Cuando el presidente del Gobierno se desconecta de la realidad

Uno de los síntomas que evidencia la decadencia de una formación política es la desconexión organizativa con la pulsión social, un mal que se conoce como el síndrome de la Moncloa y que, antes o después, ha terminado afectado a todos los presidentes del Gobierno. Le ocurrió a Felipe González, sobre todo a partir de 1993, cuando la corrupción llamaba directamente a la puerta de su vicepresidente del Ejecutivo; le pasó a José María Aznar en una borrachera de la que sólo despertó tras los resultados de las elecciones generales de 2004; José Luis Rodríguez Zapatero confirmó su lejanía de la sociedad durante 2007 y, sobre todo, cuando la crisis económica asomaba su hocico para todos los que no fueran el presidente del Gobierno. Estos días, queda claro que Mariano Rajoy sufre también este síndrome, aunque en su caso dio señales de lejanía con el país ya en 2012, cuando fue incapaz de construir un relato medianamente serio que explicara su receta ecónomica contra la crisis.

A seis meses de las elecciones generales, el Gobierno de Rajoy y el partido que lo sostiene en el Parlamento dan síntomas de no enteder muy bien qué pasó en los comicios autonómicos y municipales del pasado domingo, que pasan por ser el segundo capítulo del aviso que se comenzó a fraguar en los resultados de las elecciones al Parlamento Europeo, una llamada de atención que quedó oculto por la crisis interna que vivió el PSOE. Génova y La Moncloa intentaron cambios cosméticos para virar el eje, pero su estrategia no ha dado resultados: El partido se desangra en todos los territorios, aunque Mariano Rajoy siga tirando de argumentario para señalar que fueron la fuerza más votada el 24 de mayoo.

El presidente del Gobierno y del PP ya dio síntomas de esta enfermedad cuando, en la reunión de su Comité Nacional, destacó como elemento positivo que su partido había ganado las elecciones, pasando por encima de la evidencia de los territorios históricos que había perdido y del retroceso de su apoyo electoral a niveles de los años ’90. Sólo faltaba un análisis así para que comenzara la marejada interna al PP, marejada que ha obligado al propio Rajoy a rectificar sus palabras y anunciar cambios en el partido y en el Gobierno en  las próximas semanas.

Sin embargo, esta enfermedad sigue presente en la manera en la que Rajoy interpreta la realidad. De otra manera, no se entiende la versión que dio el presidente del Gobierno del batacazo electoral del pasado domingo durante su intervención en el Círculo de Economía que se celebra anualmente en Sitges:

“Yo creo que hay dos o tres cosas que le han hecho daño al PP en estas elecciones. En primer lugar, la corrupción y yo creo que la corrupcion y el martilleo continuado de todos los casos ,sobre todo en las televisiones, nos ha hecho daño, pero nos ha hehco daño la corrupcion y la forma de tratarlo, que son dos cosas diferentes”.

Hablamos de Mariano Rajoy, el mismo que silenció el caso Gürtel en la medida de lo posible, respaldando a quienes han ido pasando por prisión por su implicación en lo que ya se considera un caso de corrupción vinculado a la financiación ilegal de un partido que él preside desde 2004; es el mismo que envió a Bárcenas SMS tras su implicación en el caso Gürtel; el mismo que respaldó públicamente a Camps y Matas, poniéndoles como ejemplo de lo que el PP quería hacer en el conjunto del país; el mismo que miró a otro lado ante el despilfarro y desfalco organizado por su partido en CCAA como Valencia o Madrid desde los años 90 y, sobre todo, en el arranque del siglo XXI; el mismo que autorizó, como máximo responsable, el despido en diferido de su ex tesorero, quién sabe si para comprar su silencio; el mismo que, presuntamente, habría cobrado sobresueldos (no sabemos si declarados) durante 20 años de un dinero procedente de donaciones de empresas  (aún no está claro a cambio de qué); el mismo que ha presidido un Gobierno en el que el esposo de su vicepresidenta logró un cargo lucrativo en Telefónica en cuanto el PP llegó al poder; el mismo que eligió como secretaria general a una mujer cuyo marido tampoco tiene el menor respeto por la diferencia entre lo público y lo privado de sus empresas; el mismo que, ante el lodazal que ha estallado en su cara, se ha negado sistemáticamente a dar explicaciones en el Parlamento, salvo amenaza de moción de censura, y que ha dado por terminada una etapa política, de manera que su partido ni siquiera valora los autos que le señalan como responsable civil del caso conocido como los Papeles de Bárcenas o el que señala que las obras en su sede se cobraron en b.

Rajoy pone al mismo nivel la corrupción de su partido con el tratamiento mediático de dichos casos, equiparando la búsqueda de audiencia de determinados canales de televisión (sobre todo La Sexta y Cuatro, propiedad de Planeta y Mediaset respectivamente) con que el partido en el Gobierno se haya mostrado incapaz de actuar contra sus corruptos. Recordemos que ni siquiera echó a Rodrigo Rato del PP tras estallar el caso de las tarjetas black de Caja Madrid y Bankia.

El PP sigue sin entender cuáles han sido sus pecados de origen:

  • Tras las generales abandonaremos una legislatura basada en una devaluación laboral y social interna propiciada por el Ejecutivo, con los resultados ya sabidos: Seguimos con una tasa de paro que ronda el 24%; baja el paro pero la calidad del empleo creado es nefasta, lo que acentúa los datos de desigualdad y pobreza; las clases medias han quedado dilapidadas, como confirma la brecha entre los ingresos de las rentas más altas y las más bajas; apenas se ha hecho gran cosa para combatir el fraude fiscal y la economía sumergida (en torno al 25% del PIB); se suceden los ataques a las bases del Estado de bienestar, con la sanidad y la educación públicas convertidas en el gran negocio, a falta de que ocurra algo parecido con las pensiones, lo que a su vez supone un ataque a las clases medias y trabajadoras, los grandes paganos de la crisis.
  • Este retrato de país se acompañó de una miopía profunda de los actores que habían protagonizado la vida institucional hasta entonces, hasta que la corrupción quebró la relación entre representantes y representados que sustenta los sistemas democráticos representantivos. La falta de reacción de las formaciones políticas ante sus problemas no hicieron sino amplificar la falta de confianza ante unos instrumentos que, por primera vez desde la restauración democrática, se manifestaron como inservibles para hacer frente a los problemas del país. Ahí están los datos del CIS que durante meses situaron a los partidos políticos como problemas (hasta rondar el 30%) y que ha fijado la corrupción como segundo problema nacional, sólo por detrás del paro.
  • Ante este cóctel de desconfianza y de cuestionamiento del sistema, el PP tenía a la persona menos indicada al frente. Mariano Rajoy puede ser un gran gestor pero carece de liderazgo y, como se ha visto, del mínimo grado de empatía para darse cuenta del pulso de un país que, simplemente, se hartó de ver cómo el Gobierno renunciaba a liderar la situación. Así se percibió tras perdir el rescate financiero (tras su anuncio, recordemos, Rajoy se fue al fútbol), tras estallar el caso Bárcenas (Rajoy decidió dar un discurso a través de un plasma) y con las numerosas ocasiones que ha evitado las preguntas de la prensa (obligando a los periodistas a realizar preguntas incómodas en clave nacional en las ruedas de prensa de Rajoy en el extranjero).
  • Conviene recordar que, durante el inicio de su mandato al frente del PP, Aznar no tenía las dotes de liderazgo que luego desarrolló hasta extralimitarse durante su segunda legislatura. Por ello se rodeó de un equipo de gente capaz, aunque muchos de ellos hayan caído en desgracia con los años -y el ejemplo paradigmático es Rodrigo Rato-. En el caso de Rajoy, se rodeó en el PP de un equipo de gente leal pero gris, que se complementó con un grupo de tecnócratas en el Gobierno, incapaces de hacer política.

Tres años y medio después de llegar a La Moncloa, Rajoy recibe en la cara el impacto de malas decisiones en la confección de equipos, aunque el presidente del Gobierno sigue con su huida hacia delante, hablando de errores de comunicación y planteando una conspiración mediática contra su persona.

Sería mucho más efectivo reconocer que el resultado del 24 de mayo ha sido un golpe en la línea de flotación de su estrategia y asumir que la economía no lo es todo, antes de que el PP derive a un proceso que, a falta de experiencia mejor, recuerda al de la UCD.

Sin embargo, esta sugerencia quizás es demasiado atrevida para quien asegura que ha entendido el mensaje y se plantea relevar a José Ignacio Wert al frente de Educación por Lucía Fígar, esposa de Carlos Aragonés (jefe de gabinete de Aznar) y la consejera de Educación de la CAM que puso en pie a la ‘marea verde’. Que siga el espectáculo.

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Acerca de llegalaultima

Politóloga y periodista en activo
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