El PP prueba una estrategia desesperada

Este sábado se constituyen los 8122 ayuntamientos del país. Hoy se percibirá claramente la pérdida de poder territorial del PP, una sangría de votos que se traduce en la pérdida de 2.5 millones de votos respecto a 2011, las elecciones que avanzaron el tsunami azul que se confirmaría en las generales de ese mismo año.

El resultado tras la batalla no puede ser más clarificador. A pesar de haber sido el partido más votado, los ‘populares’ sufren un doble castigo en las urnas: La pérdida real de votos (aunque una parte importante se haya ido a la abstención, como repiten los dirigentes del partido que ya han comenzado a analizar los resultados en las urnas); y el efecto que esa pérdida de votos supone en términos de poder, una realidad a la que tiene que hacer frente cuando queda menos de medio año para que se convoquen las elecciones generales.

Tal y como señalamos en nuestros primeros análisis tras los resultados, el balance de estas elecciones se mide de manera distinta respecto a los grandes partidos: En el caso del PSOE, la pérdida de votos se compenará por la recuperación de feudos territoriales fundamentales. La diferencia, respecto al PP, es abismal, sobre todo si tenemos en cuenta que los ‘populares’ pierden plazas como la Comunidad Valenciana (y sus tres ayuntamientos principales), Madrid, buena parte de los ayuntamientos andaluces  (Cádiz, Almería, Huelva y Sevilla) y plazas que creía seguras como Vitoria, que pasarán a manos del PNV tras un acuerdo entre la formación jetzale, EHBildu y el PSE.

Fue probablemente la pérdida de Vitoria, último reducto del poder del PP en Euskadi, lo que motivó un comunicado de Génova en el que se arremetió contra el PSOE por emprender “una carrera desenfrenada de acuerdos con partidos radicales y extremistas sin más objetivo que impedir el gobierno de los candidatos del Partido Popular”. Con este fin, apunta, está “dispuesto a ceder el gobierno a cualquier grupo radical, extremista, populista o independentista , con el único fin de impedir el gobierno de la lista más votada si ésta es del PP”, una actitud que, aunque legal, define como “mezquina y cortoplacista”. Y cargaron contra el líder del PSOE: “Pedro Sánchez se desautoriza a sí mismo como líder de un partido nacional (…) tiene que explicar a todos los españoles que pacta con Bildu para echar al PP. Muchos socialistas se sentirán ofendidos por la decisión de su secretario general y por su sectarismo, que no tiene límite”.

CapturaComunicadoPP

En el comunicado no aparece, por supuesto, la menor mención a la posición adoptada por el PP ante la investidura de Susana Díaz en Andalucía ni las negociaciones de los ‘populares’ en localidades como Alcalá de Guadaira con los mismos radicales peligrosos contra los que también arremetió este viernes desde la mesa del Consejo de Ministros la vicepresidenta del Gobierno.

Más allá del tono y del fondo, la nota de prensa emitida por Génova nos sirve porque indica cuál será la estrategia de cara al próximo asalto electoral, que tendrá lugar en Cataluña el próximo 27 de septiembre, en unos comicios en los que el PP puede quedar engullido por C’s.

El PSOE como el enemigo a batir

El PP ha comprobado cómo sus ataques a C’s y a Podemos se han traducido, sistemáticamente, en un aumento de sus expectativas de voto, como ha ocurrido en Cádiz, Madrid o en la Comunidad Valenciana. Ante la evidencia de que el acuerdo con Podemos es imposible y que con C’s sí es posible llegar a acuerdos (sobre todo cuando están abiertas las negociaciones en CCAA como Madrid o Murcia), parecía claro que los misiles dialécticos conservadores se dirigirían al PSOE, el partido que, hoy por hoy, todavía aparece como el recambio más sólido cuando se celebren elecciones generales.

De ahí que el PP vuelva a probar una estrategia que ya hemos visto con anteriorirdad  y que pasa por situar al PSOE en el espacio habitual de partido peligroso, capaz de romper España mediante el pacto con radicales. Es decir, vuelven a la estrategia que montaron contra José Luis Rodríguez Zapatero, sobre todo en su primera legislatura y que se recondujo en la segunda con el fin de situar al PP como el partido que solucionaría los problemas que había provocado un irresponsable como Zapatero.

Uno de los efectos que seguramente veremos en las próximas semanas será ver cómo ubican al PSOE como un partido perdedor que confraterniza con la extrema izquierda (sobre todo en relación a Podemos y Compromís). Ese argumento se reafirmará con los acuerdos en consistorios como el de Palma de Mallorca, Madrid o Valencia, además de los gobiernos autonómicos formados por estos acuerdos en la Comunidad Valenciana, Extremadura, CLM, Aragón o Asturias.

La soledad del PP 

La digestión del 24M está resultando muy pesada en el PP, como evidencian los giros en torno a su estrategia para explicar pérdidas de poder muy importantes y, sobre todo, cómo el partido pasó de asegurar que no pasaba nada a asumir que se podrían haber cometido errores y prometer enmiendas a la totalidad.

Hace una semana, Mariano Rajoy aseguró que habría cambios en el PP y en el Gobierno antes del final del verano. Esta semana, asistimos a cómo asumió el liderazgo en las labores de comunicación del Gobierno y, en un gesto inusitado, se acercó a los periodistas durante su estancia en Bruselas hasta en dos ocasiones. Ante la prensa confirmó que los cambios en el Ejecutivo y en el partido tendrían lugar antes de concluir el mes de junio y, luego, pidió rebajar las expectativas ante la profundidad de esas modificaciones.

De forma paralela, se ha puesto en evidencia la soledad del PP ante el nuevo escenario que parece que los ciudadanos están dispuestos a explorar y que pasa por no otorgar mayorías sólidas para evitar a las formaciones a pactar. La tendencia en las urnas es una fragmentación creciente, sobre todo en las CCAA con formaciones de implantación nacionalista, y es precisamente en estos territorios en los que la pérdida de poder del PP es aún más evidente.

El PP se enfrenta así a su propia historia. Históricamente, apenas ha tenido necesidad de pactar con otras formaciones porque ocupaban un espectro ideológico ubicado entre el centro y la extrema derecha, salvo en la legislatura 1996-2000, en la que Aznar necesitó del acuerdo con CiU y CC, con apoyos puntuales con el PNV. Tras la mayoría absoluta de 2000, que muchos interpretaron como el cierre del proceso de normalización democrática, Génova puso en marcha una apisonadora ideológica que provocó, por ejemplo, los espectaculares resultados de ERC en las elecciones autonómicas catalanas de 2003, el cambio político tras el 11M o la pérdida de las elecciones de 2008 después de una legislatura durísima, en la que el PP se abonó a una estrategia de derecha sin complejos.

Los resultados de UPyD fueron el primer aviso, con muchos matices, de que esa hegemonía estaba a punto de concluir, sobre todo en territorios como Euskadi o Madrid, algo que confirmó C’s en Cataluña y, sobre todo, en las dos citas electorales que llevamos este año. Por primera vez, el PP comprueba que una parte de su electorado no ha optado sólo por la abstención sino que ha decidido castigar sus políticas y decisiones apoyando a otras formaciones Al mismo tiempo que digieren el castigo, sus dirigentes comprueban que se están encontrando  con dificultades enormes para llegar a acuerdos con otros grupos, en buena medida por su falta de costumbre. Algo que, en el caso del PSOE, resulta más sencillo por la propia dinámica de nuestro sistema político (con la fragmentación en la izquierda).

Estos problemas, que se completan con loas a la estabilidad gubernamental o críticas porque los pactos tienen como objetivo echar al PP de las instituciones, explica el argumentario, cada vez más frecuente, que pasa por señalar que debe gobernar la lista más votada, aunque ésta lo sea con porcentajes inferiores al 30% y ante opciones alternativas (como la de Andalucía en 2012 o la del ayuntamiento de Madrid). Es decir, en lugar de plantear una revisión sobre los errores cometidos o por qué el PP es hoy una formación antipática de la que huyen casi todos para no verse afectados por la onda expansiva, sus dirigentes optan por disparar contra los demás grupos por negarse a hablar de acuerdos. Obviando, de paso, que los pactos alcanzados desde 2000 hasta la actualidad, sobre todo con el PSOE, tuvieron que ver con la iniciativa de los socialistas, a menudo tachadas de “conejos en la chistera”.

Una derrota con más aristas inesperadas

Este sábado comprobaremos sólo el iceberg de un proceso mucho más profundo de lo que se nos antoja en este momento. La pérdida de poder real (votos) y territorial (con la salida de feudos) conllevará una reducción de ingresos económicos y el despido de miles de personas entre cargos públicos y personal de confianza, algo que estos días también está viviendo UPyD.

Sobra decir que ese contingente humano es el que sirve para engrasar la maquinaria de los partidos ante las citas electorales, personal absolutamente necesario para la organización de eventos y actos que alimentan el ambiente de cita electoral que luego se plasma en la participación ante las urnas (a menudo también influye en los resultados obtenidos).

Más allá de la información sensible que esos cargos puedan tener, Génova ha visto cómo la gestión de la crisis y los problemas con la corrupción afecta a sus resultados electorales, algo que les ha ocurrido a casi todos los partiods en el gobierno en casi todo el continente.

Desde el punto de vista financiero, vivirá una situación muy parecida a la que, en mayo de 2011, sufrió el PSOE y que aún está padeciendo. Aunque la política regale campañas como la de Manuela Carmena en Madrid,  absolutamente rentables si tenemos en cuenta lo que costó y los efectos que ha provocado, lo cierto es que la política, tal y como se entiende hoy, necesita recursos económicos abundantes y personal que, aunque puedan trabajar como voluntarios, tienen el incentivo de alcanzar puestos en las instituciones cuando el partido para el colabora logre sus objetivos.

Una situación que sólo puede empeorar

En lo que llevamos de año, el PP ha visto cómo ha perdido estrepitosamente en Andalucía; cómo las cifras globales del 24M son nefastas para sus intereses (con efectos directos en CCAA que han sido sus graneros de votos cuantitativos y cualitativos); y parece que lo peor está por llegar.

Las elecciones catalanas pueden certificar su irrelevancia en dos de las tres CCAA históricas (cuatro si sumamos Andalucía) y esa cita puede ser el preámbulo de unas elecciones generales en las que, de nuevo, puede ser el partido más votado pero con un resultado insuficiente incluso para plantear un gobierno en minoría capaz de alcanzar acuerdos según la geometría variable.

Entre sus socios tradicionales, los puentes están dinamitados con CiU a raíz del proceso soberanista y habrá que ver el efecto de los acuerdos del PNV con EHBildu. Así, se enfrentará a la paradoja de que la formación que más daño le puede hacer en las urnas, C’s, puede ser al mismo tiempo la única con la que puede llegar a acuerdos, por lo que podemos estar al un abrazo del oso que el PP se está aplicando a sí mismo.

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Acerca de llegalaultima

Politóloga y periodista en activo
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