Sánchez y la marca PSOE

Vaya por delante que dar un paso al frente para liderar un partido de gobierno que pasa por sus peores momentos desde la restauración democrática tiene mucho más mérito de lo a menudo se reconoce. A menudo nos olvidamos de que los partidos políticos son estructuras dirigidas por humanos, con nuetras virtudes y defectos que se pueden cronificar en organizaciones que han tenido buena parte del poder del país en sus manos. Como se suele repetir, los éxitos tienen muchos padres a diferencia de las derrotas, como bien puede atestiguar Alfredo Pérez Rubalcalba y todos los que tomaron las riendas del PSOE tras el correctivo electoral sufrido en noviembre de 2011 y del que parece que no se recupera.

El PSOE lleva cuatro años y medio purgando una decisión que marcó todo el legado de José Luis Rodríguez Zapatero: el giro económico decidio en mayo de 2010, que se completó con la reforma del art. 135 de la Constitución tras décadas de sacralizar hasta la coma más nimia del texto constitucional. El último tramo del Gobierno de Zapatero, apoyado por su grupo parlamentario sin apenas discrepancias, ahuyentó el rescate total del país pero tuvo consecuencias imprevistas para el PSOE.

Si repasamos la hemeroteca, es fácil comprobar cómo la acción de Gobierno, desde 2009, se centró, sobre todo, en la figura de José Luis Rodríguez Zapatero, una estrategia que no era nueva. El ex secretario general del PSOE emergió en otro momento de horas bajas para el partido (tras la derrota electoral de Joaquín Almunia en 2000) y su perfil, muy distinto al de José María Aznar, propició una estrategia muy personalista que se plasmó en las campañas electorales de las generales de 2004 y 2008, que se resumieron en dos palabras: ZP y Z.

Coherente con esa estrategia, cuando comenzaron los problemas para el PSOE, Zapatero se expuso para asumir el impacto, quizás con la esperanza de salvar las siglas de la quema. En noviembre de 2011 se confirmó que no sólo no era así, sino que el partido tenía un problema de credibilidad sólo mitigado por el éxito relativo en Andalucía y en Asturias en marzo de 2012. A este problema heredado se le sumó:

  • un discurso que, simplemente, no llegó a su audiencia, bien porque no resultaba creíble, bien porque la audiencia había interpuesto un bloque entre ella y el partido. Cuando se habla de desafección de la ciudadanía con las instituciones a menudo se olvida que el primer desengaño fue con los partidos políticos por su tendencia a prometer programas de imposible aplicación, por actuar de forma tibia con la corrupción y, en general, por no representar correctamente los intereses de su base electoral.
  • la imagen de un PSOE fundido (que fue a más con las sucesivas derrotas electorales en Euskadi, Galicia, Cataluña y en las europeas), con sus líderes preocupados en su propia supervivencia y no en conectar con la ciudadanía.
  • una actitud de sentido de Estado que no hizo sino reafirmar el mantra de que el PSOE era parte interesada del sistema a salvar, una suerte de casta superior que se materializaba en las puertas giratorias, en sus relaciones con la elite empresarial del país y por su ausencia de las movilizaciones sociales contra las políticas del Gobierno (y las del propio PSOE)
  • la ausencia de proyecto que ni siquiera mitigó la Conferencia política o la intervención de Rubalcaba en el último Debate sobre el estado de la nación, un discurso valiente, socialdemócrata, pero que llegaba quizás demasiado tarde.

Llegaron las elecciones europeas y ya sabemos lo que ocurrió. Rubalcaba anunció que se iba y el PSOE convocó un fórmula alternativa para conectar con las reclamaciones de más democracia que llegan desde la sociedad. Se celebraron las primarias, se oyeron los discursos de los aspirantes (más a la izquierda en el caso de Pérez Tapias y más al centro en el caso de Pedro Sánchez y Eduardo Madina) y la militancia confirmó que no estaba tan escorada a la izquierda como habitualmente se cree. Ganó Pedro Sánchez, que comenzó a construir un liderazgo muy personalista, muy centrado en la imagen que proyectan los medios de comunicación (con la camisa blanca como símbolo), y que ha comenzado a caminar partiendo de una base: La tarea de rearme ideológico que el PSOE ha realizado durante estos años en la oposición.

Así, es importante tener en cuenta algo. Cuando se esboza una estrategia de acción con un objetivo electoral, se parte de dos supuestos: El nivel de solvencia del candidato y todo lo que deriva al hablar del partido, la imagen de marca. En función de esas variables se construyen liderazgos que inciden en un área u otra, sobre todo cuando algunas de esas esferas es adversa. Tenemos casos de todo tipo en nuestra historia democrática:

  • Adolfo Suárez: un candidato de peso en un partido inexistente, como se confirmó tras las elecciones de 1979. Cuando se achicharó el candidato, perdió todas sus opciones de proyección. Suárez no se recuperó nunca de ese desplome y sólo cuando se retiró de la vida política recayeron sobre él los méritos de haber pilotado el proceso de transición hacia la democracia.
  • Felipe González: un buen candidato (aunque ganó las elecciones a la tercera) con un partido en ascenso. La marca PSOE proyectaba modernidad, esperanza, proyecto de país, europeísmo y reconciliación de las Españas enfrentadas en la Guerra Civil. Con el liderazgo fuerte de González (y de Alfonso Guerra), podemos decir que se dio la combinación perfecta, idilio que, en la práctica, duró hasta las elecciones de 1989, con tres mayorías absolutas consecutivas. La imagen del partido comenzó a quemarse por los casos de corrupción y el GAL aunque la proyección de González siguió siendo notable, como se confirmó en las elecciones de 1996, más igualadas de lo que parecía cuando se convocaron. Notable ha sido la transformación de González en un líder cuestionado desde el punto de vista moral, algo de lo que él parece no darse cuenta desde la atalaya desde la que sigue pontificando.
  • José María Aznar: hizo un partido a su medida de las cenizas de Alianza Popular. Como su perfil no era atractivo como el de González (proyectaba la idea de un líder gris, con elementos negativos en su físico y un carácter antipático), se construyó un liderazgo formado por un equipo (del que formaban parte Álvarez Cascos, Rodrigo Rato, Mariano Rajoy, Javier Arenas). A pesar de que le costó ganar (también lo consiguió a la tercera), cuando lo hizo consiguió difundir la idea de un liderazgo fuerte y seguro, sin tacha de corrupción, con un partido moderno, equiparable al centroderecha europeo, que ha funcionado razonablemente bien hasta la actualidad. Su imagen comenzó a desfigurarse cuando dio el salto a la empresa privada tras su paso por La Moncloa y, sobre todo, por los casos de corrupción que salpican a su formación durante su mandato.
  • Joaquín Almunia: Ejemplo de un líder achicharrado (por su falta de carisma y ausencia de proyecto) en un partido que pasaba por horas muy bajas en términos de imagen. Los jefes anteriores se habían retirado de la primera línea pero seguían controlando el partido, que se dividía entre la vieja y la nueva política (que representaba Josep Borrell). Todo saltó por los aires la noche electoral de marzo de 2000
  • José Luis Rodríguez Zapatero: posiblemente sea el presidente del Gobierno más telegénico de los que hemos tenido. Llegó también para recomponer un partido mediante juventud (sólo hace falta mirar las caras de su primera Ejecutiva) y un liderazgo basado en otra manera de entender la política. Eso le hizo acreedor de una imagen de débil, soso y de ser excesivamente cuidadoso con las formas, algo que le fue reconocido con posterioridad. Sin embargo, la marca PSOE se fue recuperando (en buena medida por la locura que presidió el PP de Aznar durante aquella legislatura), aunque siempre quedó por debajo del liderazgo de Zapatero. No en vano, las campañas electorales de las generales de 2004 y 2008 se montaron teniendo en cuenta ese perfil, muy atractivo para jóvenes y mujeres, que le votaron significativamente más. Cuando su imagen se quemó, el PSOE entró en barrena.
  • Mariano Rajoy: llegó al poder con la legitimidad del dedo de Aznar, una práctica cada vez más cuestionada por parte de una ciudadanía que reclama más transparencia en los procesos de elección de los líderes. Igual que Aznar, Rajoy proyectaba la idea de un funcionario de provincias, muy influenciable y maleable (por Aznar primero, por Zaplana y Acebes en la primera legislatura de Zapatero y por quienes le auparon como solución cuando comenzaron a notarse los efectos de la crisis). Nunca gozó de la valoración de la ciudadanía, que en cambio le dio una mayoría absoluta contundente en 2011. ¿El motivo? Rajoy, consciente de su debilidad de liderazgo (a la que se suma, en estos momentos, su credibilidad), se apoyó en la marca PP, que funcionó de manera correcta, sin duda ayudado por la inmolación del PSOE en mayo de 2010. Será interesante ver qué papel adopta Rajoy si vuelve a ser cabeza de lista del PP para las elecciones generales, sobre todo si su competidor es Sánchez o los líderes que nuestra efebocracia está pariendo.
  • Alfredo Pérez-Rubalcaba: llegó al frente del PSOE para intentar reparar los daños provocados por la última etapa de gestión del Gobierno. Tuvo enfrente a buena parte de la prensa afín al PP (que en su despedida sugirió que tal vez se habían pasado y le habían achicharrado gratuitamente) y, sobre todo, a la mitad del partido que no le votó en el congreso extraordinario de febrero de 2012, en el que venció por muy poco a Carme Chacón. Su liderazgo, reconocido por quienes trataban con él, se enfrentó a los problemas de credibilidad de un partido sobre el que no se podía apoyar porque había dilapidado su prestigio; por problemas de liderazgo en buena parte de los territorios; y por una dificultad enorme para conectar con su base social.
  • Pedro Sánchez: Esteban González Pons le comparó hace unos días con Rodríguez Zapatero por su equidistancia y porque le dice a todo el mundo lo que quiere oír. Los más malvados del lugar también citarán cierta inconsistencia electoral y/o ideológica. No le falta razón en un sentido: el PSOE ha decidido centrar toda la estrategia en él, aprovechando su buena imagen y que parece gustar a algunos de los sectores que marcan la diferencia en las victorias socialistas: Mujeres y jóvenes. El partido, tras las primarias, parece más cohesionado que antes, aunque se vislumbran problemas como el excesivo poder del PSOE andaluz, los problemas del PSC para poder ser alternativa en Cataluña (una CCAA fundamental para los intereses electorales del PSOE a nivel nacional) y un reparto de equilibrios pospuesto hasta las elecciones municipales y autonómicos, cuando se aclare el poder real de cada federación traducido en votos.

En términos de liderazgo, a Sánchez le queda menos de un año para alcanzar un nivel de réplica consistente a Mariano Rajoy. Las elecciones generales de 2015 pueden ser las primeras en nuestra democracia en las que podrían competir dos candidatos de los principales partidos procedentes de dos generaciones distintas (se llevan 20 años). Eso  siempre y cuando el PSOE logre frenar la vía de agua que ha abierto al reconocer como contrincante a Podemos. Al fin y al cabo, Pablo Iglesias es de la misma generación que Sánchez (y que Alberto Garzón o Albert Rivera).

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Acerca de llegalaultima

Politóloga y periodista en activo
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