¿Y si fuera Alonso?

La elección de Alfonso Alonso como ministro de Sanidad, en sustitución de una achicharrada Ana Mato, confirmó que la estrategia del Gobierno, en este último de la legislatura, pasará por hacer política y por lanzar guiños hacia un alma social totalmente olvidada desde que llegó a La Moncloa.

Sus primeros como titular de Sanidad ya ha evidenciado un cambio en el tono y en las actitudes: Lanzó mensajes de apoyo al colectivo sanitario (uno de los más movilizados contra los recortes en Sanidad); su llegada coincidió con la destitución del consejero de Sanidad de Madrid crítico con Teresa Romero; mostró su disconformidad contra el punto de la Ley del aborto que hace mención a las menores de 18 años, aunque abrió la posibilidad a un acuerdo que conecte con el sentir de la sociedad mayoritario; puso la violencia de género como asunto relevante de su departamento en una semana especialmente negra en el conteo de víctimas mortales a manos de sus parejas y ex parejas; y ha comenzado a reunirse con colectivos especialmente significativos como el de las víctimas de la talidomida.

Alonso se proyecta así como un soplo de aire fresco en un Gobierno agotado, con un marcado perfil tecnócrata, que sustenta buena parte de su iniciativa política en Soraya Sáenz de Santamaría, la vicepresidenta para todo que este lunes añadió una muesca más en su revólver al visitar por sorpresa a las tropas españolas desplegadas en Afganistán, un viaje que por estas fechas suelen protagonizar los presidentes del Gobierno y/o el Rey.

Su elección ha coincidido con una mayor exposición de los dirigentes del PP y del Gobierno en los medios de comunicación, una decisión estratégica que puede tener consecuencias inesperadas si tenemos en cuenta las constantes meteduras de pata de perfiles como el de Jorge Fernández Díaz. Así, Alonso aparece como un dirigente que tiene a su favor varios puntos como posible recambio a Mariano Rajoy:

  • Tiene 47 años y es hombre, como casi todos los responsables políticos que hemos vislumbrado como parte de la efebocracia pronunciada que parece vivir el país en estos momentos. Si fuera el cabeza de lista del PP en las próximas generales, sería el miembro de más edad de una generación (a la espera de lo que decida Rosa Díez sobre su futuro), lo que daría argumentos al PP frente a opciones como las de IU o Podemos y retomaría la disputa electoral entre dos hombres de una misma franja de edad: Alonso y Sánchez.
  • Alonso ha sido un gran desconocido para la política nacional hasta su nombramiento como portavoz del Grupo Parlamentario en el Congreso. Este punto, unido a su juventud, hace que no tenga demasiados cadáveres en el armario, al margen de sus adjudicaciones durante su etapa como alcalde en el Ayuntamiento de Vitoria.
  • El ministro de Sanidad tiene una buena dicción y capacidad de comunicación, unos rasgos que, antes de este Gobierno, se consideraban innatos a la función política hasta que el departamento estuvo en manos de Mato. A diferencia de otros de sus compañeros, Alonso es capaz de mantener el tipo en una entrevista en un medio de comunicación sin la sensación de manejar argumentos memorizados para una oposición, como le ocurre a menudo a María Dolores de Cospedal. Tiene presencia y naturalidad, algo que no es tan evidente en el caso de Soraya Sáenz de Santamaría, cada vez más impostada en el papel que ha asumido tanto en las ruedas de prensa posterior al Consejo de Ministros como en sus intervenciones en las sesiones de control al Gobierno en el Congreso.
  • Es un hombre con poder en el PP vasco -aunque perdiera el pulso en la elección de la nueva dirección en Euskadi- pero no se proyecta como un barón al uso como lo pueden ser José Antonio Monago, Juan Vicente Herrera, Alicia Sánchez-Camacho o la propia Cospedal. También fue uno de los primeros que, con mayor claridad, se mostraron muy críticos con los casos de corrupción que mantienen al PP contra las cuerdas.
  • Su nombramiento fue felicitado por todos los grupos de la cámara, que destacaron su profesionalidad, su valía y su capacidad para propiciar acuerdos a pesar del rodillo parlamentario que impone el PP en las Cortes. De cara al ciudadano medio, no es un político que genere rechazo o burlas, como les ocurre a Cospedal, a Carlos Floriano y, con matices, a Esteban González Pons.

Las encuestas sobre intención de voto que se publican desde hace meses, no hacen sino mostrar un descalabro electoral que tendrá su primer capítulo en las elecciones municipales y autonómicas del próximo mes de mayo, en las que el PP parte con una evidencia: Es imposible que pueda mantener el apoyo recibido en 2011, en el arranque de la ola azul que se confirmó en las generales de noviembre de ese mismo año.

El escenario más probable, a estas alturas, es una pérdida de poder municipal y autónomico, que tiene en la Comunidad de Madrid y en la Comunidad Valenciana sus máximos exponentes, sin perder de vista Extremadura y Castilla-La Mancha, que podrían volver a pasar a manos de un PSOE en coalición con otras formaciones políticas.

Con estas expectativas electorales, ha llegado el momento de hacer política con exposición mediática, con propuestas que, en otros partidos, serían tachadas de populistas y con la posible emergencia de viejas figuras, como Esperanza Aguirre, para el Ayuntamiento de Madrid mientras se confía en aplicar savia nueva a la acción de Gobierno. Alonso, en este puzle, juega un papel fundamental.

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Acerca de llegalaultima

Politóloga y periodista en activo
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