Estrategias de Génova para frenar su caída

La dirección del PP afronta una situación que reúne todos los rasgos para ser definido como justicia divina: Su discurso sobre la recuperación no sólo no termina de calar, sino que se encuentra con noticias como la subida del paro (que esta vez el Ejecutivo atribuye a la estacionalidad, como si la creación de empleo en verano no tuviera nada que ver con este factor) o la revisión a la baja de las expectativas de crecimiento de la economía española debido a la situación de las grandes economías de la Eurozona.

Así, los ‘populares’ irán a las próximas elecciones con una tasa de paro superior al 23% (23.7% según la última EPA), con una precarización de las condiciones laborales de buena parte de la ciudadanía y un empobrecimiento social que hunde sus raíces en el aumento de la desigualdad que reflejan hasta los informes de instituciones menos progresistas. Una década perdida que amenaza con llevarse por delante a toda una generación.

El Ejecutivo, que centró todas sus expectativas en la recuperación económica, se enfrenta ahora a los efectos de una de sus carencias desde que accedió a la Moncloa: la falta de perfil político de un Gabinete formado por dirigentes de perfil técnico, y, en cualquier caso, escasamente político, como pone de manifiesto la sustitución de Alberto Ruiz-Gallardón por Rafael Catalá al frente de Justicia o de Isabel García Tejerina por Miguel Arias Cañete en Agricultura.

A este Gobierno le ha estallado el malestar de Cataluña hacia un status quo cuestionado en materia territorial, moral y política, y una crisis política e institucional que parte de la quiebra de la confianza entre representantes y representados. Desde hace meses, la corrupción es el segundo problema para la ciudadanía mientras que los partidos y los políticos figuran como la cuarta preocupación. Consecuencias directas de años de incumplimientos de la palabra dada (recogida en el contrato con la ciudadanía que suponen los programas electorales) y de cierta concepción de la representación en sentido restrictivo, es decir, la ciudadanía se ejerce sólo en el momento de acudir a votar.

Esta concepción de la política y de lo público, en la que también entró en su momento el PSOE, no ha hecho sino aumentar la distancia entre ciudadanía y representantes políticos, que comienzan a vaticinar que la rendición de cuentas en las urnas en las próximas citas electorales podría ser la más amarga desde la restauración democrática.

Por si la situación no fuera suficientemente complicada, el final de la Legislatura ha venido acompañado de una sucesión de casos de corrupción que salpican a los principales partidos del sistema político, sindicatos, patronal y, en general, todo el establisment que ha marcado la agenda del país en los últimos 40 años. La falta de cintura del PP para hacer frente a sus miserias internas ha potenciado la sensación de un final de ciclo que se traducirá, seguramente, en una fragmentación del voto y en la entrada de nuevos actores en la vida política (Podemos,  plataformas cívicas en grandes ciudades y formaciones que intentan un nuevo salto al conjunto del Estado, como C’s).

Hasta el momento, el PP afronta su propia podredumbre de esta manera: Comparecencias sin preguntas o a través de plasmas de TV; ruedas de prensa en sedes supuestamente reformadas con dinero negro; sobresueldos de la cúpula cuyo origen se desconoce (igual que su destino); contratos a empresarios afines cuya investigación se atribuye a campañas organizadas por la oposición (Gürtel); manejo de una contabilidad b (con fondos cuyo origen se desconoce) reconocidos pro los tesoreros del partido; mordidas a cambio de adjudicar contratos (como el que mantiene a Granados en prisión) y un largo etcétera que incluye privatizaciones de empresas públicas de las que forman parte ahora como consejeros sus artífices; abandono de servicios públicos por parte de consejeros que luego han pasado a trabajar para empresas beneficiarias; o quiebras de cajas de ahorros.

Ante la maraña de casos, que llevó este lunes a la secretaria general del PP, María Dolores de Cospedal, a señalar que el partido no puede hacer más de lo que está haciendo (ella, protagonista de haber financiado presuntamente de forma ilegal de su campaña en 2007 en CLM), hay al menos tres estrategias en marcha:

  • Activar el ventilador del descontento a través de medios afines, como ABC, que publica estos días que cargos del PP se muestran críticos ante la falta de firmeza de la cúpula por los casos de corrupción que están apareciendo. Así, optarían por ir a un congreso extraordinario que permita hacer limpia interna y, quién sabe, sustituir a Mariano Rajoy por otro candidato menos señalado. Ante los hechos, el protagonista, aprovechando un acto como presidente del Gobierno, lanzó un aviso a navegantes: quiere optar a la reelección y lo hace ofreciendo una bajada de impuestos en la próxima legislatura.
  • Iniciar una ruta de entrevistas a través de los medios de comunicación, como la que protagoniza desde hace más de una semana Esperanza Aguirre, la mujer que fichó a Francisco Granados (como antes a López Viejo, a Juan José Güemes y a otros señalados por los casos de corrupción o por prácticas poco transparentes como altos cargos de la Comunidad de Madrid). En Onda Cero, La Sexta y Tele 5, Aguirre ha ofrecido medidas contra la corrupción, en una clara muestra de que su objetivo pasa por ser candidata al Ayuntamiento de Madrid, algo que estaría hecho si se tiene en cuenta el apoyo explícito que Rajoy le dio la semana pasada: “Esperanza Aguirre se ha equivocado, como yo. Y como todos los que estamos aquí o ¿es que hay alguien que no se ha equivocado alguna vez? (…) Tengo que ser justo y equilibrado. Es un activo muy importante de nuestro partido”.
  • Activar la campaña del miedo ante los resultados que aventuran los sondeos sobre intención de voto, sobre todo en relación a Podemos, con argumentos a favor del fin de las ideologías, que en este caso suponen un abrazo del oso para el PSOE (“una Europa y un mundo de grandes partidos y de posiciones políticas que cada vez estén más cercanas es positivo”) y avisos de este tipo: “Eso es lo que hemos vivido en algunos países donde los grandes partidos fueron enormemente castigados, al final, vinieron otras cosas y hay países en otros continentes que, desde entonces, no son capaces de levantar cabeza”. Sus palabras esconden, sobre todo, el temor a que sea realidad lo que anticipan las encuestas y que Podemos pase a ser el partido de referencia del espectro situado en el extremo izquierda.

Desde el inicio de la Legislatura venimos alertando de que al PP y al Gobierno le faltaba un relato para explicar sus decisiones políticas, elecciones que no tienen que ver con el advenimiento de una plaga bíblica sino con una determinada ideología (que es la que explica el intento de reforma de la ley del aborto o medidas como la Ley de Seguridad Ciudadana). Hoy, esta falta de relato tiene que hacer frente a un imprevisto: la sensación de corrupción generalizada que se ha llevado por delante una de las señas de identidad de la refundación de AP en el PP.

En este contexto, al PP sólo le queda felicitarse de que no haya nacido un competidor capaz de entrar de lleno en su granero de votos.

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Acerca de llegalaultima

Politóloga y periodista en activo
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2 respuestas a Estrategias de Génova para frenar su caída

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