Cuatro años después del 15M

Hace cuatro años, la ocupación de las plazas por parte de ciudadanos desencantados por la política dio el primer aviso de que las costuras del sistema político, tal y como lo conocíamos desde la Transición, estaban a punto de saltar. El primer efecto, en mitad de la movilización, fue el dominio del PP en todo el país, un escenario que certificaron las elecciones autonómicas y municipales de mayo de 2011. El PSOE se hundió electoralmente y comenzó una travesía en el desierto que aún está penando, a pesar de la recuperación de poder institucional que certificaron las elecciones del pasado 24 de mayo.

Hace cuatro años, ante las acampadas de la Puerta del Sol o de Plaza Catalunya, a los indignados insertos en el movimiento 15M, paraguas bajo el que cobijamos toda la movilización de protesta que, desde entonces, hemos visto a lo largo y ancho del país, se les instó a entrar en la política institucional. Es decir, cambiar el grito “No nos representan” por una participación activa en el sistema político, lo que pasaba por crear cauces de participación que, a falta de otro artefacto más útil, pasaba por sentar las bases de un partido político al uso.

Las elecciones generales de noviembre de 2011 confirmaron la hegemonía del PP, que tuvo en sus manos el mayor poder territorial de nuestra historia reciente, un poder que había que administrar en plenos rumores sobre el rescate del país  -rescate que llegó en forma de programa financiero en verano de 2012, cuando se registraba uno de los mayores picos de conflictividad social-.

En este blog hemos analizado cómo se ha producido el proceso para institucionalizar un movimiento social basado en la protesta y en la necesidad de mejorar la calidad democrática de un país que ha vivido, durante cuatro años, en un proceso que tiene diferentes vías:

  • Paro y el empobrecimiento generalizado gracias a la devaluación internas de las condiciones sociales y laborales interiores en aras de cumplir con los criterios impuestos por la Troika. Por primera vez desde las revoluciones liberadoras del siglo XVIII los ciudadanos del mundo desarrollado saben que la idea de progreso entendida con mejora de calidad de vida con el paso de las generaciones se ha quebrado. En España, se constata que la educación ya no sirve de ascensor social, lo que tendrá efectos aún por cuantificar en nuestro desarrollo como país.
  • El recorte de derechos sociales y cívicos, como evidencian las críticas del PP a los resultados electorales (están a un paso de hablar de ilegitimidad) o la aprobación de medidas restrictitivas como el fin de la gratuidad de la justicia (medida revocada), el visto bueno a la Ley de Seguridad ciudadana o la Ley de Enjuicamiento criminal, última norma aprobada con los votos del PP que recoge, de tapadillo, la prohibición de enseñar las imágenes de los detenidos (una medida aprobada al calor de la ‘pena de telediario’ que ha supuesto la detención en directo de Rodrigo Rato).
  • El tsunami de escándalos diarios de corrupción que han afectado a los protagonistas del sistema y que salpican, directamente, al partido que sostiene parlamentariamente a uno de los Gobiernos más antipáticos de nuestra historia reciente.

Hace año y medio, se presentó Podemos, que pasa por ser el cauce de malestar que simbolizó el grito “No nos representan”.  La formación que lidera Pablo Iglesias dio la sorpresa en las elecciones europeas de hace un año y, desde entonces,  se ha convertido en una pieza clave del engranaje institucional como partido alternativo a PP y, sobre todo, al PSOE, como evidencian las encuestas sobre intención de voto que se publican desde el verano pasado. Pocos esperaban que la sorpresa también llegara desde Cataluña por parte de un partido, Ciudadanos, que se ha convertido en un quebradero de cabeza para el PP, que ha visto cómo aparece, al mismo tiempo, una alternativa capaz de morder en su espacio electoral y como muleta para conservar el poder en ayuntamientos en los que obtuvo la mayoría:

El 24 de mayo se celebraron elecciones autonómicas y municipales y, por primera vez, hemos visto el efecto que las nuevas opciones políticas han tenido en el territorio nacional [con permiso de las elecciones europeas, unos comicios que tienen un protagonismo relativo por los incentivos electorales que provocan, mucho más bajos que cualquier otra cita electoral]. Del “No nos representan” hemos pasado al “Sí se puede”, con una fragmentación del voto que ha provocado cambios en plazas fundamentales [Madrid, Barcelona, Zamora, las tres capitales valencianas, Huelva, Oviedo, Valladolid, Cádiz].

Los resultados electorales propiciaron una fragmentación creciente que ha evidenciado la necesidad de pactos, un ámbito en el que el PSOE se mueve mucho mejor por tradición que el PP. Así, los acuerdos han permitido que el PSOE haya conservado consistorios que ya controlaba [Segovia, Soria o Toledo] y que haya retomado el control de algunos de sus feudos [Extremadura, CLM o el Ayuntamiento de Sevilla, por no hablar del ‘cinturón rojo’ de Madrid], mientras que la izquierda ha avanzado en las capitalales gallegas o en Aragón,con hitos como el control de las tres principales capitales del país a manos de las plataformas ciudadanas o Compromís: Madrid, Barcelona y Valencia.

Cuatro años después del 15M, el cambio político es evidente, tal y como refleja el gráfico que se puede consultar en la web de El País: Mayor número de actores en liza y giro a la izquierda gracias a una cierta recuperación del PSOE (a pesar de perder votos respecto a 2011, algo que hay que englobar en la ruptura del bipartidismo imperfecto a otras opciones políticas), a la emergencia de las plataformas ciudadanas (capitaneadas o no por Podemos) y a la consideración de que hay que relevar a quien ha protagonizado las políticas que nos han traído a este punto:

CapturaAlcaldíasElPais

Con todos estos datos en la retina, parece que la partida no ha hecho más que empezar y, con el matiz de las elecciones catalanas (donde el PP no se juega más que su desaparición), la próxima estación serán las elecciones generales. Es imposible que los dirigentes nacionales del PP no sientan escalofríos ante el purgatorio que les queda por vivir.

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Acerca de llegalaultima

Politóloga y periodista en activo
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