Síntomas de la descomposición del PP

La estrategia del PP, a lo largo de la legislatura, se ha centrado en combatir la crisis económica con el argumento de que la situación política derivada de la misma se reconduciría finalmente cuando los resultados económicos comenzaran a ser favorables. Hasta este año, coincidiendo con el inicio del ciclo electoral que concluirá con los comicios generales, ni Génova ni Moncloa se habían preocupado de la política y, ahora que lo han hecho, con una batería de anuncios claramente electoralistas, denotan un reduccionismo total como si ésta fuera una legislatura normal.

Cuando estamos a punto de comprobar en las urnas la veracidad de los resultados de las encuestas, resulta paradójico que el partido que sustenta al Ejecutivo se haya topado con la cruda realidad: A pesar de los buenos datos, sobre todo en términos de crecimiento de PIB [mejorados cada trimestre por todos los organismos], sus expectativas electorales pasan por sus horas más bajas de la legislatura. Y eso ocurre a pocos meses de las elecciones autonómicas y municipales y a menos de un año de los comicios generales que podrían arrojar un escenario diametralmente distinto al que ha dominado la política española desde la restauración democrática. Queda poco tiempo para reaccionar y los primeros movimientos ante los síntomas parecen indicar que el PP parece noqueado.

La evidencia de que no estamos sólo ante una crisis política derivada de una crisis económica, sino que parece que en las próximas citas electorales se dirimirán asuntos como la rendición de cuentas o la inexistencia de la política en una legislatura controlada por cierta visión tecnocrática de la convivencia, se puso de manifiesto hace meses, cuando insistimos en la ausencia de un relato que explicara las medidas económicas recomendadas por la Troika e impuestas por el Gobierno y en la gestión del problema catalán.

Hoy, aunque esos dos asuntos siguen latentes, a pesar de su desaparición de la agenda mediática, asistimos a una suerte de descomposición del PP como organización, un problema mucho más grave de lo que parece a priori si tenemos en cuenta las raíces caudillistas o presidencialistas de una formación acostumbrada a la jerarquía y a cumplir las órdenes de la persona situada en el punto más alto de la cúspide.

Podemos situar el origen de esta situación en el ajuste de cuentas que en su momento comenzó con la filtración del llamado caso Bárcenas a El Mundo y, luego, a El País. Entonces, muchos apreciaron un intento de María Dolores de Cospedal por desvincularse de un pasado cercano, sin tener en cuenta que con la activación del botón Bárcenas se llevaba por delante a todos los que fueron referentes en el dream team de José María Aznar, un equipo del que se fueron descolgando nombres como el de Rodrigo Rato o Ángel Acebes, ambos implicados en asuntos relacionados con Caja Madrid, y del que sólo sobreviven Mariano Rajoy, Federico Trillo y Javier Arenas.

La mejorable gestión del caso Bárcenas puso también a prueba el poder de María Dolores de Cospedal para controlar un partido, que este mismo martes apuntó que no tiene problemas internos con nadie: “Yo no vivo en guerra y menos con los míos”. A pesar de sus palabras, la realidad es bien distinta. Desde la activación del caso Bárcenas, se evidenciaron movimientos que insisten en esta teoría de que el partido ha dejado de ser una maquinaria preparada para ganar elecciones para pasar a ser un posible problema para Rajoy:

  • Se puso de manifiesto la pelea pública entre María Dolores de Cospedal y Soraya Sáenz de Santamaría para colocar a sus afines en CCAA como Andalucía (con victoria de la vicepresidenta, a través del dedo de Rajoy) o Euskadi (cuyo congreso ganó Cospedal, a pesar de lo cual no han dejado de saltar los problemas, como la elección de candidatos en Guipúzcoa)
  • El PP descubrió que tenía un problema en Madrid, la CCAA en la que nació el caso Gürtel, luego desplazado a la Comunidad Valenciana. El mandato de Esperanza Aguirre, que comenzó con el tamayazo en 2003, no arroja un salgo positivo en cuanto a algunas de las demandas sociales de moda en estos momentos: Transparencia, ejemplaridad y asunción de responsabilidades. Los hombres de confianza de Aguirre se encuentran en una situación complicada, y nada de eso ha evitado que sea elegida para encabezar la lista del PP al Ayuntamiento de Madrid, una nueva señal de cómo se toma Rajoy los mensajes que llegan desde la calle.
  • Al mismo tiempo, comenzaron a aparecer versos sueltos con cada vez mayor frecuencia. Fue el caso de la Comunidad Valenciana, Madrid o Extremadura, a propósito del sistema de financiación autonómica que Cristóbal Montoro trató de gestionar.

No es casualidad que hablemos de estas CCAA, a las que, según el asunto tratado, se ha sumado periódicamente Castilla y León (muy crítica con el aumento del IVA cultural):

  • Valencia sirvió de plataforma para apuntalar el liderazgo de Rajoy en 2008, aunque poco después el presidente del PP decidió dejar caer a algunas de sus piezas clave, intoxicadas por la corrupción.
  • En Extremadura, el PP gobierna gracias a la abstención de IU, por lo que José Antonio Monago se ha visto obligado a ofrecer una cara más social, si queremos, en pleno austericidio ‘popular’. El fuego amigo que motivó la filtración de sus viajes privados a cargo del Senado fue una señal que esta semana se plasmó en una pública desobediencia de la orden de Cospedal de que se retirara el vídeo con el que el PP extremeño trató de vender las bondades de su gestión con mensajes tópicos sobre los andaluces.
  • Ya hemos visto lo que ha ocurrido en la CAM, una CCAA que, quizás, Génova logre controlar cuando abandonen el poder Aguirre y su entorno. El espectáculo de estos días, y el intento de Mariano Rajoy de zanjar cualquier polémica, consciente del daño que estos problemas expuestos hacen en el electorado, no hace sino confirmar que el PP nacional comienza a estar desbordado.

A este escenario hay que sumar tres hechos y una obsesión. Los hechos son: 1) el desplome del PP andaluz que aventuran las encuestas; 2) la evidencia de que en las elecciones de mayo los populares perderán gran parte del poder ganado en los comicios de 2011; y 3) el retroceso en CCAA como Euskadi y Cataluña, en las que el partido se encamina a tener un papel de irrelevancia total, sobrepasado por C’s (sobre todo en el caso catalán).

La obsesión pasa por pretender que, en este contexto, la marca PP todavía tiene fuerza suficiente para contrarrestar la escasa acogida del liderazgo de Mariano Rajoy entre la ciudadanía, algo que llevan años recogiendo los sondeos sobre intención de voto, en los que nos niveles de desaprobación de presidente del Gobierno no bajan del 75%.

Y con estos mimbres el PP pretende afrontar un año electoral que será fundamental para dirimir el rumbo del país de los próximos años y que los populares afrontan con un competidor serio en su flanco más centrista.

Como señalamos, por el momento no se vislumbra ninguna capacidad de reacción y las decisiones adoptadas, optando por candidatos achicharrados por los indicios de corrupción, como Rita Barberá en Valencia o la propia Aguirre en Madrid, no parece indicar que Génova haya recibido el mensaje que la sociedad lleva meses lanzando y que se traduce en una desafección creciente y en la apuesta por formaciones políticas que, a pesar de su inexperiencia, rezuman novedad.

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Acerca de llegalaultima

Politóloga y periodista en activo
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