Equilibrio frágil en Ucrania y la ‘paz fría’

Este domingo se celebró el primer aniversario de la caída de Víktor Yanukovich, presidente electo de Ucrania, después de casi tres meses de protesta ciudadana ininterrumpida en la calle por parte de un conglomerado de oposición política y ciudadana que cristalizó en el Maidán, una suerte de protesta ciudadana conectada con la “revolución naranja” y que recogimos en esta etiqueta.

La caída de Yanukovich supuso, de facto,  el giro de Ucrania hacia los intereses de la UE, una posición geoestratégica con consecuencias en Crimea y, sobre todo, en el Donbass, con la proclamación de Donetsk y Lugansk como repúblicas independientes, a la espera de una futura anexión con la Federación Rusa.

En la práctica, y tras la protesta matizada por lo ocurrido en Crimea, Kiev decidió reaccionar con firmeza para mantener el control sobre todo su territorio, aunque eso significara el inicio de una guerra olvidada por las potencias occidentales que apoyaron con alegría el nombramiento de un nuevo presidente y que, por ahora, parece que van perdiendo.

Hace apenas una semana hablamos de las negociaciones para un alto el fuego en el este de Ucrania, un acuerdo a cuatro bandas que, en el momento de elaboración de este post se encuentra en el aire, con el cumplimiento de algunos puntos, como el intercambio de prisioneros o el inicio de la retirada de armamento pesado “a la misma distancia por parte de ambos bandos con el fin de crear una zona de seguridad de 50 kilómetros para la artillería de 100 milímetros de calibre o más”, según se recoge en el Acuerdo de Minsk.

Este domingo, un atentado causó la muerte de tres personas en “marcha por la paz” celebrada en Járkov para conmemorar el primer aniversario de la caída de Yanukovich, una acción de la que Kiev responsabilizó a Moscú. Ese mismo día se reconoció la evidencia: Hay combates en Shirókino, localidad situada a 23 kilómetros de la ciudad de Mariúpol. No es un asunto menor. Situada a orillas del mar de Azov, Mariúpol es de importancia estratégica por ser la urbe más grande entre Rusia y la península de Crimea, que Poroshenko ha prometido recuperar en el futuro.

Los enfrentamientos en Mariúpol se explican por la derrota de las fuerzas ucranianas en Debáltsevo, cuyas tropas se retiraron hace unos días en desbandada tras registrar un número de bajas indeterminada: un millar, según fuentes rebeldes, 179, según Kiev. Sea como fuere, el presidente del país solicitó poco después el despliegue de fuerzas de pacificación en el Este del país y en la frontera con Rusia, que a trabajar sobre el terreno el pasado domingo en forma de misión de la OSCE mientras Kiev, que restauró el servicio militar obligatorio en mayo, estaría llamando a filas a 10.000 reservistas, que parecen menos dispuestos a ir a luchar por la integridad territorial del país en el Donbass que por apoyar la revuelta de Kiev.

Con estos datos, ya podemos concluir el nivel del desastre orquestado en Ucrania, donde una protesta de rebelión ciudadana, de acuerdo a las tesis difundidas por Occidente, corre el peligro de convertirse en una guerra civil por la negativa de Kiev a reconducir políticamente el malestar del Donbass con el statu quo derivado del derrocamiento del presidente saliente. Por si fuera poco el lío que hay sobre el terreno, además tenemos declaraciones diarias de actores implicados de forma directa o indirecta en los asuntos internos de Ucrania, con acusaciones directas de apoyo como las que este lunes realizó la OTAN respecto al apoyo que Moscu estaría dando a los rebeldes prorrusos pese al alto el fuego.

Ucrania y la “Paz fría”

Tras el final de la Guerra Fría y la disolución del Pacto de Varsovia, con la derrota de uno de los actores de la guerra bipolar que durante medio signo mantuvo la ficción de la amenaza de guerra entre los dos actores de la escena internacional, se ha difundido la idea de la “Paz fría” para referirnos a un estado de relativa paz entre dos países tras la aplicación de un tratado de paz que puso fin al estado de guerra.

A menudo, ésta es la descripción que se utiliza para referirse a las relaciones entre Rusia y Occidente, con afirmaciones como la que hace unos días pronuncio Vladimir Putin sobre la obsesión por recuperar el discurso bipolar de la Guerra Fría: “Nadie debería tener la ilusión de que puede lograr superioridad militar frente a Rusia” porque “siempre tenemos una respuesta adecuada para cualquiera de tales aventuras”. Moscú marca así sus límites como potencia regional con aspiraciones a influir en su órbita, y eso a pesar de los movimientos que registra una OTAN que ha redefinido su papel últimamente.

Autores como Stephen Cohen hablan abiertamente de una nueva Guerra Fría con Rusia como actor principal de EEUU, y se fija en Ucrania como el termómetro de ese conflicto larvado:

Estamos en una nueva Guerra Fría con Rusia. El epicentro de la nueva Guerra Fría no es en Berlín, pero es justo en las fronteras de Rusia, por lo que es mucho más peligroso Una disputa política en Ucrania se convirtió en una guerra civil de Ucrania. Rusia respaldó un lado;. los Estados Unidos y la OTAN, el otro Así que no es sólo una nueva Guerra Fría, es una guerra de poder”.

Más ajustado a la realidad es el concepto de “Paz Fría” (que deriva a caliente cuando aumentan las tensiones militares), que es el que a menudo se aplica a las relaciones entre Ucrania (y sus socios europeos + EEUU) y Rusia, a pesar de que en la práctica la situación desencadenada en Kiev ha derivado en un conflicto bélico interno (aunque todas las partes hayan contado con ayuda externa).

A la espera de la evolución de los hechos, nos parece más ajustado para describir la realidad que, tozuda, se empeña en amargar la tesis del relevo tranquilo en Ucrania y en la idea de Rusia como el ogro que está dispuesto a ejercer su influencia en exclusiva de acurdo a sus intereses.

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Acerca de llegalaultima

Politóloga y periodista en activo
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