Hungría: Orbán recula ante las multitudes conectadas

Ironías de la vida: el mismo día en el que se celebraban los comicios legislativos en Ucrania, el pasado domingo, 100.000 personas salieron a las calles de Budapest para protestar contra la ley impulsada por el primer ministro, Viktor Orbán, que busca imponer una tasa por descarga de Internet: se gravará con 50 céntimos de euro (60 centavos de dólar) cada gigabyte de datos usado en internet, hasta un máximo de 2.2 euros (2.7 dólares), con las que el Gobierno preveía recaudar unos 65 millones de euros.

El martes, coincidiendo con el inicio del debate parlamentario de la ley, que debía aprobarse el 17 de noviembre, 20.000 personas volvieron manifestarse en la capital húngara, organizados por grupos de la sociedad civil (aunque también se sumó la oposición):

Budapest

Este viernes, el Gobierno anunció que daba marcha atrás y que retiraba su plan de gravar por descargas en Internet, lo que se lee como la respuesta como consecuencia de la primera movilización de envergadura contra el Ejecutivo, algo que desde el blog Crónicas húngaras se explica de esta manera:

“El gobierno de Orbán ha tomado una medida que afecta a diferentes grupos sociales de la Hungría actual (hasta ahora había intentando que medidas similares afectaran solo a grupos muy concretos para evitar así que pudiera articularse una respuesta contra el gobierno) y que ha conseguido unificar a los opuestos a su política, independientemente del espectro político al que pertenezcan”.

En este punto, conviene recordar que en abril se celebraron elecciones legislativas en Hungría en las que  el partido Fidesz (Unión Cívica Húngara), en coalición con el Partido Popular Demócrata Cristiano, arrasó consiguiendo el 44.54% de los votos (y 133 de los 199 escaños que componen el Parlamento húngaro tras entrar en vigor la nueva ley electoral, que supuso, por ejemplo, la reducción de asientos en la Cámara de 386 a 199).

CapturaHungria

Así, llama la atención que sea ahora cuando se acuse de autoritario al primer ministro, un político que no ha escondido su discurso político desde que llegó al poder en 2010. Hasta ahora, de nada sirvieron las críticas a Orbán por sus medidas de control de la Justicia, su ley de medios, aprobar la reforma electoral con los únicos votos de su partido o el control del Banco central húngaro por no hablar de sus coqueteos ultranacionalistas y de extrema derecha, particularmente al referirse a pobres, mendigos, gays y minoría gitana.

Este verano, el propio primer ministro definía el proyecto de su formación para Hungría de esta manera: “El Estado que vamos construyendo en Hungría no es liberal. No niega valores como la libertad, pero no los convierte en un componente central. Como núcleo propongo un elemento particular: el enfoque nacional”.

Por esto, y porque el país convive con su particular frustración ante la pérdida de buena parte de los del imperio austrohúngaro tras la Primera Guerra Mundial, el Fidesz no sólo no ha sido respondido desde la calle por la ciudadanía, sino que la formación arrasa, desde 2010, en todos los comicios en los que se presenta.

El abril, Orbán logró así su primer mandato, con la coalición de izquierdas Unión, en segundo lugar con el 25.69% de los votos, y la ultraderecha de Jobbik logró el 20.7% (+4 puntos respecto a 2010). Apenas un mes después, en las elecciones al Parlamento Europeo, el Fidesz mejoró su resultado al concitar el apoyo del 51.48% del electorado húngaro (-4.88 puntos respecto a las elecciones de 2009), con el Jobbik como segunda formación con el 14.67% de los sufragios (-0.10 puntos), mientras que el Magyar Szocialista Párt se hundía al 10.90% (-6.47 puntos respecto a 2010).

Hubiera sido todo un sarcasmo que el principal problema para el primer ministro húngaro fuera la tasa que grava las descargas en Internet, proyecto duramente criticado desde la UE: “La comisaria europea de Agenda Digital, Neelie Kroes, cree que esa tasa es ir en la mala dirección, no solo porque afecta al acceso a los usuarios (…) sino porque Hungría está por debajo de la media en crecimiento digital y esto no ayuda para impulsar su economía”. Tras conocerse la noticia, el gobierno de la UE se felicitó de la medida y de que Orbán hubiera escuchado la voz del pueblo húngaro, algo que sus opositores no ven tan claro. Estiman que el anuncio tiene más que ver con un intento de ganar tiempo que de una retirada firme de un proyecto que lleva en la cartera gubernamental al menos dos años.

Por cierto: el PPE, al que pertenece la Unión Cívica Húngara, se ha caracterizado por inhibirse de criticar públicamente a Orbán por sus salidas de tono y por un programa económico, política y social puesto que llevó a Marco Incerti, experto del think tank CEPS citado por El País, a alertar sobre la cercanía ideológica respecto a Vladimir Putin: “Ven a Putin como una fuente de inspiración nacionalista y un símbolo antieuropeo. Su visión imperialista le ha dado réditos en apoyo ciudadano, y la extrema derecha sigue su ejemplo”.

No en vano, en las calles de Budapest se escucharon gritos contra Rusia, unidos a los de “Orbán, fuera” y “Europa, Europa”. Ya sólo le faltaba a la UE enfrentarse con Moscú también por la crisis húngara.

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Acerca de llegalaultima

Politóloga y periodista en activo
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