calado en las redes sociales y se escucha a diario en los medio de comunicación masivos (particularmente en televisión, el medio al que la mayoría de la ciudadanía recurre para informarse). Ése es uno de los méritos de Podemos, que no sólo ha encontrado un nicho de mercado sino que, además, ya cuentan con plataformas para difundir unos mensajes que, cuando se escuchan, se llenan de sentido común (aunque eso implique, hoy, casi ser revolucionarios).

Esta semana Pablo Iglesias fue entrevistado en Hoy por Hoy (el programa de radio más escuchado por la mañana y el más cercano al votante de todo el espectro de centro a la izquierda) y ha copado la atención de los informativos por emprender acciones legales contra Esperanza Aguirre y Eduardo Inda, periodista de El Mundo, por vincularle con ETA. Para ello, pidieron ayuda a través de una campaña de crowdfounding y en sólo cinco horas habían recaudado el dinero necesario para iniciar la demanda, lo que confirmaría que, con total probabilidad, el millón de votos conseguido en las europeas se ha multiplicado gracias a la campaña mediática en su contra, campaña que ha tenido un efecto perverso: Les ha dado a conocer como alternativa política.

Su presencia mediática y la facilidad con la que ha entrado su discurso son logros que podrían amplificarse ante los ataques del PP. Las constantes referencias de los ‘populares’ a las raíces de la formación y de sus líderes puede tener un efecto directo en la movilización de su electorado. Sin embargo, el tono de la crítica se antoja tan burdo que es muy probable que también esté movilizando a los electorados de otros partidos y en especial a los enfadados que durante años votaron PSOE.

CODA. En este post hemos obviado dos cuestiones que están en la agenda a pesar de los intentos por sepultarlas. Hablamos, claro, de la consulta soberanista en Cataluña, proceso que sigue su curso a pesar de que Moncloa haya asumido de que la cuestión no existe simplemente porque no habla de ella. El 11 de septiembre se celebrará otra Diada y ya han comenzado a realizarse llamamientos para hacer del encuentro un acto masivo de cara a la consulta prevista para el 9 de noviembre.

La otra cuestión a la que nos referimos es a la reforma de la Constitución de 1978, una idea que comenzó a colarse con fuerza en 2011, cuando un acuerdo entre PP y PSOE para reformar el art.135 de la Carta Magna demostró que la reforma del texto no era tan difícil como se hacía creer.

Hoy, casi todos asumen en público que el texto ha quedado obsoleto y que, puesto que fundamenta nuestro sistema político, corre el peligro de empeorar aún más el enganche de la ciudadanía con todo el entramado institucional. La marcha de algunos de los actores de esa época no hace sino potenciar la idea de fin de ciclo, que en términos políticos se sustancia en el fin del bipartidismo y de regímenes estables.

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Acerca de llegalaultima

Politóloga y periodista en activo
Esta entrada fue publicada en caso Bárcenas, Comunicación Política, elecciones, Gobierno, Podemos, PP, PSOE, Rajoy, recortes, rescate. Guarda el enlace permanente.

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